Tiempo de cambiar de rumbo

05 Abr 2020
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Por Mateo Martínez, facultad de Medicina.-

No existe hecho más categórico e irreversible que la muerte, y una pandemia nos pone ante el riesgo cierto de enfrentarnos con ella; o por lo menos así parece percibirse. Este riesgo confronta cara a cara con nuestra fragilidad. Esta “insoportable levedad del ser” que invade hogares, ámbitos de trabajo y ciberespacio podría, si en verdad aprendemos de las crisis, hacernos más humanos, más solidarios. ¿Será así? ¿Nos dejará aprendizajes esta epidemia, o sólo marcas indelebles?

Habitamos un planeta que parece haber elevado la codicia al rango de virtud. Vivimos en una sociedad global que considera a la naturaleza como un bien eterno e inagotable al que sólo hay que explotar y con frecuencia saquear; que acepta una vida social signada por un sálvese quien pueda como pueda; que justifica una autopercepción consistente en que “si soy rico es porque Dios lo quiere así”. Creo que a una sociedad como esta le esperan pandemias, desastres ambientales, guerras y diversas calamidades. En ellas, como siempre, sufrirá más el más débil.

Hoy, en plena crisis, creo que es necesario considerar claramente la dimensión económica; que urge pensar en una mayor redistribución social del ingreso -por ahora con mirada asistencialista-; que es meritorio seguir pensando en la educación aún dentro de la crisis; que es pertinente juzgar a esta situación también como problema de seguridad pública. Pero primero hay que pensar en la vida y la salud. Cualquier argumento de esos está supeditado al sostenimiento de estas premisas, cualquier dimensión de las aludidas apunta a sostener la existencia, a proteger la vida, a dignificar personas y comunidades y, de algún modo, a combatir su contracara: la muerte.

Aclaro que cuando pienso en salud no me refiero a la atención médica individual, sino a ella como sinónimo de bienestar, del “salus populus” latino; de una cuestión que es responsabilidad de gobiernos y ciudadanos; de algo que se construye y que no es fortuita ni azarosa sino previsible; siempre que -claro está- tengamos interés en lo social, en la cosa pública, en la res-pública.

Es por esto que, como trabajador de la salud me pregunto a diario: ¿y cómo será la vida después de esta pandemia? Como universitario, creo que la sociedad global estará ante una oportunidad histórica: la de comprender, aunque sea por instinto de autoconservación, la necesidad de formar en valores; de preparar más voluntarios que emprendedores; de promover más el aprendizaje solidario que la educación financiera; de valorar más la vida de todos que la renta. De cambiar de rumbo.

Concluyo esta reflexión: la cristiandad en cuaresma/cuarentena ofrece la imborrable imagen de un Papa dando misa para una plaza vacía; también vi un solitario muro de los lamentos al que le faltan piadosas manos que se posen en él. ¿Qué más veremos? ¿O será que ya estamos ciegos del alma? A sabiendas que tanto los especuladores como los trabajadores de la salud y la educación nos moriremos de la misma muerte, prefiero recordar a Neruda en su “Oda a la Vida”, cuando dice esperanzado: “Oh vida, copa clara, de pronto te llenas de agua sucia, de vino muerto, de agonía, de pérdidas, de sobrecogedoras telarañas, y muchos creen que ese color de infierno guardarás para siempre. No es cierto”.

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