Pareceres: ¿Going on-line or in-house?

Por Juan María Segura / Especialista en educación.

28 Marzo 2020

¿Sirve todo lo que se está haciendo para que niños y niñas sigan adelante con sus planes de estudios escolares? ¿Es ese el intríngulis, o hay otras dimensiones y criterios involucrados? Veamos.

Desde hace al menos 10 años existen evidencias contundentes en el mundo educativo de que la calidad de los aprendizajes de quienes utilizan plataformas de aprendizaje en línea es, como mínimo, equivalente a la calidad de los aprendizajes logrados a través de sistemas presenciales. Adicionalmente, ya se ha podido demostrar que quienes estudian utilizando esos formato a distancia de una manera estructural (en los Estados Unidos hay más de 3 millones de niños que utilizan el formato home schooling), no muestran patologías o disturbios de conducta que dificulten su sociabilización en etapas posteriores de su vida de aprendiz.

Por lo tanto, nada haría suponer que, frente al actual escenario forzado de aislamiento y estudio en forma remota, pueda significar un problema per se. El mundo académico, pedagógico y científico cognitivo lo sabe hace años, y esta es la razón principal por la cual ya hay sistema educativos nacionales que habilitan a sus ciudadanos a completar toda la educación escolar en línea, como Nueva Zelanda (este país aparece entre el primer y el tercer puesto en un informe que hace The Economist desde 2017, en donde se clasifica a los sistemas educativos que mejor están preparando a sus ciudadanos para el futuro).

Como respuesta a esta pandemia repentina, sin embargo, ha quedado en evidencia en muchos países, no solo en Argentina, que la enorme mayoría de los establecimientos escolares y universitarios, tanto de gestión estatal como de gestión privada, no estaban preparados para desplegar un sistema de educación a distancia. Sea porque autoridades y funcionarios públicos no saben cómo hacerlo, no quieren o no pueden, lo mismo da. La realidad es que el sistema educativo de la región es netamente de base presencial, a pesar de la multiplicidad de recursos que nos ofrece el mundo, y de las evidencias estimulantes que nos entrega la ciencia del aprendizaje.

Si bien se ha visto un despliegue relativamente rápido de activación de plataformas educativas, repositorios de contenidos y sistemas de comunicación digital, queda en evidencia que las propuestas educativas no llegan a capturar el concepto de integralidad y concepción holística, con un rol activo y protagónico de la tecnología (a través de inteligencia artificial, algoritmos, perfiles habilitadores de aprendizaje personalizado, etcétera) y con una componente determinante del diseño de la plataforma para estimular la experiencia del aprendiz. Dicho de una manera sencilla, abundan los contenidos digitales, mientras escasean los sistemas interactivos individuales que estimulen el aprendizaje activo. El resultado final de este proceso, en el caso de que todo vuelva a la normalidad dentro de 15 días (¡es el deseo de todos!), es de dudosa utilidad para los aprendices, aun cuando logren ‘cumplir’ con los requerimientos impuestos por cada establecimiento.

Dicho esto, no nos debería preocupar mucho este lapso de aprendizajes de baja calidad, dado que el sistema educativo argentino muestra cada año, a través de los Operativos Aprender, que en la escuela se aprende poco y mal. La evidencia es contundente, y los datos son anuales y de carácter censal, así que no debería generar tanta alarma por este lado.

La pregunta verdaderamente trascendental aquí, una vez que pase la pesadilla del virus, es si nuestros países están en condiciones de diseñar y habilitar un sistema masivo de educación no presencial, al estilo de Nueva Zelanda, que permita a una familia o a una población entera optar por completar la educación escolar obligatoria de esta manera, sea desde el hogar, desde centros especialmente habilitados a tal fin, o desde donde sea.

Lo que queda claro es que, habilitando repositorios de contenidos en línea, no lograremos nada de nada diferente a lo que ya saben los niños que hoy tienen disponible. Si un centennial hoy desea saber detalles sobre San Martín, la fotosíntesis, el teorema de Pitágoras o la cadena genética del coronavirus, no necesita que se habilite ninguna plataforma de ningún gobierno nacional para conocerlo. Simplemente lo buscan y lo encuentran. Ese autogobierno y drive personal del proceso de aprendizaje del niño, impulsado por sus propios intereses y acelerado por su propio dominio de habilidades digitales, es la pieza clave que en todo este barullo y sobreactuación están quedando desatendida.

Esta reflexión provocadora, que desnuda el comportamiento del ‘colectivo de los conservadores’ del sistema educativo, debería ayudar para alertar a padres y madres que ellos poseen una gran oportunidad en esta etapa atípica y forzada que sabemos que durará algunas semanas. No deberían esperar mucho de otros, o de que la solución o los remedios vengan de afuera, y, en cambio, debería tomar cartas en el asunto puertas adentro.

¿Qué hacer con los chicos en la casa? Fácil: que dibujen, pinten, escriban un cuento, canten, bailen, ejerciten deportes, conversen, construyan y destruyan, inventen, exploren, observen los animales, las plantas y las formas de las nubes. Si sos padre o madre, y tenés ganas de ir aún un paso más lejos, podes diseñar junto con tus hijos un ‘plan de aprendizaje y experimentación’ para los próximos 15 días. Que armen una silla, aprendan a cocinar un plato de comida difícil, recolecten semillas y las hagan brotar. Y que se asistan con los miles y miles de tutoriales que indican como hacer esto o cosas mucho más elaboradas, tecnológicas (programar) o sofisticadas (saber más del virus este).

El virus no nos puso on-line, sino in-house. Esa es la novedad, transitoria, a la que debemos sacar provecho.

No hay duda de que esta situación inesperada nos regala la oportunidad de aprender junto con nuestros hijos como nunca lo imaginamos, ocupando un rol que la dinámica habitual de nuestras escuelas presenciales tiene reservado para nuestros docentes. Por lo tanto, no se lamente, no deje pasar otro día, y ¡adelante!

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