Silvia Kochen: médica y neurocientífica

08 Marzo 2020

Por Nora Bär

Mujeres extraordinarias hubo siempre. En la ciencia, muchas de ellas trabajaron sin ser reconocidas hasta que años después de haber realizado sus contribuciones más importantes, a veces tras haber dejado la ciencia para “formar una familia”, o incluso una vez muertas, sus nombres y sus aportes desarrollados contra viento y marea fueron recuperados por biógrafos e historiadores. Como le sucedió, entre muchas otras, a Marie Laurent, esposa y asistente de Louis Pasteur en sus descubrimientos, a la que apenas le otorgaron el honor de descansar a los pies de la tumba del sabio, que hoy se encuentra en el centro de París, en el museo del instituto que lleva su nombre. Pero solo en las últimas décadas toda una generación se incorporó masivamente a los laboratorios y a trabajos tradicionalmente masculinos decidida a romper el “techo de cristal” que la sociedad le había impuesto. A tientas, a veces sin pensarlo mucho, y sin asumir conscientemente los postulados del feminismo o criticar abiertamente el patriarcado, abrieron caminos que hoy recorren miles de jóvenes. Silvia Kochen es una de ellas. En la actualidad, es la única profesora adjunta en la cátedra de Neurología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Cuando hace alrededor de 15 años se presentó al concurso, los miembros del jurado le preguntaron primero si era casada y después, cómo pensaba compatibilizar la docencia con su vida privada. “Ya me sentí muy molesta con lo primero —recuerda—. Pero estaba sola con los tres jurados y no quería perder la oportunidad de acceder a esa posición. Lo viví mal. Contesté que sí estaba casada. En un momento incluso pensé en responderles que mi esposa era muy tolerante, pero me pareció que era una provocación gratuita. Lo recuerdo con mucho dolor, porque de alguna manera me sentí humillada y porque me pareció que claudicaba en mis propios principios. También pensé en qué diría mi marido, que todavía sigue siendo mi compañero, si se enteraba de que lo llamaba ‘esposa’ —bromea—. Además, me preguntaron si tenía hijos, pero no como una muestra de afecto: era uno de los factores a tener en cuenta más allá de mis méritos académicos…”. Ese día, Silvia tuvo ganas de llorar, pero les contestó que en realidad no entendía. Hacía mucho tiempo que venía compatibilizando su vida privada con la actividad profesional. Era investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y jefa de la sección de Epilepsia del Hospital Ramos Mejía. Al salir del encuentro con el tribunal docente, les preguntó a sus compañeros, todos varones, si a alguno lo habían interrogado sobre su vida privada y todos contestaron que no. Ese concurso lo ganó, pero en la Facultad de Medicina, “absolutamente falocrática —comenta, indignada—, ya que el consejo directivo actual está compuesto en su totalidad por hombres”, sigue siendo la única profesora adjunta.

* Fragmento de Rebelión en el laboratorio.

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