La falta de jugadoras, el problema del rugby femenino

26 Ene 2020 Por Camila Carceller
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El desafío del rugby: convocar a más chicas que lo practiquen.

Con el paso del tiempo, a las mujeres se les va dando el lugar que merecen en el mundo del deporte. Ese lugar por el que luchan hace décadas y al que le dedican gran parte de sus vidas con el objetivo de, algún día, llegar a ser profesionales y recibir el debido reconocimiento. Es que justamente es la distinción la que te da lugar a contagiar en los espectadores esa pasión que te movilizó a elegir la disciplina que te quita el sueño. Y cuando hablo de reconocimiento o distinción, no me refiero a una copa ni siquiera a cobrar por jugar; hablo de retribuir a las jugadoras de deportes femeninos con los mismos beneficios que con los que se retribuye a los hombres: los recursos para entrenar, la indumentaria del club para el partido, la organización de torneos, entre otras cosas.

La falta de visibilidad le está cortando, en este caso, al rugby femenino la posibilidad de recibir nuevas adeptas y esa es la principal falencia que describen aficionadas de la actividad. Al no comentarse los avances en la práctica, al no trascender los partidos, al no llegar a participar de torneos por la poca gente, al simplemente no hablarse mucho del deporte, los clubes no logran ampliar su convocatoria.

El rugby femenino se contagia por el boca a boca, pero hay muchas que no se animan a practicarlo por el miedo incentivado por los prejuicios o por la falta de información. Algunas otras se arriesgan, entran al mundo de la ovalada y les gusta, pero finalmente terminan dejando porque el bolsillo no les da para darle de comer a la familia e ir a jugar.

Y ahí sale a la luz otro problema. Un inconveniente que se repite en todos los deportes amateurs, pero sobre todo en las disciplinas practicadas por mujeres, como esta. Uno comienza a hacer un deporte por la pasión que lo moviliza a levantarse temprano para ir a entrenar, a cruzar la provincia en colectivo un día de lluvia, a salir corriendo del trabajo para llegar a tiempo al partido, pero cuando el esfuerzo vacía el bolsillo, no hay amor que aguante.

A pesar de pertenecer a un club, las chicas deben pensar en conseguir sus camisetas, sus botines, en bancar el traslado hacia o desde el interior cuando les toca enfrentar a un rival lejano, y olvidémonos del tercer tiempo. Esa hora o media hora en la que compartís aunque sea una gaseosa con las demás deportistas, muchas veces no se puede hacer. Simplemente, hay que quitarse el barro y volver a casa.

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