El día en que un puñado de raleños desafió a Onganía

Cuatro sobrevivientes de la huelga de 1969 y 1970 recuerdan la historia.

13 Ene 2020 Por Hernán Miranda

Ya había corrido el rumor de que los huelguistas planeaban tomar el galpón y los policías esperaban que entraran por el frente. Pero subestimaban el ingenio de Hugo Cabrera, el cerebro de la huelga. A las siete de la tarde del miércoles 14 de enero de 1970, justo cuando comenzaba a oscurecer, unos 70 obreros se amontonaron en la entrada de la Textil Escalada y despistaron a la policía. Mientras tanto, Hugo Luna, Carlos Núñez y otros 10 empleados de la fábrica se metieron al galpón por una puerta lateral y se propusieron quedarse allí hasta que el dueño, Jorge Lamuraglia, accediera a reabrirla.

INTACTAS. Si bien están repletas de tierra, nadie tocó las máquinas de la hilandería desde el día del cierre. la gaceta / archivo

Tres meses antes, el 29 de octubre del 69, había comenzado una huelga por despidos que aglutinaba a 80 de los 120 trabajadores de la empresa. Luna y Núñez recuerdan que después del gran cierre de ingenios del 66, Los Ralos pasó hambre. “Dos años de mucha hambre, de un hambre terrible”, dice Núñez. Hasta que la Textil se instaló en lo que quedaba del ingenio y contrató a los desempleados.

Ganaban bien y trabajan mal. “El sueldo debía andar por los $ 35.000 o $ 40.000 de hoy”, dice Juan Cabrera, hermano de Hugo. Pero las condiciones eran pésimas: un galpón de pelusa y tierra repleto de obreros sin barbijo. El algodón crudo entraba a la fábrica para el desmote y salía después del hilado. “Uno trabajaba a lo animal”, dice Luna. De lunes a lunes, las máquinas funcionaban durante tres turnos de ocho horas. Nadie se sentaba a comer, nadie se movía para ir al baño.

OBSOLETAS. Máquinas contables halladas en la Textil.

“Al menos ya no había hambre”, dice Núñez. No hubo demasiado revuelo el día en que Lamuraglia despidió al primer empleado, pero después tuvo la mala idea de echar al “Cabudo” Bórquez, que era amigo del cura Rodríguez, que a su vez tenía mucha preponderancia en el pueblo y no le tenía miedo a chocar con la dictadura. “Era la dictadura de Onganía, eran bravos”, dice Cabrera. Y el de la Textil fue el tercer gremio del país que se animó a levantarse contra esa dictadura.

ARMARIO. Pila de papeles aún donde estaban en 1977.

Dos meses después del inicio de la huelga, el 31 de diciembre, el Gobierno provincial clausuró la Textil Escalada por violación de las normas sanitarias y laborales. “Apenas por tres días y en Año Nuevo para no molestar a Lamuraglia, que era un tipo poderoso”, dice Luna. “Pero Lamuraglia sí se molestó”, dice Cabrera. Agarró a patadas el escritorio del ministro de Gobierno y le dijo: “ustedes les hacen caso a los subversivos, a los guerrilleros, y no a mí que vengo a dar una fuente de trabajo. Ahora los raleños se van a morir de hambre”. Y Lamuraglia cerró la Textil y no la abrió más.

Entonces surgió la idea de tomar la fábrica. El día elegido, Lauro Fuensalida cerraba la hilera de obreros que se coló por la puerta del costado. Entraron todos menos él, que terminó en el Centro de Salud. “Un milico ha venido y ha metido el rifle, el lanzagases, y cuando Lauro estaba cerrando la puertita le ha metido el balazo”, dice Raúl Fuensalida, su hermano. Lauro desapareció años después, durante la última dictadura. El policía que le había disparado se escondió durante horas en un baño.

“El Gobierno pensaba que iba a ser tarea fácil”, dice Núñez. Ya había anochecido cuando un pelotón de 12 policías y un comisario llegó para desalojarlos. Bórquez se subió al techo de la fábrica y les arrojó los 200 litros de agua del tanque. “Fue una locura del ‘Cabudo’, pero ellos asumieron que estábamos decididos y preparados”, dice Cabrera. “Hasta corrió la noticia falsa de que estábamos armados”, dice Luna. Solo tenían las bolsas de cemento, las chapas y los palos con los que habían bloqueado las puertas.

Entretanto, afuera de la fábrica el resto de los huelguistas organizó un acto para explicar la medida de fuerza. Denunciaban que Lamuraglia veraneaba en Punta del Este mientras la gente de Los Ralos pasaba hambre por culpa de sus caprichos. Durante los siete días que duró la toma, los raleños hicieron ollas populares para que nadie pasara hambre.

HUSOS. Los objetos de hilar conservan la firma.

La página ocho de LA GACETA del 23 enero de 1970 titulaba: “Con un gran despliegue de efectivos, la Policía provincial puso fin a la ocupación obrera de la hilandería de Los Ralos”. “Han ido 300 milicos para hacer el desalojo, han ocupado todos los vehículos de la Policía de la Provincia, ha ido la Montada... Y esa noche solo éramos 12 los que quedábamos adentro”, dice Luna.

Así terminó la toma de la Textil Escalada, pero así no termina la historia.

“No vayan a aplaudir”

A pesar de la huelga, la fábrica permaneció cerrada durante el año siguiente. En el primer aniversario, en enero del 71, una delegación de ex huelguistas se reunió con el ministro de Bienestar Social, Francisco Manrique, y le planteó el problema. Manrique, que pretendía la Presidencia, decidió viajar a Los Ralos.

RESTOS. Una entrada al edificio, tal y como está hoy.

“Hubo un gran despliegue de la prensa, vinieron desde Buenos Aires hasta la iglesia de Los Ralos, la del cura Rodríguez, donde fue el encuentro”, dice Luna. Concurrieron todas las fuerzas vivas de Los Ralos: el sindicato, los clubes, las escuelas. “Hugo nos dijo: ‘cuando llegue Manrique, no lo vayan a aplaudir. La mala costumbre nuestra, del campo, es que llega un funcionario y todos: ‘¡que viva el doctor! ¡Que viva el doctor!’”, dice Cabrera.

Manrique estaba en campaña: expropió la Textil, la reabrió y mandó construir 192 viviendas en Los Ralos. Recién cuando volvió con las noticias, Hugo les permitió que lo aplaudieran.

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