Al paso, al trote y al galope

La cabalgata sigue siendo la experiencia más encantadora del verano en los Valles. El paseo permite apreciar la grandeza de la montaña, los matices del paisaje y la nobleza del caballo.

12 Ene 2020 Por Irene Benito

Los cerros piden un caballo como la luna llena reclama poetas. Los autos, las distintas presentaciones de motos y la expansión del asfalto no han logrado desplazar el medio de locomoción por excelencia de los Valles. Es más: podría decirse que las ruedas han contribuido a ensalzar las virtudes de las cuatro patas. Sólo arriba de un potro o de una yegua es posible dimensionar las formas del paisaje, y en ese terreno la cabalgata no tiene competencia. El caballo es, además, una vía segura de acceso a un “momento-historia de Instagram”, que podrá luego desaparecer de las redes sociales, pero nunca perderá el estatus de experiencia inolvidable.

En El Puesto, el emprendimiento de Jerónimo Critto, proveen ese tipo de recuerdos. Esta mañana, la excursión tiene nueve amazonas y cuatro jinetes. Es un grupo representativo de las distintas edades y destrezas: algunos se desenvuelven como si hubiesen nacido con estribos en los pies, y para otros es su primer contacto con las riendas y la montura. Hay seis niños convenientemente ataviados con pantalones largos y sombreros, y untados con dosis abundantes de protector solar. Este plantel heterogéneo no supone escollos organizativos: los animales ensillados son asignados en función del ojo y del saber de sus cuidadores. Y cada quien a su turno, siempre por la izquierda, va revoleando la pierna y subiendo al lomo del compañero equino que le ha tocado en suerte.

La cabalgata organizada por la agencia El Puesto al mirador de la llamada cuesta La Calera dura alrededor de dos horas y media. Hay salidas cotidianas a las 10 y a las 14.30. La Tarifa por participante asciende a $ 960, e incluye los caballos, el guía y una colación en el destino. El Puestto dispone, además, de una casa de empanadas y queda en la avenida Lola Mora 590, Tafí del Valle. Reservas e información: 0381 154095900

El objetivo es explorar la zona de Tafí del Valle denominada Costa y llegar a un mirador ubicado sobre la cuesta La Calera, que es un punto en el camino hacia La Ciénega, como le dicen los baquianos y conocedores, o La Ciénaga, como le llaman los demás. En total, la vuelta dura alrededor de dos horas y media. Participan de la tropa algunos ejemplares oriundos de Londres (Catamarca), como “Espartaco” y “Calíope”, que son hermanos de “padre y madre”, según refiere Carolina Fuensalida, miembro de la familia que crió a los animales y encargada de El Puesto durante las vacaciones de los Critto. Los nombres de los caballos son un capítulo aparte. En la cantera londinense optaron por sujetarse a las designaciones de la mitología y la tradición griegas, pero cada caballeriza tiene sus reglas. Lo corrobora la presencia en la cabalgata del corcel criollo “Corazón Valiente”.

Nube filosofal

Darío Rasjido, un vecino de Los Cuartos de 20 años, dirige la expedición. Los caballos son mansos y firmes al andar, pero a la vez determinados en su posición dentro de la fila. Por alguna razón que resulta indescifrable, las cabalgaduras “eligen” un orden y se atienen a él con una rigurosidad asombrosa. Por ejemplo, los zainos peruanos “Espartaco” y “Calíope” avanzan siempre juntos y adelante. La yegua que monta Fuensalida está atenta a su “hermano” y a menudo lo toca con la cabeza: a su manera conforman un bloque primoroso en la recua que se adentra por uno de los cientos de senderos que estrían los cerros.

La cadencia del desplazamiento y la elevación que proporciona el caballo conducen a un Tafí del Valle distinto, que se fusiona con el cielo sin interrupciones. Esa integración permite tomar conciencia y contacto con las variaciones del suelo; los caprichos de la piedra y la monotonía deliciosa de la vegetación de altura. En esta postal, las casas dispuestas por doquier pasan a un segundo plano y, al menos por un rato, dejan de ser amenazadoras de la naturaleza que todavía “salva” a Tucumán. Pareciera que mientras el caballo pueda abrirse camino, habrá sosiego para las presiones urbanas.  Basta con levantar la mirada para contemplar una de las versiones posibles del paraíso. Cautivan las cumbres inmemoriales con su paciencia a prueba del tiempo. Cautiva la atmósfera con sus tonos marítimos. Cautivan las nubes que flotan y retozan a su aire: donde entran ellas no entra nada más. Imposible soslayar sus voluptuosidades creativas, sus sombras y su misterio. ¿A dónde van las nubes que no cesan de viajar? ¿Qué será de esos algodones llamados a contrastar con la paleta cromática intensa de Tafí? Sin querer, tales preguntas convierten lo pasajero en imperecedero, como Heráclito hizo con los cursos del agua al proclamar que nadie se baña dos veces en el mismo río.

La montaña, una maestra

Calma el paso de los caballos y el contingente ingresa en un silencio que subraya los sonidos autóctonos. La quietud hace las veces de partitura de los pájaros, que cumplen su función de cantar como las nubes la suya de ornar la inmensidad del firmamento. Hasta los niños parecen poseídos por esa paz que de vez en cuando acoge un relincho. El efecto fija en el pensamiento la película -casi- muda que proyecta la cabalgata durante su desarrollo.

Una subida más abrupta avisa que el destino se acerca. Despacio, la tropilla trepa y dibuja un zigzag. Cada metro conquistado modifica la percepción del entorno. Así como la bajada no tiene fondo, tampoco tiene límite la subida: la montaña “educa” con sus direcciones contrapuestas. Llega un punto en el que Rasjido se detiene y manda a desmontar con la prudencia que aconseja el miedo atávico a las patadas de los caballos. Por las espaldas aguarda el mirador y su colección de imágenes magníficas. Todo el Valle cabe en esa “ventana”, y la foto deviene inevitable mientras el viento desacomoda los peinados y juguetea con los sombreros.

A cada quien le llama la atención algo distinto y una especie de campeonato de adivinanzas domina la conversación mientras Rasjido y Fuensalida sacan de las alforjas vasos, gaseosas, agua y alfajores de La Quebradita. Los chicos fijan su atención en el dique La Angostura, que desde esa perspectiva es apenas un charquito. Los grandes tratan de encontrar referencias en el mapa tridimensional que la altura ha desplegado: un caserío y una ruta sirven para ubicarse, pero ningún mojón resulta tan certero y útil como El Ñuñorco. Este pico sensual acapara espontáneamente el espacio, como si el paisaje hubiese sido concebido para él. Las montañas que lo rodean lucen resignadas: sería inútil desafiar a las laderas que acunan El Mollar.

De repente, una de las niñas pregunta qué hora es. El interrogante devuelve a la realidad, y sin prisa comienza de nuevo el procedimiento de ajustar las cinchas, acomodar los aperos y montar. Los caballos se dejan maniobrar sin reparos: ellos saben que esos movimientos preanuncian la recompensa del descanso. De nuevo en la hilera organizada por los criterios de afinidad que los animales imponen, la cabalgata se dispone a bajar. El terreno impulsa y hace cumplir la norma que prescribe que la vuelta ha de ser siempre más rápida que la ida. Atrás queda la cuesta La Calera y, en cosa de minutos, las herraduras comienzan a zapatear sobre la avenida Lola Mora, que presenta un pavimento reluciente. Mientras la mayoría mantiene el paso del inicio, “Espartaco” y “Calíope” trotan, y el primero se larga a galopar hasta los postes de El Puesto. Son segundos de brisa y libertad que coronan un paseo lleno de gracia. Todo lo dicen los rostros iluminados de tanto sonreír.

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