Cuatro formas en que la política “lava” dinero del Estado

11 Ene 2020 Por Federico Türpe
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“Con el agua al cuello”. Aunque en Tucumán esta expresión popular se traduciría como “con la cloaca hasta el cuello”.

El esquema de manejo poco transparente del erario escondido detrás de la política, que se puso de moda con el ex gobernador José Alperovich en 2003, y que continuó durante la administración de sus alumnos dilectos Juan Manzur y Osvaldo Jaldo, empezó a derrumbarse.

No es de ahora. Las luces de emergencia titilan desde hace varios años, pero cuando el dinero sobra nadie se preocupa porque las lámparas de la casa queden encendidas todo el día.

Alperovich quien derrochó las mieles de la soja en clientelismo y en nepotismo, metió a casi todos los opositores en su billetera, triplicó la macrocefalia estatal y privatizó la obra pública, de modo que no se invirtió en lo que se debía. En lo urgente.

En vez de infraestructura como red de aguas, cloacas, rutas, accesos o trabajos hídricos, se cedió la iniciativa al mercado inmobiliario y automotor donde -coincidentemente- tenía muchos amigos.

La provincia explotó y se convirtió en el caos que hoy padecemos todos.

Cuando asumió Manzur la caja ya estaba vacía y Tucumán tenía goteras en todas sus habitaciones.

La inseguridad, la pobreza, el desempleo, la ignorancia, la carencia de Justicia y la falta de servicios básicos rompieron marcas, pero son abstracciones que se disimulan muy bien en una sociedad acostumbrada a vivir mal. Y habituada a la corrupción endémica.

Nadie mira la cloaca estallada en una esquina cuando está más pendiente del motochorro que está por robarle el celular o del taxi trucho que cruza en rojo y puede atropellarle.

De paso, 5.000 taxis ilegales dijo en mayo del año pasado el intendente Germán Alfaro que circulaban en la capital. Pero ya pasó la campaña electoral…

Manzur tuvo la enorme fortuna de poder ocultar su fallida administración detrás de la desastrosa gestión de Mauricio Macri.

Durante cuatro años responsabilizó al gobierno nacional de cada uno de sus fracasos y pudo esconder bajo la alfombra macrista un gestión ineficaz a todas luces.

El Lava Jato

Ya sin nadie a quien culpar y habiendo rematado hasta los muebles de la casa durante el año electoral, Manzur tuvo que salir a admitir que ya no tiene plata ni para pagar los sueldos.

La ineptitud es un defecto condenable, sobre todo cuando se conduce el destino de millones de personas. Pero mucho más grave es el delito.

En Tucumán, la política -en realidad, quienes hicieron usufructo de la política- viene saqueando al Estado sistemáticamente y sin ningún tipo de control.

La política “lava” dinero público, utilizando mecanismos se encargan de desviar los recursos estatales al bolsillo privado de algunos hombres públicos.

Una cosa es el clientelismo, el nepotismo, la malversación, el fraude, en lo que Tucumán bate récords y por eso, según estadísticas del Ministerio de Trabajo de la Nación, es la segunda provincia argentina, después de Jujuy, en la que más creció el empleo estatal desde el 2003 hasta 2017. El 138,4% exactamente, contra el 34% de Buenos Aires, por ejemplo.

El ñoqui es un engaño, una decadencia moral para el que paga y para el que cobra. Una persona que no presta contraprestaciones, que estafa al Estado.

Pero más grave, si acaso existe un escalímetro de inmoralidad, es el “lavado” de dinero.

Las cuatro operatorias

La política utiliza al menos cuatro formas para “lavar” dinero del Estado que se desvía para usos personales.

La primera es el nombramiento de empleados que no son tales.

Es distinto del ñoqui, pariente, amante, amigo o familiar, que efectivamente recibe su salario, aunque no trabaje.

El empleado falso, por el contrario, figura como si cobrara, por ejemplo, $ 50.000 mensuales, pero en realidad recibe $ 10.000 y a los otros $ 40.000 los devuelve a su “empleador”. Sólo percibe un porcentaje como “prestanombre”.

Esto. en el Poder Ejecutivo y en La Legislatura. Aunque es en la Cámara donde ya se rompieron todos los moldes y por eso es la segunda más costosas del país, después del Poder Legislativo de la provincia de Buenos Aires.

Se estima que hay legisladores que tienen entre 50 y 100 empleados falsos, aunque se especula que algunos llegarían a tener más de 500.

Son millones y millones de pesos mensuales que figuran como sueldos en los asientos contables de la Provincia, pero que en realidad van a parar a cajas fuertes de políticos.

Los sobreprecios

La segunda forma de estos “lavados” de dinero fiscal es la obra pública.

Ejemplos sobran en esta comarca del vale todo y basta con repasar los escándalos de la Dirección de Arquitectura y Urbanismo, del Instituto Provincial de la Vivienda, la más de una decena de puentes caídos o la última clase magistral de media hora del intendente de Tafí del Valle, Francisco Caliva. En ella se nos enseña cómo se puede cotizar a $ 8.000 el metro cuadrado de una construcción, para luego desembolsarle sólo $ 5.000 al contratista.

Son $ 3.000 que se lavan por cada metro cuadrado de obra pública. “Echá pluma”, decía el abuelo, que significaba “hacé el cálculo de cuánto sería el monto final”.

La tercera forma de este lavado muy practicada por algunos dirigentes es la disimulada publicidad para emisoras y sitios truchos.

No son medios de comunicación reales, pero figuran como tales. Radios FM que nadie encuentra en el dial, o que transmiten el mismo disco para cuatro manzanas de un barrio de pueblo, o “portales de noticias” de internet que tienen cinco lectores por día y publican dos notas por mes.

Esto es fácil de comprobar en la página web del Tribunal de Cuentas, ente que audita que efectivamente el dinero se destine a una razón social real, aunque no tiene modo de saber que el sitio web o la FM son una pantalla.

Tanto el Poder Ejecutivo como la Legislatura desembolsan millones de pesos en emisoras y sitios truchos.

Lo mismo que con los empleados falsos, un “prestanombre” figura como alguien que recibió $ 500.000 por mes en concepto de “publicidad”, por ejemplo, pero en realidad $ 450.000 se devolverían al hombre público que gestionó la contratación maquillada del supuesto espacio publicitario.

Entre febrero y junio de 2019, durante la última campaña electoral provincial, este ítem de “publicidad” se multiplicó por 10.

Muchos políticos financiaron de esta manera su campaña, con dinero público, de todos nosotros, con el que podrían haberse arreglado las cloacas, por ejemplo.

También habría agencias de publicidad, locales y porteñas, involucradas en esta operatoria.

Los aportes fantasmas

La cuarta forma de “lavar” dinero del Estado y convertirlo en suntuosas mansiones en centros turísticos, en lujosos autos o en glamorosos viajes por el mundo, son los falsos aportantes durante las campañas proselitistas.

A nivel nacional, la Justicia Electoral obliga a los candidatos a publicitar el nombre y el monto de las personas físicas o jurídicas que realizaron aportes. Así estalló, por ejemplo, el escándalo en el seno de Cambiemos, el año pasado, cuando muchas personas denunciaron en Buenos Aires que figuraban en las listas de aportantes, cuando en realidad no habían puesto un solo peso.

Similar fue el caso de los ex legisladores José Teri, Víctor Lossi, Beatriz Avila y Alfredo Toscano, que en 2015 aparecían como aportantes para la campaña nacional del Frente para la Victoria y salieron a denunciar que esa información no era cierta.

A nivel provincial, ningún candidato está obligado a mostrar los nombres de sus aportantes.

Otro ítem más en los que Tucumán atrasa en transparencia, como las ausentes leyes de Información Pública y de Ética Pública.

De este modo los candidatos tucumanos pueden dibujar en una servilleta la lista de aportantes que quieran para colaborar con una campaña nacional y consignar el monto que necesiten blanquear.

De nuevo, muchos son “prestanombres” que en realidad no pusieron un centavo para la campaña. Al contrario, recibirían una comisión por este servicio. Algunos serían empresarios conocidos, por lo que se presume que esa “comisión” retornaría por distintos canales.

En estas maniobras también estarían involucrados numerosos sindicalistas que ahora reclaman el cumplimiento de la cláusula gatillo. Es como la serpiente que se muerde la cola.

Afirman que ¿no hay dinero para pagar los sueldos, para arreglar las cloacas, para generar fuentes de trabajo, para mejorar las rutas?

A no equivocarse, dinero sobra, pero está todo adentro del lavarropas de la política tucumana.

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