Culto a San La Muerte: milagros relatados por sus propios fieles devotos

Quienes lo veneran se quejan de la mala prensa que se le ha hecho. Juran que es milagroso, pero también justo. Si no cumplís lo que prometiste, te castiga.

14 Dic 2019 Por Leo Noli

Se miraba mucho al desconocido pero se le hablaba poco. Incluso, las respuestas eran esquivas. Eso pasó durante la primera visita de LA GACETA al santuario de San La Muerte, recostado sobre el anexo de la ruta 9, pegado al del Gauchito Gil, en el desvío previo a tomar camino hacia San Andrés, Las Termas y todo lo que vaya con dirección hacia el lado sur de la Argentina.

La idea era conocer un poco más acerca de esta deidad no reconocida por la Iglesia, sobre sus fieles y sobre cómo reaccionan ante las consultas de su santo, de San La Muerte.

Fueron cuatro visitas al santuario en diferentes días y horarios. Fueron cuatro experiencias distintas aunque todas unidas por una verdad visual: a San La Muerte no acuden solo delincuentes como suele escucharse en el famoso teléfono descompuesto cuya línea se reconoce como el “Dicen que”.   

Camionetas 4x4 último modelo, chicos de a pie, señoras en moto de baja cilindrada, autos, motos grandes. Este refugio, acaso intimidante por su fachada pintada totalmente en negro y retratos alusivos, no se mide por la billetera de quien lo visita. Se mide por la gran cantidad de devotos que se van sumando. ¿Por qué? Porque aseguran que lo que se le pide al santo se cumple. “Es dar y recibir”, asegura María, al principio algo incómoda, luego chancha amiga del cronista.

Quienes lo visitan seguido al Santo, a primera imagen llamativo por su capa negra, su hoz (en ciertas imágenes) y cuerpo de esqueleto, habla de la historia de un monje litoraleño que falleció por una huelga de hambre después de haber sido acusado de hereje por curar indios con hierbas y poderes mágicos sanativos. Esa intenta ser la voz a expandirse por la ciudad, porque San La Muerte y sus fieles luchan contra la mala prensa.

RECUPERADAS. Las imágenes donadas de San La Muerte fueron reconstruidas. Una noche le predieron fuego al lugar. LA GACETA / DIEGO ARÁOZ

“Hasta se ha dicho que en este lugar se vieron mujeres desnudas practicando la prostitución y haciendo cultos satánicos. Eso es todo mentira”, no reniega una sola persona con este cuento, sino varias. “Mi señora me trajo un día que vinimos a ver al Gauchito Gil. Ahora vengo casi todos los días. Le debo un favor grande. Vengo a limpiar, a dar una mano. Me cumplió muchas promesas”, sostiene Leo, también una voz que luego se propagará a cuanto desconocido se le consulte si San La Muerte realmente cumple.

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“Oh poderosísimo Señor Tánatos, La Muerte,

San La Muerte o de La Buena Muerte

Vencedor de los matrimonios y de los solteros,

Domina el corazón invencible de (nombre y apellido);

Dale desesperación terrible para que venga donde estoy yo

Y me siga con amor y cariño hasta la locura.

Oh poderosísimo Señor de la Buena Muerte,

Te pido que me cuides lo que es mi mayor interés,

En nombre de las almas más necesitadas,

Que me ayudes y me traigas llorando a (nombre y apellido) rendido(a) a mis pies. Amén”.

OFRENDAS. Los fieles llevan desde comidas, cigarillos, joyas, dinero y bebidas. LA GACETA / DIEGO ARÁOZ

Dentro del Santuario, seis veces reconstruido debido a los destrozos provocados por ladrones sin rostros, abundan las manzanas con miel. “Ese es el símbolo del pedido por un amor, para que se destrabe o para que regrese a las manos de quien dejó la manzana allí”, comenta María. Un trono de madera enorme con una calavera sentada impone presencia. En la mayoría de sus dedos hay cigarrillos a punto de consumirse. Uno fuma y le convida al santo otro, como para compartir y agradecer.

San La Muerte cumple, pero también te hace pagar si le fallás. Las malas lenguas hablaban de que si vos le fallabas, un ser querido podía morir. “Mentira”, reniega María.

En uno de los tantos merenderos que protege del sol un enorme tinglado, Franco está sentado en soledad, pero en el mesón de concreto hay dos copas y una caja de vino. Franco toma de la suya y sirve otra para San La Muerte, su guía. “Yo andaba mal económicamente, bajoneado en lo personal y tenía muchos problemas con mi familia y el alcohol. Un amigo, Manuel, es devoto hace 17 años y me trajo. Me ayudó un montón, el santo. Tengo casa de comidas”, asegura Franco de la zona de Delfín Gallo.

“Todos piensan que el santo es maligno y no es así. El santo te cumple muchas cosas, si vos le cumplís lo que prometés. Y si no le cumplís, te las quita, como todo en la vida”.

- ¿Te pasó de pedir, no cumplir y de que te castigue?

- Sí. El día de la fiesta del santo (20 de agosto) prometí regalarle una mesa de dulces y no pude.  No me ayudó un par de semanas hasta que vine a disculparme y me perdonó. Al santo no podés mentirle nunca. Sabe de tu necesidad. De acá me voy bien, relajado, contento y protegido por él.

EN LA PIEL. Los tatuajes de San La Muerte predominante entre sus seguidores. LA GACETA / DIEGO ARÁOZ

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Es domingo. El movimiento es menor del habitual. Hay una explicación: uno de los grandes del fútbol tucumano juega en casa, San Martín. Pese a que el “Santo” modifica los esquemas, hay flujo de fieles. Maia vino con su madre, mientras un pariente espera en una camioneta gris bien moderna de esas que superan ampliamente el millón de pesos.

A Maia le gusta cocinar. “Le doy whisky, a veces le hago comida. Yo le traje la torta, está rica, probala”, la cantidad de frutillas y crema chantilly de relleno invitaban a decir que sí. La mitad para el santo, el resto para repartir.

Todo lo que se le regala al santo queda para el santo. Sus cuidadores encuentran desde dinero, joyas, habanos cubanos a todo lo que uno pueda imaginarse. Salvo la comida y las colillas consumidas de los puchos que se tiran a la basura, el resto de los tesoros quedan donde se los dejó. Son infinitas las imágenes de San La Muerte dentro del santuario. Una más grande que otra.

“Siempre vengo para acá y le pido por mi mamá para que siempre esté bien. El santo me cumple todo lo le pido. Desde los 12 que lo conozco. Hoy tengo 16 y no falto nunca”.

“Poderoso San la Muerte,

Espíritu de bondad y de justicia

Dueño del tiempo, del comienza

Y del fin de nuestra existencia

Eficaz abogado y protector de aquellos

Que te invocamos

Ruego tu intercesión para que

Todos los enfermos

Recuperen rápidamente la salud

Poderoso San la Muerte,

Hasta que llegue el último momento

Permite que todos

Vivan plenamente

Para cumplir la misión encomendada

Que así sea. Amén”.

San La Muerte, juran, hace milagros con los enfermos. Ana lo firma.

“El santo le salvó la pierna a mi papá. Tenía diabetes. Era de noche y me avisan que a mi papá le iban a amputar la pierna porque por la diabetes ya no podían salvársela. Llorando me vine caminando hasta acá. Le pedí por mi papá, Ceferino, y que si me ayudaba le iba a ser fiel para siempre. Al otro día fui al hospital (Centro de Salud) y lo vi a mi papá caminando. Los médicos me hablaron de un milagro, de que se la había ido la infección, todo. No se explicaban cómo en una noche había mejorado así. Ya va a ser un año largo de eso. Para la fiesta del 20 de Agosto vino caminando”.

Ana hace la limpieza del predio, ad honorem.

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“Hay gente muy devota que hasta lo ve despierta y en sueños…”.

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A LA VERA DE LA 9. El santuario abre de 16 a 20, todos los días. LA GACETA / DIEGO ARÁOZ

Antes de entrevistar, el único requisito no excluyente es pedir el apellido. Los Fieles de San La Muerte son fieles en serio, pero saben que la popularidad de su santo aún no tiene buena prensa y viviendo en una sociedad que juzga entre negro y blanco y que no permite grises, prefieren evitar el famoso “qué dirán”.

Lo de Rita sorprende. A contramano del resto, ella pide charlar con este diario. Rita no supera los 25 años, está vestida de punta en blanco, estilo animé y perfectamente maquillada como si estuviera por ir a una fiesta. Es domingo y el día todavía no ha vencido a la siesta. Ella se viste y prepara así para San La Muerte.

“Hace un año que soy devota. Al principio le tenía mucho miedo, por lo que escuchaba. Que se lleva una vida o que es el santo de los mafiosos…  A mí me ayudó un montón, desde lo espiritual. Era débil. Jamás fui muy fuerte y me bajoneaba por cualquier cosa. Me empecé a acercar al salto y a pedirle que me cuide. Ahora lo siento mucho. Siento que está en mí. Cuando hablo de él o le hablo a él siento un escalofrío en el cuerpo inexplicable. Lo siento un montón. Hace poco se me apareció. Es re alto, re grande, como de dos metros. Me anda cuidando”, no duda en decir Rita.

“La otra noche me quisieron robar por avenida Roca. Vi a los chicos que me querían robar, pero también lo vi a él y no pasó nada”.

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Buceando en diferentes sitios online, encuentro una descripción aproximada a la leyenda que cuentan en el santuario tucumano. “Hace 150 años, en los Esteros de Iberá existía un Payé (medico brujo) que había sido monje Franciscano o Jesuita que había sido expulsado por  Carlos III de España de la región. Este Payé era conocido por su poder de curación, a través de la administración de yuyos, brebajes, curaciones ‘de palabra’ y oraciones. Lo era todo para el pueblo. Sin embargo, un día llegaron nuevamente misioneros cristianos y confabularon con las autoridades para apresar al monje y encerrarlo en la celda de los leprosos. A modo de protesta, hizo ayuno de pie hasta que la muerte se lo llevó”…

MULETOS. Llaveros, anillos, colgantes, todo sirve para llevar al santo con uno mismo. LA GACETA / DIEGO ARÁOZ

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La Imagen de San La Muerte es predominante en Corrientes, Chaco, Formosa y Misiones. En Tucumán, según aseguran quienes acuden a visitarlo, todos los días nace un fiel nuevo.

Así como al Gauchito Gil, la Iglesia no lo reconoce. Eso no viene a ser un problema para quienes lo siguen. De hecho, devotos de la Virgen de Valle han dejado de seguirla por San La Muerte.

José es camionero desde hace 25 años. Cada 8 de diciembre peregrinaba hacia Catamarca, sin embargo, un día conoció a San La Muerte y decidió venerarlo solamente a él. No le pide demasiado, apenas que lo proteja en cada salida a la ruta y que le de salud para seguir alimentando a sus hijos. A cambio, lo viene a visitar al santuario cada vez que está en la provincia.

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