Riña de gallos, el ritual que divide pasión y tradición con lo clandestino y prohibido - LA GACETA Tucumán
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Riña de gallos, el ritual que divide pasión y tradición con lo clandestino y prohibido

Riña de gallos, el ritual que divide pasión y tradición con lo clandestino y prohibido

En la provincia debe haber unos 40.000 criadores de gallos, en su mayoría que pide aprobar la riña con las medidas de higiene y cuidado necesarias. "Nadie quiere ver un animal muerto", aseguran.

09 Feb 2020 Por Leo Noli

El lugar, un nicho escondido en un barrio de la periferia, es un hervidero de pasión, según quién relate este tramo de la historia. El acceso está un tanto restringido. Vigías a media cuadra de la entrada te relajean tanto que sentís que antes de decirle “hola” a los de la mesa de entrada ellos ya están al tanto hasta de tu grupo sanguíneo. Hay celo entre los que no reconocen tu rostro, pero la tensión baja unos cuantos niveles cuando alguien levanta la mano y se hace cargo del desconocido.

El visitante, desde ahora en más, y quizás hasta la posteridad, será conocido por el grupo como “El Cheto”. Héctor es amigo y enlace en esta búsqueda de conocer desde ambos costados de la cancha el sentido de la riña de gallos, una tradición prohibida desde la sensación, no desde los papeles, pese a que la Ley Nacional 14346 expresa que los actos públicos de riñas de animales, están totalmente prohibidos. Bueno, esta riña de gallo es clandestina, por lo tanto no es abierta al público en general.

Quienes aseguran realmente sentir la pasión por esta vieja costumbre juran que nada de lo que se dice es verdad. ¿Los gallos pelean? Sí. ¿Se apuesta? Por supuesto. Pero hay algo que los cuidadores, criadores y fanáticos intentan decir desde al anonimato. “Yo no quiero matar un gallo. Yo no quiero que mi gallo se muera en una riña y tampoco quiero que mi gallo mate al gallo que tiene en frente”, lo que le dice Toni a LA GACETA es en parte el resumen de casi 40.000 voces tucumanas.

El número no es un random tirado al azar, es lo que se supone, a ojo de buen cubero, completa la grilla de criadores de gallos en la provincia. Un numerazo. Entonces, Toni acompaña: “Tucumán debe ser la provincia con más criadores de gallos del país, pero también la de criadores más humildes. Que se entienda, esto es parte de una tradición, de una pasión. Nadie está en esto por gusto de ver morir o querer matar un animal o por el simple hecho de querer hacerse millonario”, a su izquierda, después de devolver el mate liquidado, está el “Chino”, un nene de 11 años con un deseo bien clarito: salir del mote de matete (aprendiz) y navegar por el mundo de los galleros siendo un cuidador de primera.

El “Chino” prefiere estar rodeado de pollos, gallinas y gallos y no jugar a la pelota con amigos. Ni hablar de uno de los hijos de Toni, de 10. Lo mismo. El amor por los gallos puede ser hereditario como también una revelación de amor. Lo jura el “Chino”.

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PREPARADO. El gallo lleva un riguroso entrenamientos antes de cada riña. Minímo, unos días días antes. Su recuperación puede ir de las dos semanas al tiempo que sea necesario.

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Después de recibir la bendición, para avanzar hacia las entrañas del riñadero hay que pasar por caja y dejar 150 mangos. Lo que sigue es buscar el mejor ángulo de salto para no caer en tres charcos inmensos de agua y barro. Esto no es Beverly Hills, tampoco un vaciadero. “Llovió anoche y casi se suspende todo”, dice uno ante la queja de “El Cheto”.

Unos 15 pasos adelante, siempre mirando de frente al predio, una cancha de taba reúne varios comensales. Lo fuerte, sin embargo, está en los bretes, diríamos los cuadriláteros donde los gallos se enfrentan. En total, son cuatro, dos más largos y anchos que los otros.

Un buen brete debe tener al menos dos metros cuadrados, estar alfombrado y protegido con barreras de goma espuma. La insistencia de quienes son asiduos a diferentes riñas es la misma. “Se intenta darles la mayor seguridad a los gallos. Nadie quiere que se muera uno”.

Las peleas están pactadas de antemano, pero puede pasar que se suspenda por diferencias o bien porque sus dueños no se pusieron de acuerdo en el premio. Puede pasar, como pasó en ese domingo de riña clandestina, que uno de los gallos haya superado el peso en onzas y chau riña. El peso, en el vuelo y ataque, hace muchísimo la diferencia.

Lo que también la hacen son quienes regentean el lugar. Los sánguches de milanesa vuelan, a $ 100. “Un delicia”, asegura uno de los chicos que fue por el segundo. Las latas de cerveza y las cajas de vino, ni hablar, todos elíxires para los agitados fans.

Si hablamos de tradición, lo que manda es el folclore, Los Manseros santiagueños y el chamamé. Olvidate del reggaetón, rock u otra rama musical. Esto es un evento encubierto en viejas costumbres del siglo pasado.

En el brete, cada cuidador prepara su gallo para la batalla. El criador mira de afuera ya, mientras el juez de la pelea confirma que la trampa no juega su parte entre los luchadores. Chimiqueros, abstenerse.

A los gallos se le corta las plumas al ras (antes meterlos en el brete), sobre todo en la zona de patas, muslos y debajo del pecho.

A los gallos se les coloca una puntera de acero inoxidable donde antes tenían un taco. Una uña natural, digamos. El gallo no se lo mutiló para colocarle la espuela.

De hecho, afirman, la punta es más higiénica y menos peligrosa. “Si se hicieran cagar con eso, que es muy infeccioso, se lastimarían mucho, como pasa en otros países como Perú”.

La riña se dirime en tres rounds, dos de 15 minutos y uno de 30.

La riña puede terminarse antes de ese tiempo, generalmente por decisión de uno de los dueños si ven al animal demasiado castigado. Los gallos se buscan el pecho y en cada salto (vuelo) revolean las puntas hacia el contrario. También llevan picos de acerco, para no romperse los propios y morder al contrario.

Si bien puede haber favoritos, una riña es una caja de Pandora. Todo puede suceder.

El favorito puede arrancar como una topadora y después convertirse en un auto a gas. No existe la banca, entre los gallos de renombre. Depende de la crianza y de cómo se los prepare.

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El “Vamos, mi viejo” es tan usado como el aire que se respira. Es la frase de cabecera de quienes alientan en los bretes. Cada brete tiene sus dos tribunas laterales, en su mayoría explotadas de gente. Y de apostadores que meten la cuchara mientras analizan la pelea. Esto es un vaivén. Cuando te ves complicado podés pedir cerrar antes el trato y perder menos del 100% de la apuesta. Ojo, si el rival te dice que no, a bancársela y rezar.

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“Puede que a un proteccionista no le guste, pero la pelea ya le corre por la sangre a los gallos y gallinas. De hecho, las gallinas son más quilomberas que un gallo”, explica Toni, dueño de un pequeño criadero que también cuida gallos de amigos. Lo que era el jardín de una casa ahora es un rompecabezas de cubos de madera, corrales y jaulas en altura. Dependiendo la condición del gallo, de si es todavía un pollito, de si está emplumando o no, será su ubicación en la casa.

Toni se queda en lo de la genética del gallo. A su gusto, el prefiere los de sangre brasileña, porque son más audaces, intrépidos y bravos. “Y finos”, agrega otro de los cuidadores recién llegado al convite.

El mejor ejemplo que puede brindar Toni es con dos pollitos. No tienen ni dos meses de vida y sus alas están en cáscaras, peladas y con costras de sangre. “Se picotean entre ellos, la lucha es su vida”.

Se habla de los gallos brasileños porque Brasil es la meca de gallos, con ascendencia asiática, sobre todo.

En Tucumán rige una cautelar que no se pueden habilitar riñaderos de gallos, pero la ley no rige.

“Todas las semanas hay una riña”, clandestina, obvio.

“Las Termas de Río Hondo es Las Vegas de Argentina. Allí te habilitan riñas, cuadreras, lo que quieras. Tienen otra idea de los juegos y de la recaudación. En las Termas hubo un evento de fin de semana que completó 3 riñaderos con bolsas que iban de $ 60.000, $ 80.000 a $100.000 y con un premio principal de hasta $ 30.000 a $40.000”.

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“Si cada localidad de Tucumán aprobara la riña de gallos, te aseguro, habría cientos por fin de semana. Somos muchos los galleros”.

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A los gallos se los cuida como a un hijo. Toni es tan obsesivo y precavido que cuando las gallinas largan una camada de huevos él los etiqueta con nombre, ascendencia y se los conserva él mismo. “La Gallina los puede romper”.

Está claro que los huevos de esta gallina no son para consumo familiar. Eso sí que está totalmente prohibo. Uno de los cajones donde Toni guarda su ropa es el destino para dejar los huevos. “Es un lugar frío y seco y se van empollando sin riesgos, je”.

De 70 huevos, 35 pueden servir para llegar a una prueba, si es que no salen gallinas.

No todos los gallos llegan a una riña.

Los gallos entrenan como cualquier deportista que sigue la rutina de un entrenador.

Los gallos son vacunados, desparasitados, bien alimentados.

Los gallos no son un presupuesto en dinero, pero sí en tiempo. A razón de 5 horas por día, entre mañana y tarde, le dedica Toni al criadero.

Los gallos son parte de su vida, explica Toni, así como el resto de los cuidadores y criadores que charlan desde el anonimato con LA GACETA. “Si hubiera reglamentaciones a seguir, desde la sanidad, la seguridad, yo me mando seguro y abro un riñadero. La provincia pierde millones de pesos en estas luchas. Reglamentar esta tradición sería una gran alegría para nosotros”, aseguran estos comensales que jamás cocinaron un gallo al horno.

En escabeche o como picadillo de empanadas, sí, salió con fritas.

Fin.

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