Mal comienzo “K” con la superpotencia a la que le pide ayuda

13 Dic 2019 Por Álvaro José Aurane
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La cita fue en la Taberna del Pato Azul, en el corazón de Washington DC, dentro del exclusivísimo Park Hyat. El encuentro no se dio en el salón principal, cuyo decorado está dado por verdaderas paredes de vinotecas, sino en un costado, donde se ofrece el servicio conocido como “La mesa del chef”, que tiene fama de ser una verdadera experiencia gastronómica. Porque la “Blue Duck Tavern” tiene desde 2017 la empecinada costumbre de recibir una “estrella” de la afamada guía de restaurantes Michelin. Y fue justamente hace tres años cuando ganó el premio de la Asociación de Restaurantes del Washington Metropolitano al “Brunch informal de lujo del año”. El “brunch” es un neologismo anglosajón, una contracción entre “breakfast” (desayuno) y “lunch” (almuerzo) y consiste, literalmente, en una comida que mezcla platos tanto de una como comida como de la otra. Fue precisamente un “brunch” lo que se sirvió ese mediodía de mediados de septiembre. El principal comensal era Juan Manzur. De hecho, fue el invitado. Y huelga decir que cuando se alcanza un cargo electivo (cuanto más el de gobernador de una provincia) no ser el que paga la cuenta es un hecho, por así decirlo, inusual.

Manzur, como lo contó detalladamente LA GACETA, encabezaba una misión oficial del Zicosur (él preside la Zona de Integración del Centro Oeste de Suramérica, cargo con el que se ha encariñado a juzgar su indiferencia frente a las insinuaciones de sus pares de los países vecinos que le expresan sus “anhelos” por sucederlo). Pero en realidad era la primera avanzada de Alberto Fernández, informal pero concreta, para explorar el terreno político y financiero de los Estados Unidos luego de haberse impuesto en las PASO del mes anterior. En esa comida en el 1.201 de la calle 24 en la capital imperial, el tucumano recibió una lista de ingredientes. No eran las recetas de la chef Colleen Murphy, que presentó uno por uno de los cinco pasos del menú que servía. Fueron las indicaciones de cómo “cocinar” una política exterior que no fuera hostil para la superpotencia. Para evitar confusiones: no era un itinerario de alineamiento con los Estados Unidos, sino más bien un breve mapa acerca de cómo no entrar en curso de colisión.

Para mayores precisiones, el anfitrión del “brunch” no era del oficialista Partido Republicano, sino un convencido miembro del opositor Partido Demócrata, quien fue un hombre de la primera línea de fuego durante las campañas de Barack Obama. Durante su gestión, además, se desempeñó en cargos rutilantes. Lo valioso del encuentro, entonces, consistió no sólo en conocer lineamientos de política exterior de un experto, que conduce un “think tank” demócrata en la ciudad del poder político estadounidense, sino también en advertir que no importa el signo político que gobierne, hay políticas de Estado de verdad, que el poder, en esa nación norteamericana, se toma muy en serio.

El gobierno de los Fernández, al respecto, acaba de comenzar francamente mal.

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A modo de síntesis introductoria, y mientras se servían entre los “platos destacados” el salmón ahumado con miel y jengibre acompañado de una ensalada cítrica, lo que fue trazado no era un decálogo de lo que se debía hacer sino un punteado de los “errores” que era preferible no cometer, si se desea tener una buena relación con los Estados Unidos.

Mientras se terminaban las tostadas de palta con tahini, semillas de neguilla, tomates cherry marinados, huevos y queso parmesano, se planteó con meridiana claridad que China es un límite. Por si no quedaba claro el mensaje que encarnaba la guerra comercial entablada por Donald Trump, se expuso sobre la mesa que el gigante de oriente es la antítesis de Estados Unidos. En buen romance diplomático, fue descripto como “un país que ofrece acuerdos y un mundo distintos que el oeste”. Porque en la tierra del “destino manifiesto” no hay “occidente” sino “oeste”. De modo que no puede estarse con los chinos y con los estadounidenses.

Llegó la tarta de cangrejo. Y con ella, el segundo límite infranqueable: Irán. Los problemas con el país persa son por partida doble. Por un lado, se expuso, la política iraní afecta los intereses regionales de los Estados Unidos en Oriente Medio. Por otro, el programa de desarrollo nuclear que lleva adelante esa nación afecta intereses estadounidenses, pero en otra escala: a nivel global. Por si no se entendió, acordar con Irán es completamente incompatible respecto de acordar con Washington.

Pausa para los huevos de granja preparados con tomates, vegetales de estación y esos picantes malditos a los que en América del Norte les llaman “chiles”. Justamente, momento para plasmar el tercer límite, que tiene una cercanía urticante: Venezuela. El Gobierno de Nicolás Maduro fue definido como una dictadura que afecta los intereses continentales de Estados Unidos. América es, por obvias razones geográficas, él área de influencia por antonomasia de la superpotencia.

Inclusive, el encumbrado ex funcionario puntualizó que en el Departamento de Estado se ha trazado una suerte de eje conspirativo contra los Estados Unidos, una especie de “Triángulo de las Bermudas” de la política exterior, cuyos lados conectan a La Habana, a Managua y a Caracas. Sería prudente, opinó con impostada humildad, que el próximo gobierno se esforzara para que ese triángulo no se convirtiese en un cuadrado, que sumara a Buenos Aires como un nuevo vértice.

Platos fuertes

En ese contexto merece ser redimensionado el incidente diplomático del mismísimo martes en que Alberto y Cristina Fernández de Kirchner juraron como Presidente y Vicepresidenta de la Nación. No se trató de un malentendido ni tampoco de una rabieta que el enviado de Trump a la ceremonia de asunción se retirara antes ya no sólo de ese acto sino del territorio nacional cuando confirmó que entre los invitados confirmados estaba Jorge Rodríguez, ministro de Comunicación de Venezuela y hombre que tiene el tránsito prohibido en 19 países. Mauricio Claver-Carone, además de representar al Gobierno de EEUU, se desempeña como director para el Hemisferio Occidental del Consejo Nacional de Seguridad. Es decir, un jugador muy gravitante en el poder político y estratégico norteamericano. Si su visita era un claro espaldarazo para el debut de la cuarta presidencia kirchnerista, su partida anticipada es un mal augurio notable.

Venezuela es una frontera que no se puede cruzar. Y si el Presidente no lo comprendió con las advertencias discursivas, acaban de comunicárselo con un gesto que es algo más que un desaire.

Claro está que esto poco debería importar si al nuevo gobierno le interesara poco y nada mantener buenas relaciones con los Estados Unidos. Pero este no es el caso y el propio Alberto Fernández se encargó esclarecerlo, también con gestos. El miércoles dedicó dos horas de su primer almuerzo oficial como presidente “de la unidad de los argentinos” a Michael G. Kozac, el subsecretario de la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado. ¿El principal asunto de la comida criolla? Este otro enviado de Trump manifestó que el presidente de EEUU está dispuesto a ayudar a la Argentina en las negociaciones de reestructuración de la deuda con el FMI. Para mayores manifestaciones de buena voluntad, Kozac transmitió una invitación para que Alberto visite Washington la semana que viene. Y el argentino, según informó la Presidencia, correspondió el convite comprometiendo la “presencia argentina” en el otro extremo del hemisferio. Por si algún desprevenido no tomó nota, el comunicado oficial agrega que las autoridades “acordaron crear un sistema de consulta permanente para trabajar coordinadamente entre ambos países”.

En la política no hay indigestión, sólo indigestados.

Postres

El “brunch” de septiembre no se agotó en este punto. Todavía faltaban las otras tostadas: las francesas con malvaviscos, crumble de Nutella, sirope de maple y whisky ahumado. Restaba también la otra parte de la receta para no chocar a la Argentina contra los Estados Unidos en materia de política exterior. Léase, cuál es el correlato de propiciar buenas relaciones con el gigante del norte. O no.

Como primera aclaración, se explicó que (a diferencia de lo que ocurre en la Argentina de presidencias macrocefálicas en término de poder), en Estados Unidos acordar con el jefe de Estado no equivale a hacerlo con el Gobierno. Si la Argentina quiere una sintonía bilateral plena, esta debe darse con la Casa Blanca y también con el Congreso, porque allí es donde están representados (y en pleno funcionamiento) el partido Republicano y el Demócrata. Y hace ya largos dos siglos que los presidentes pasan y esos partidos (que ponen los presidentes) permanecen. Mauricio Macri, puntualizó el didáctico opositor a Trump, sólo tejió relaciones con el Poder Ejecutivo estadounidense.

Hecha la salvedad, surgió una segunda aclaración: las buenas relaciones con EEUU no equivalen a beneficios de corto plazo. No es una cuestión automática, en la que la Argentina se esfuerza por no desentonar y hay un reconocimiento “express”. Claro que hay excepciones y una de esas excepciones ocurre ahora: la aparición de presidentes de “alto perfil transaccional”, como Donald Trump, que busca premiar automáticamente los alineamientos, con gestos políticos fraternales y hechos comerciales concretos como autorizar el ingreso del limón al mercado estadounidense.

Eso sí, la contracara no tiene ambigüedades. Cruzar los límites representa, automáticamente, no sólo quedar al margen de la ayuda del Gobierno de EEUU, sino hacerse acreedor a sanciones inmediatas. Y esa regla se aplica sin excepciones. No importa si se trata de Argentina, a la que Bill Clinton piropeó en su visita de 1997 llamándola “amiga privelegiada” de su país; o Brasil, al cual él encumbró declarándolo en la siguiente escala como “aliado estratégico”. A Brasil, como potencia regional en América del Sur, los Estados Unidos jamás le opusieron reparos en su política de juego libre dentro de América Latina, con pronunciamientos críticos y hasta alineamientos coyunturales que cuestionaron políticas norteamericanas en la región. Hasta que, durante las presidencias del Partido de los Trabajadores, comenzaron a cruzar los límites interamericanos, con Venezuela y con Cuba. Para después salir del continente y comenzar a jugar en otro plano junto con China y con Irán. Como el hombre había pagado la comida, decidió no empachar a nadie con la obviedad de bases militares chinas en territorio argentino y memorandums secretos de entendimiento iraní.

“Pero eso es historia. El PT ya no está en el poder”, se limitó a decir el anfitrión, moviendo una mano de izquierda a derecha. “Lula” Da Silva seguía preso para ese fecha (Alberto Fernández lo había visitado en julio) y en agosto se habían cumplido tres años de la destitución de Dilma Rousseff como presidenta.

Cuando sirvieron los panqueques con semillas cítricas y compota de arándanos, ninguno se animó a preguntar si los limones o los “berries” eran tucumanos. Y a nadie le supo dulce el postre.

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