Hoy hay una muy buena razón para la celebración colectiva. De todos los argentinos. En efecto, es un día histórico.
No me refiero a la asunción de Alberto Fernández en cuanto presidente elegido por el Frente para Todos. Ello, en principio, ocasionará sin duda el festejo y alegría de una parte mayoritaria de la población de nuestro país, por lo menos aquella que lo votó. Posiblemente haya algunos argentinos -no confío en que muchos, dado los tristes avances de la llamada “grieta”- que también se sumen a celebrar al ahora presidente de todos. Porque, efectivamente, por la Constitución que nos hace parte de una misma sociedad política, el Presidente elegido por la mayoría es el Presidente de todos, y no solo de quienes lo votaron. Lo fue Macri. Lo es ahora Fernández. A pesar de los lamentables sentimientos de rencor y odio que animan a una parte importante de nuestros ciudadanos, a ambos lados de la “grieta”.
Aunque conectado, el tema es realmente otro. El tema es que, como han destacado varios analistas, desde el retorno de la democracia en 1983 a nuestro país, es la primera vez que un presidente de un signo no-peronista entregará el mando en los tiempos y formas que establece estrictamente la Constitución. Más aún, en una lectura más amplia realizada por otros, considerando gobiernos que podrían ser estimados de “derecha”, tal origen –y novedad-- podrían extenderse hasta la década del ’30.
Si la democracia consiste mínimamente en la competencia electoral, como la entiende el prestigioso politólogo Adam Przeworski, y ello se verifica de manera especial cuando un gobierno “en el cargo” es derrotado y se transforma en oposición por el resultado de la misma, entonces estamos efectivamente frente a un hecho de alto valor histórico. Son eventos que dan por tierra con tradiciones, supuestos y ”leyes de hierro”, que sembraron dudas históricamente sobre la fortaleza del proceso democrático de nuestro país. A partir de hoy, los argentinos podemos decir que gobiernos de derecha y de izquierda, peronistas y no-peronistas, se suceden en nuestro país y alternan por las vías de las instituciones constitucionales y representativas.
Ello tiene valor en sí mismo. Nada más y nada menos que el valor de la consolidación del sistema y procedimiento de la democracia. Ese mismo que hoy, en más de un lugar del globo y en nuestra propia región, por causas varias y distintas, se ve amenazado. Ese mismo que hoy, en nuestro país, podemos enorgullecernos de celebrar. Ese mismo que hace posible que hoy elijamos por mayoría el gobierno que deseamos –y mañana lo cambiemos por uno de signo político diferente. Y lo más importante, ese mismo que permite que nuestros permanentes conflictos sociales se organicen de ese modo pacíficamente, y hasta las próximas elecciones.







