Artes visuales: sobre las bananas, los clavitos, la tierra y el arte efímero

Las polémicas sobre el arte contemporáneo resurgen con fuerza cuando objetos triviales pretenden adquirir un valor distinto.

10 Dic 2019 Por Jorge Figueroa
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PLÁTANO DE LA DISCORDIA. La obra de Maurizio Cattelan escandalizó en la feria de Art Basel Miami.

Si el oficio, la tecné, el saber hacer han retrocedido casilleros en el arte contemporáneo, el saber por sí, el pensar y otras operaciones conceptuales y lingüísticas han avanzado; eso sí, no de un modo lineal y directo.

El fin de semana, la banana de la discordia regresó al interrogante sobre la naturaleza del arte mismo. En Art Basel Miami, el italiano Maurizio Cattelan vendió dos de esas frutas a 120.000 dólares. El precio subió y llegó a 150.000 dólares, y a la banana de ese precio se la comió otro artista, en una acción frente al público.

En 2016, Cattelan hizo un inodoro de oro macizo (de 18 quilates) que tituló “América”. Ahora, con sus bananas, el artista recuerda la icónica portada del álbum “The Velvet Underground”, ilustrada por Andy Warhol, y luego a la famosa pintada del muro de Berlín, de hombres cabeza de robot comiendo bananas, símbolo de la división de Alemania, interpretan otros expertos.

Ironía y parodia; también la apropiación y la cita son marcas de este tiempo, en el que más interesa saber pensar que saber hacer. Ocurrentes, ingeniosos, irreverentes y singulares que utilizan la provocación y el humor como herramientas.

Hans Gadamer (pero mucho antes Kant) destacó lo lúdico (el juego) en el arte, como un componente.

Inventores

Manuel Felguérez (Zacatecas, México) tiene una gran trayectoria con la pintura y la escultura. Y a sus 90 años asegura que el arte es un oficio de inventores y no de artesanos que repiten la misma obra; el acto de la creación está ligado a la invención y cuando “el artista se repite, se convierte en artesano de sí mismo y deja de ser artista”.

Cuando Pablo Guiot clava un clavito, más allá de sus propósitos perturba al espectador; genera interrogantes; no pasa inadvertido. El famoso trabalenguas “Pablito clavo un clavito” se lleva al plano de una obra. O cuando “Perspicere”, de la tucumana Sofía Noble, pone en evidencia la desmaterialización del arte, su condición efímera a través de pilones de tierra que están destinados a desaparecer.

Son procesos que vienen marcados desde la década del 60 del siglo pasado. La banana de Andy Warhol es de 1967, así como las performances o las acciones; las prácticas artísticas. O también se puede pensar en los ready-mades de Marcel Duchamp.

Se puede creer que el arte será eterno o sublimar su expresión. Sí, desde épocas lejanas puede creerse todo. Y elegir. “El arte tradicional produce objetos de arte. El arte contemporáneo produce información sobre acontecimientos de arte. Esto hace el arte contemporáneo compatible con Internet”, sostiene el teórico Boris Groys al hablar del arte fluido.

Sentidos desplazados

Pero el arte conceptual detrás de algunas aparentes frivolidades desacomoda realidades, desplaza sentidos, construye y desconstruye imágenes o textos. Y en algunos casos, con una gran potencia.

Véase la famosa obra del artista británico Banksy, cuya verdadera identidad se desconoce, que se autodestruyó tras ser subastada por más de un millón de euros en la casa de subastas londinense Sotheby’s (2018). El cuadro de 2006 mostraba a una niña que trata de alcanzar un globo en forma de corazón y era una versión en lienzo de un diseño que primero apareció como grafiti en una calle del este de Londres.

O las instalaciones de Leandro Erlich que han transformado y creado nuevas realidades. En una feria en Miami instaló 66 autos y camiones de tamaño real que parecen esperar en un embotellamiento su turno para avanzar. Los vehículos parecen ser de arena, pero no lo son. No es lo que parece.

El arte contemporáneo no es sólo el arte del presente, sino el que habla de él (en ese sentido, no es todo lo que se hace en la actualidad). Sea con una pintura, una idea, un objeto escultórico o una instalación.

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