La poesía se vive y se escribe desde chicos

Los niños buscan en diversos cursos, recitales y talleres literarios un refugio para pulir sus habilidades. El sueño de ser escritor perdura en la infancia.

01 Dic 2019 Por Guadalupe Norte

“Cada vez ellos leen menos”. “Se la pasan mirando el celular y la computadora”. “Su dispersión hace que no logren terminar los libros”... Entre la corriente de opiniones que aseguran una “fuga literaria” en el hábito de los más pequeños, existen ejemplos que muestran lo contrario. Con un resurgimiento de los talleres didácticos, los preadolescentes son capaces de hacer de la escritura su pasatiempo.

En una antigua casona de Tafí Viejo, el jueves por la noche un evento poético hizo que las Letras remontaran vuelo. Ahí fue donde apareció Xavier Salvatierra Campero -de 8 años y disfrazado como tigre blanco- listo para compartir unos versos. “La primera vez que leí en público estaba muy nervioso y tuve que practicar varios días hasta hacerlo bien. Ya aprendí a sentirme tranquilo y cuando recito pienso que estoy en una fiesta de autitos, de Hot Wheels”, explica el fan de María Elena Walsh y los hermanos Grimm.

Entre sus poemas, Xavier le dedica fragmentos al cuidado del medioambiente y al videojuego Minecraft. “A mí me gustan los teléfonos/ y las plays stations/ y también viajar a China/ y comer kiwi/ y buscar el diamante de syrus./ Me gustan los robots que se transforman en tablet/ como vuelan y cuidan la naturaleza…”, relata ahora engalanado con un sombrero estilo Michael Jackson y unos pantalones con tirantes.

XAVIER. Empezó a crear poesías sin saber aún escribir.

Estudiante por las tardes y poetisa los fines de semana, Violeta Romano Albarracín, de 12 años, también tiene su espacio en la reunión. “Me encanta leer porque visitás nuevos mundos y te olvidás de la vida real. Tengo la sensación de que la poesía es como un arte libre. Podés volar con la imaginación”, afirma. El emblema lo lleva en su outfit: una malla con alitas de mariposa.

“Mi mamá tiene en su casa/ un frasco de miel con forma de oso/ que debería tener forma de abeja/ porque los osos no son los que hacen/ la miel/ las abejas trabajan/ ellos la comen...”, aventura una parte su escrito.

Como anécdota, Violeta recuerda el día en que jugó al chismógrafo. “En un cuaderno tenías que escribir distintas preguntas y pasarlas a tus compañeros. Una era sobre libros y mi amiga Pía contestó que era un asco leer. Me quise morir”, comenta indignada.

Con años de ejercicio y mejoras en su escritura, tanto Xavier como Violeta pueden jactarse de haber sido publicados en una antología poética. “Los espacios de educación no formal son muy importantes para fomentar un acercamiento más genuino y sin presiones a la escritura poética. Esto favorece el desarrollo de la contemplación, la construcción de herramientas propias para la lectura y la comprensión”, detalla Gabriela Olivé, gestora cultural e impulsora del taller “Inflorescencia” al que ambos niños asisten.

En el caso de Xavier, su comienzo fue atípico ya que entró sin la capacidad de la lectoescritura. Por eso, Gabriela trabajó desde la oralidad, usando una grabadora para registrar sus palabras. La moraleja es que siempre hay una chance para aquellos que quieren intentarlo.

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