Entrevista a Ana María Shua: “No veo que la humanidad esté en condiciones de dejar las guerras”

Es una de las grandes narradoras argentinas contemporáneas. Acaba de publicar La guerra (Planeta), serie de microrrelatos que hablan de conflictos bélicos que van desde el fondo de los tiempos hasta la Segunda Guerra Mundial. Cuenta, por ejemplo, que ingleses y alemanes, en la Nochebuena de 1914 y en plena Primera Guerra, hicieron una tregua y cantaron, intercambiaron regalos y hasta jugaron al fútbol. Nos habla de guerreros samurais de origen aristocrático y de ninjas pobres. Distintos tipos de enfrentamientos. Pero en todos los casos nos habla de la condición humana. De lo malo, y también de lo bueno, que surge en una guerra.

01 Dic 2019
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Por Alejandro Duchini

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

“Uno nunca sabe por qué elige un tema. Los temas lo eligen a uno”, abre la conversación Ana María Shua, a propósito de su último libro. En casi 200 páginas nos recuerda, entre otras cosas, la grandeza de Juana de Arco y nos trae la historia de John Spillane, el beisbolista que perdió una mano lanzando granadas al enemigo. También describe armas increíbles y otras que se planificaron pero que no funcionaron. Un mundo loco, al fin de cuentas.

- ¿Cuándo empezó con este libro?

- A principios de 2017 y lo trabajé casi dos años. Investigué al azar. Utilicé algunas anécdotas de guerra que conocía, busqué otras. Fue un trabajo como los de ahora: de los libros a internet y de internet a los libros. Una historia trajo otra y así. A medida que avanzaba encontraba cosas muy asombrosas, que no había pensando ni para alguna ficción mía. Cada pequeña historia tenía que dispararme una ficción.

- Lo que no es ficción es que Alejandro Magno, Julio César, Genghis Khan, Napoleón y Hitler les tenían pánico a los gatos. ¡Quién lo hubiera dicho!

- Es notable, ¿no? Hay mucha gente que les teme a los gatos.

- Pero no todos son Hitler, Alejandro Magno, Julio César, Genghis Kahn ni Napoleón.

- ¡Es cierto! Y hasta tiene un nombre: Ailurofobia.

- En el cierre del libro se lee que hay que dejar de hacer la guerra y dedicarse a hornear pasteles de arroz.

- No veo que la humanidad esté en condiciones de dejar las guerras. Se dice que desde la Segunda Guerra Mundial hacia acá hubo menos guerras. Pero no sé si es tan cierto eso. Porque ahora también está el terrorismo. Es interesante lo que pasa con las víctimas. En la antigüedad sólo morían los soldados, pero hoy en una guerra mueren muchos más civiles.

-¿Hubiese progresado más la humanidad si se dedicaba a otras cosas antes que a la guerra?

-En términos generales no tiene sentido para un historiador plantearse qué hubiese pasado si se dedicaba más a otra cosa que a la guerra. Pero para la literatura sí tiene sentido. Aunque nadie puede saberlo, porque también la guerra es un factor de progreso. A partir de la guerra hay muchos avances en medicina y otros ámbitos. Internet fue parte del proyecto Guerra de las galaxias, con el que el gobierno de los Estados Unidos intentaba mantener comunicaciones si todas las formas de comunicación de entonces se caían. Ahí salió internet.

-Es increíble lo que avanzó la medicina en tiempos bélicos.

- Incluso llegué a pensar en un capítulo dedicado sólo a la medicina militar. Está el caso de las hormigas bengalíes en la Antigua India, que eran utilizadas para operar heridas abdominales: cerraban esa especie de gancho que eran sus mandíbulas y en ese momento les arrancaban el cuerpo y quedaban ahí, como cosiendo la piel. Mucha sabiduría. Para mí fue muy sorprendente e interesante. Cada descubrimiento me daba más ganas de seguir investigando.

- También descubrió distintas variedades de armas. Algunas muy delirantes.

- Me dejó sorprendida la cantidad de armas delirantes en las que históricamente se invirtió mucho dinero. Hay un personaje sobre el que me gustaría investigar un poco más: Geoffrey Pike, inventor del portaaviones de hielo en la Segunda Guerra Mundial, que no era de hielo sino de un compuesto de agua y aserrín. Tenía una cantidad asombrosa de ideas sobre armas bélicas. Decía que de esa forma se ahorraba mucho acero, pero necesitaba una enorme cantidad de cañerías porque el motor recalentaba y se derretía: lo que se ahorraba en un lado se encarecía por otro. Después estaban los alemanes, que tenían la idea de fabricar un espejo cóncavo y colocarlo en la estratósfera para que tome los rayos de sol y, dirigido hacia el enemigo, podía destruir su país con el calor del sol. Sólo que no supieron cómo llevar el espejo a la estratósfera. O los norteamericanos, intentando cargar bombas incendiarias en murciélagos que volaran sobre ciudades japonesas.

- Pensaba que las guerras tienen también cosas muy nobles, como que alemanes e ingleses hagan una tregua.

- Y hasta jueguen al fútbol, como sucedió entre ellos en la Primera Guerra Mundial. Hay un par de películas sobre el tema y está la canción de Paul McCartney, “Pipes of Peace”. De un lado empezaron cantando villancicos, del otro devolvieron y terminaron en una tregua decidida por las mismas tropas. Al día siguiente jugaron al fútbol, se intercambiaron regalos. Increíble.

- ¿Cuál fue la mejor película de guerra que vio?

- King and country, de Joseph Losey. Es de 1964. Se tradujo como “Por la Patria”. Me impresionó en su momento porque era la historia de un desertor involuntario, un campesino al que habían reclutado para ir a la guerra y cuando empezaba la batalla simplemente caminaba para el otro lado porque le daba miedo. Lo juzgaron por desertor y lo fusilaron. Era un muchacho simple, que no tenía tanto conocimiento de lo que pasaba.

- ¿Y el mejor libro sobre la Guerra de Malvinas?

- Los pichiciegos, de Fogwill. Sin dudas.

- La guerra, en algún punto, hace pensar en el boxeo: hay dos personas que no se odian pero se van a tener golpear.

- Recuerdo que Monzón decía que cuando se subía al ring pensaba que el otro estaba ahí para sacarle el pan de sus hijos. Y así encontraba la rabia necesaria para pelear.

(c) LA GACETA

PERFIL

Ana María Shua nació en Buenos Aires en 1951. A los 16 años publicó sus primeros poemas reunidos en El sol y yo. En 1980 ganó con su novela Soy Paciente el premio de la editorial Losada. Los amores de Laurita fue llevado al cine y se convirtió en best seller. Otras novelas son El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim) y La muerte como efecto secundario (Premio Club de los XIII y Premio Ciudad de Buenos Aires en novela). Su última novela es Hija. Con Miedo en el sur obtuvo el Premio Ciudad de Buenos Aires. Cinco de sus libros abordan el microrrelato, un género en el que ha obtenido el máximo reconocimiento internacional (Cazadores de Letras reúne cuatro de sus libros de microficción). Sus libros para chicos se leen en toda América Latina y en España. En 2014 recibió el Konex de Platino y el Premio Nacional de Literatura. En 2016 recibió en México el Premio Internacional Arreola de Minificción. Su obra ha sido traducida a catorce idiomas. Ahora prepara una biografía novelada para chicos sobre Manuel Belgrano, que será publicada el año próximo, con motivo de los 200 años de su muerte.

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