Así es el fútbol

24 Nov 2019 Por Ezequiel Fernández Moores
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DEFICIENTE TAREA. Pratto, que se lució en la final de Madrid, ayer estuvo flojo.

"Así es el fútbol”, repetía Diego Latorre por Fox. Y tenía razón. River saboreaba ya su tercera Libertadores de la era Gallardo. Iban 88 minutos. Flamengo ya no tenía por dónde entrar. Pero Lucas Pratto, héroe de conquistas anteriores, hizo una doble tontera. Dos veces seguidas perdió la pelota. En la segunda se la robaron y llegó el empate. “Gabigol”, que no había acertado una, fue el autor. Dos minutos después, el que se equivocó fue Javier Pinola, que era la mejor figura de River junto con Enzo Pérez. Y otra vez aprovechó “Gabigol”. Insólito. Gallardo estaba demudado. Como pensando en el futuro, más que en la derrota. El, que es tan pensante, acaso revisando si su decisión de hacer entrar a Pratto fue la mejor. ¿Era Pratto para buscar el 2-0 o “Leo” Ponzio para defender el 1-0? ¿O Quintero para tener la pelota? ¿No viene mal Pratto ya desde hace tiempo? Con el diario del lunes todos somos más sabios. El fútbol es un juego colectivo, claro. Pero jugado por individualidades. Que aciertan y se equivocan. ¿O acaso no se equivocaron también dos jugadores de Flamengo que se interfirieron en el gol inicial de Borré. Igual. Flamengo, claro, podía reaccionar en el segundo tiempo ¿Pero, lejos, lejísimos de encerrar al rival en su arco, cómo pudo derrumbarse todo en apenas dos minutos finales? Encima sin siquiera tiempo para reaccionar.

La hora de la verdad

Antes del partido hubo un show. Fito Páez, Tini Stoessel, Gabriel O Pensador, Turf y otros. Todo play back. Sin rivales además que interfirieran a los artistas. “Ahora sí comienza por fin la hora de la verdad”, dijo entonces Mariano Closs. Y comenzó. Sin play back. Y River insoportable. Sin dar respiro a Flamengo. Hasta pudo irse con más ventaja al entretiempo. Salió a jugar una final. Flamengo parecía casi de turismo en Lima. El segundo tiempo tenía que mejorar. Hacer honor a su notable temporada, que hoy mismo podría coronarlo también campeón del Brasileirao, aún sin jugar. Y sucedió.

El primer aviso fue la jugada del VAR, el brazo del uruguayo Nicolás De la Cruz, absolutamente casual, pero sancionable en estos tiempos. La misma acción incluyó además un atajadón de Armani, también gran figura, desconsolado por el final. El ingreso de Diego mejoró a un Flamengo que tuvo sus mejores minutos, pero que, ya sobre el final, parecía resignado. Lejísimos del Flamengo de todos los récords, del puro ataque, impotente ante un River estratégico e inteligente.

Hasta que llegó el doble error de Pratto, que ya había entrado mal, desaprovechando un par de contragolpes con remates imprecisos. Su error (remarcado porque fue demasiado infantil para un jugador de su experiencia) permitió el uno-uno. Y después, como si River no hubiese asimilado el empate inesperado, como si estuviera pensando en cómo reconstruir todo para el alargue, llega el pelotazo a la nada, despeje corto de cabeza de Pinola, sorpresa de Martínez Quarta y “Gabigol” que le queda servida para su mejor pierna. Dos-uno. ¿Justo? (Si creemos que hubo penal de De la Cruz sí) ¿Pero quién dijo igualmente que el fútbol debe ser justo? La final, con un estadio colmado y un césped demasiado seco, no fue lucida. Y al cierre, si bien dramático, le faltó algo, unos minutos más de tensión, porque todo sucedió demasiado rápido. La doble expulsión de Palacios y “Gabigol” en el descuento no opacó un final impecable, de consuelos y felicitaciones mutuas. Y de perdedores que no se descolgaron sus medallas. River puro dolor. Flamengo de fiesta. Una nación de más de cuarenta millones de hinchas que estalló feliz por su segunda Libertadores. ¿Hay explicación? No. Es lo que hace del fútbol algo tan loco.

La final de la Libertadores debió jugarse en Chile. No fue posible. Ayer mismo los hinchas chilenos impidieron que se reanudara su propio campeonato. No quieren que haya fútbol mientras sigan las protestas en las calles. La fiesta se trasladó entonces a Lima. Oportunísimo para un presidente de la nación y para un presidente de Federación local que precisan de imagen. Como el presidente brasileño Jair Bolsonaro, que había vaticinado un 2-0 y anunciado su viaje al Mundial de Clubes. También los políticos saben que “así es el fútbol”. Lo saben mejor los propios hinchas que viajaron más de tres días en autobús para celebrar a su equipo. Saben que la felicidad puede ser efímera. Pero tan intensa que puede parecerse a la eternidad.

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