El pequeño Tucumán de Río de Janeiro

En Brasil se halla un valioso plano de la ciudad que dataría de 1816.

17 Nov 2019 Por Sebastián Rosso

La última semana de septiembre, la ciudad de Río de Janeiro se mantuvo gris, bajo un constante cielo encapotado. Una tragedia para quienes buscan arena y mar, pero una oportunidad para que la cidade maravilhosa muestre sus secretos. Aunque sea difícil de creer, uno de los más sorprendentes es un pequeño Tucumán escondido en sus entrañas. Se encuentra en pleno centro, rodeado por el Teatro Municipal y el Museo Nacional de Bellas Artes; en el 219 de la Avenida Río Branco, dentro de la Biblioteca Nacional de Brasil. En su Sala de Cartografía hay un plano muy antiguo de nuestra ciudad, un documento de valor incalculable para la historia argentina. Es la imagen de la ciudad de Tucumán en plena guerra revolucionaria, o, con más precisión, el año en el que dentro de una de sus casas se firmó la Independencia. Vamos a verlo.

Archiveros

En el hall de entrada de la Biblioteca hay exposiciones, una librería y visitas guiadas con decenas de turistas dando vueltas. Cuando preguntamos si se puede acceder a una pesquisa, la cosa se pone estricta. Nos separan de la tropa y nos dirigen a un largo escritorio. Presentamos documentos (requisito esencial) y llenamos un formulario. Guardamos nuestras pertenencias en un “locker” y dejamos las cámaras fotográficas. Ahora sí, papeletas en mano, podemos dirigirnos al segundo piso donde nos reciben tres personas. La felicidad está a punto de tornarse en decepción cuando se nos pide acomodarnos para una consulta digital. Quien salva la situación es una señora de sonrisa franca y unos cincuenta años: “¿Qué están buscando?, ¿Un plano de la Colección De Angelis?, ¿Son de Tucumán?”. Es María Dulce de Faría, Jefa de la División Cartografía. “¿Quieren ver el original?”. Llena de entusiasmo sube al entrepiso, donde sin dudas guardan los originales, al tiempo que un asistente limpia una mesa espaciosa. Ya nos sentimos invitados especiales. Se despliega la maravilla. La guardan ensobrada en un grueso plástico cristal. Su registro de catalogación es el CART-543203. María, simpática y atenta en extremo, se desvive por darnos todos los detalles que conoce sobre el mapa. Nos acerca una lupa.

Grandes y hermosas letras caligrafiadas dominan la parte superior. Abajo, unas cuatro cartelas contienen otros tantos párrafos. En el medio, el dibujo describe sólo la planta de los edificios construidos. De una simple mirada se deduce que la ciudad de Tucumán, en la segunda década del XIX, eran unas pocas manzanas, un grupo pequeño de casas. Las pocas anotaciones que se integran al dibujo, nombran la plaza, las iglesias, el Corral de la Patria y el santuario del Señor de la Paciencia, hoy iglesia del Buen Pastor.

Plano

El centro del dibujo, está ocupado por una colorida rosa de los vientos. Es la actual Plaza Independencia. Por el costado izquierdo, una gruesa y sinuosa línea celeste que recorre el oeste cardinal, es una acequia que termina en la estrella del fuerte militar que se llamó La Ciudadela, construcción que le dio nombre al barrio de hoy. Esta figura poliédrica, que es la más llamativa junto a la rosa de los vientos, es la única que nos informa del grave momento que estaba viviendo la ciudad. La guerra por la libertad todavía incendiaba pueblos y mataba gente sin piedad. Los frentes de guerra movilizaban tropas e insumos de aquí para allá. El historiador Julio P. Ávila calculaba que en 1816 la ciudad tendría unos 4.500 habitantes civiles. Pero su número se duplicaba si se sumaban los militares que rondaban entre 500 y 4.000, según la llegada o salida de tropas.

Cuando se descubrió el plano, en la década del 1980, no se pudo precisar la fecha de su realización. Se estipuló que debería ser posterior a 1814, pues era el año en que la comandancia del Ejército del Norte resolvió la construcción de La Ciudadela. O sea, no podría haberse ejecutado con anterioridad, pero no se concluyó nada más. Hace pocos años, salió a la luz un nuevo dato que casi precisa una fecha. El historiador Alejandro Morea, en “De militares a políticos. Los oficiales del Ejército Auxiliar del Perú y la carrera de la Revolución, 1816-1831”, cita una comisión del año 1816, ubicada en el Archivo General de la Nación donde se lee: “…Paso a manos de VE el Despacho de Capitán de Ingenieros que mereció D Felipe Bertrés del Brigadier Gen. D José Rondeau para que se digne mandarle el que corresponde. Este oficial es muy contraído al trabajo y acaba de desempeñar exactamente un plan Geométrico de esta ciudad y su alrededor con la mayor perfección”. No parecen caber dudas que alude al que encontramos en Río de Janeiro.

Próceres

En relación a su autoría (el trabajo no tiene firma), se mencionó en un primer momento que pudo ser obra de Enrique Paillardelle o de Felipe Bertrés. Ambos ingenieros militares del Ejército del Norte, eran los únicos que tenían la formación necesaria para realizarlo. Los dos franceses, se habían sumado a las filas de la revolución casi desde sus primeros años. Fueron los autores de La Ciudadela, luego de que San Martín designara a la ciudad de Tucumán como último bastión defensivo ante un hipotético avance realista desde el norte. Por lo que leímos arriba, ahora tenemos la certeza de que fue Bertrés el que levantó el plano. Otros tienen que haber requerido y consultado el trabajo, son los de enormes próceres criollos: José Rondeau y Manuel Belgrano, quienes estuvieron a cargo de la comandancia del ejército durante ese año del 16. El primero, como vimos, fue su seguro comitente. El segundo, un fundamental gestor del nivel técnico y la instrucción permanente de la tropa, posiblemente lo tuvo delante de sus ojos antes de despacharlo a Buenos Aires.

Para terminar con la nómina, nos corramos un poco más acá en el tiempo y vamos al encuentro del personaje más enigmático de esta historia: el napolitano Pedro de Angelis. Ya lo nombramos, como al pasar. El biógrafo Vicente Cutolo lo trata en extenso y no es para menos. Vale hacer un breve resumen de la parte argentina de su ajetreada vida.

De Angelis

De Angelis llegó al país, junto a otros ilustrados, en la segunda mitad de 1820 por invitación de Bernardino Rivadavia. La intención era elevar el nivel cultural e institucional de un país que lo necesitaba, aún en medio de feroces conflictos internos. La temprana caída de Rivadavia dejó a estos invitados a la deriva, en tierra casi desconocida, librados a su inventiva y capacidad de adaptación. De Angelis se las ingenió como funcionario de sucesivos gobiernos. En su variada actividad fue editor, historiador, archivero y coleccionista de documentos. Seguramente en esos años llegó a hacerse de nuestro plano. Trabajó para Dorrego, para Lavalle y para Rosas. Luego de la batalla de Caseros, no queda claro en qué condiciones, viajó y vivió un tiempo en Brasil. Allí ofreció su enorme colección al emperador Pedro II. Según Cutolo, constaba de 4.076 piezas. Unas 2.785 eran libros y folletos impresos, y otras 1.291 correspondían a documentos y mapas. Pocos años después, luego de una breve estadía en Montevideo, volvió a Buenos Aires donde murió a comienzos de 1859. Está enterrado en el cementerio de la Recoleta y se lo considera un precursor de la historiografía y la archivística argentina.

¡Ya tenemos el cuándo, el cómo y el por qué nuestro pequeño Tucumán llegó a Río! Datos más, datos menos, había llegado la hora de irse. Tuvimos la oportunidad de adentrarnos en los trabajos de la Biblioteca Nacional y de tender lazos con nuestra olvidada historia. María nos despide. Volvemos a las orquídeas, a las calzadas portuguesas y a los zombies que huyen de la lluvia.

Modernidad

Repasemos los datos recabados: Se trata de un papel acartonado montado sobre tela. Mide 52,3 x 72,6 cms. El trabajo está hecho a mano, en tinta china y acuarela. Sin dudas su autor es el Capitán Bertrés (nombre que sólo asociamos a un bonito pasaje en barrio norte). Parece haber sido comisionado por el Brigadier Rondeau, pero ¿para qué? Desde los comienzos de la revolución, los planos se habían usado para las estrategias de la guerra. Para plantear avances y defensas. Pero esta dinámica guerrera no parecía ser la misma en 1816. Con un Ejército del Norte que funcionaba más como cuartel de reserva, el plano cumpliría una función más bien logística. Se ve en la imagen una relación complementaria entre zona militar y ciudad, donde todo el costado izquierdo de la imagen, con el Corral de la Patria al norte y La Ciudadela y las habitaciones del comandante al sur, aparecen unidos por un canal de suministro. Si sumamos que el abastecimiento de agua se muestra en detalle dentro de los edificios militares y varias cartelas se refieren a ella, podría ser esta la motivación del trabajo. Otra forma sería entender que no sólo servía a un aparato militar, sino también al civil, a toda una sociedad que se modernizaba y requería de nuevas herramientas técnicas de conocimiento. Algunos años más tarde, cuando el ejército se retiró, Bertrés se quedaría en Tucumán asumiendo como el primer Agrimensor General de la Provincia.

Una semana después del viaje a Río, Tucumán nos devolvió a las exigencias contemporáneas: “¿Cómo?... ¿no fueron a la playa?… ¿Pasaron una tarde en una biblioteca?... ¡Qué aburrido!”. No supimos qué contestar. Nos quedamos pensando si era necesario revisar los pronósticos climáticos antes de hacer un viaje, o simplemente pensar que el turismo también hace estragos.

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