La misa de hoy: ¿Pobrismo? ¿Caridad? ¿Solidaridad?

Pbro. Marcelo Barrionuevo.

29 Septiembre 2019

Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día celebraba espléndidos banquetes. Un pobre, en cambio, llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de los desperdicios que caían de la mesa del rico y que nadie se los daba. Y hasta los perros acercándose le lamían sus llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue sepultado.

A lo largo de la liturgia de este domingo se pone de manifiesto cómo el excesivo afán de confort, de bienes materiales y de lujo, lleva en la práctica al olvido de Dios y de los demás, y a la ruina espiritual y moral. El Evangelio (Lucas 16, 19-31) describe a un hombre que no supo sacar provecho de sus bienes. En vez de ganarse con ellos el cielo, lo perdió para siempre. Este hombre rico vive a sus anchas en la abundancia; no está contra Dios, ni tampoco oprime al pobre. Únicamente está ciego para ver a quien lo necesita. Ha olvidado lo que el Señor nos recuerda con frecuencia: no somos dueños de los bienes, sino administradores. Pensemos que todos tenemos a nuestro alrededor gente necesitada como Lázaro, con quien debemos compartir no solamente nuestros bienes, sino también afecto, amistad, comprensión, cordialidad y palabras de aliento.

Los medios de comunicación han roto las fronteras de nuestros pueblos y vemos el hambre y la muerte por pobreza en muchos países. Sin embargo, como el rico de la parábola, en medio de las comodidades podemos no ver nada, ni a nadie. Esta es la cuestión de fondo. No vemos la realidad, porque cada uno busca salvarse.

El actual problema que vivimos es que en vez de darnos cuenta, percibir y compartir la lucha de superar la pobreza de los hermanos, se ha caído en hacer de la pobreza un pobrismo de estrategia política. Es tal la manipulación del tema, que se cae en el oportunismo de usar a los pobres para ventajas de poder de algunos. Eso no ayuda para nada, ya que empobrece más a los propios pobres que son usados y no respetados en su dignidad.

El Evangelio y la enseñanza de la Iglesia es claro: el amor a los pobres es una exigencia del discípulo de Jesús. Y para amarlos hay que verlos. La pobreza es una situación concreta que afecta a personas concretas, cercanas. Todos son cercanos, pues todos son prójimos. Pero no caigamos en la falsedad del pobrismo, sino trabajemos para un verdadero trabajo de caridad solidario que genere comunión de acciones. En la Iglesia todos debemos ayudar a superar los diversos rostros de pobrezas que tenemos.

Sólo se ama lo que se ve, y para ver hay que dejar la vida cómoda que embota la sensibilidad. De ahí la denuncia del profeta y por otro lado, el trabajo heroico de servicio. Nunca el mero discurso, sino la inteligencia real de ayudar a que los pobres dejen de serlo, no sólo material sino en sus talentos, virtudes y dones espirituales que llevan en sí.

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