Tucumán, bajo al estricto análisis de Roosevelt

28 Sep 2019 Por Federico Türpe
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“Aquí se me dijo, contrariamente a lo que había visto en otras fábricas, que casi todos los capataces y peones a cargo de trabajo de relativa responsabilidad eran franceses, alemanes o ingleses; muchas eran las quejas contra los trabajadores criollos, por ser indiferentes a adelantar, sin aspiraciones y muy propensos a malgastar su dinero en borracheras. Mi informante dijo que no era tanto por la falta de energía, sino por la falta de ambición, pues estaba en sus manos mejorar si lo deseaban”.

La reseña pertenece al presidente de los Estados Unidos, Teodoro Roosevelt (1858-1919), quien visitó Tucumán en 1913, cuatro años después de culminar su segunda presidencia.

Tras su regreso a Norteamérica escribió y publicó una crónica sobre este viaje en la revista The Outlook, de la ciudad de Washington.

El anfitrión de Roosevelt fue el gobernador Ernesto Padilla, quien acababa de asumir en el cargo y se convertía así en el primer mandatario provincial electo por la Ley Sáenz Peña, aprobada un año antes para establecer el voto secreto, universal y obligatorio.

Lo llevaron a conocer solares históricos, iglesias, establecimientos educativos, una de las dos bibliotecas públicas y tres ingenios azucareros.

Cuando escribió “aquí se me dijo…” hacía referencia a: “la última fábrica que visitamos era propiedad de una compañía francesa, cuyo administrador era un joven francés”.

No podemos precisar a qué fábrica hacía referencia Roosevelt. En ese momento había varios ingenios pertenecientes a familias francesas, como el San Pablo, de los Nougués; el Santa Rosa, de los Rougés; y el Lules y el Santa Ana, de Clodomiro Hileret y socios, además de otro par de fábricas vinculadas a familias francesas.

De Washington a LA GACETA

La crónica de Roosevelt fue traducida luego por Alfredo Ponsati y publicada por LA GACETA en 1914 con el título “Tucumán juzgado por Mr. Roosevelt”.

En 2016, la nota fue incluida en la antología de textos “Miradas sobre Tucumán”, publicada por la Fundación Miguel Lillo dentro de la Colección del Bicentenario.

“Al día siguiente llegamos a Tucumán. El país que atravesamos en las primeras horas de la mañana era seco y parecido al oeste de Nebraska y este de Wyoming. Gradualmente la tierra aparecía más fértil y el clima más húmedo.

El paisaje se asemejaba algo al de Louisiana. Estábamos ya en la región subtropical, donde crece la caña de azúcar. La ciudad de Tucumán, propiamente dicha, contiene unos cien mil habitantes y la encontramos deliciosa, con su peculiar aspecto pintorescamente colonial, pero sin la desventaja de la mayoría de esas ciudades del Viejo Mundo, tan poco deseables por todos los turistas, a excepción de aquellos a quienes el sentimentalismo se les sobrepone al bullicio.

Tucumán es limpio y administrado sobre los más sólidos principios higiénicos modernos. Tiene un buen hotel como en todas estas ciudades sudamericanas. Los que encabezan la vida industrial de la comuna forman una sociedad culta y pulida, que es un placer frecuentarla”.

De esta manera comenzaba su crónica Roosevelt, ganador del Premio Nobel de la Paz por su intervención en el fin de la guerra Ruso-Japonesa.

Hace 106 años este ilustre visitante extranjero veía a la ciudad de Tucumán limpia, moderna, deliciosa y tranquila, sin el característico bullicio de las metrópolis europeas, según su parecer.

Un siglo después, este republicano líder del Movimiento Progresista de EEUU, diría que la ciudad está surcada por ríos de cloacas, que ya no es pintorescamente colonial, pero tampoco moderna ni deliciosa, y que la otrora elogiosa tranquilidad ha sido atropellada, literalmente, por una desquiciada marea de autos, colectivos y motos sin gobierno.

El hijo del país

Al contrario de lo que le dijeron en el ingenio francés, sobre que el trabajador criollo era vago, borracho y sin aspiraciones, en otra fábrica se llevaría una impresión muy distinta, como él mismo aclaró al principio: “la población nativa ha demostrado un fuerte desarrollo industrial, transformándose del viejo gaucho factor de a caballo, en competente e industrioso trabajador, tanto en los cañaverales como en las fábricas. El hijo del país trabaja y trabaja fuerte. De esto están justamente orgullosos”.

Con la frase “Tucumán fue notable en la historia argentina…”, Roosevelt comienza una extensa descripción de los sucesos históricos ocurridos en la provincia y en el norte del país.

Se presume, por las asociaciones, comparaciones y citas que hace, que fue un hombre muy instruido, no sólo en política e historia, sino también en filosofía, literatura, naturaleza y geografía.

“La escarpada montaña se alza de los campos de caña, a pocas millas de la ciudad; esta luce una rica vegetación semitropical, y sus casas de paredes gruesas y bajas, con sus patios rodeados de galerías son frescas y agradables. Siempre es un placer ver, en estas ciudades sudamericanas, que se conserva el estilo colonial en las casas, pues igual que nosotros cuando la prosperidad cunde desarrollan una tendencia a adoptar toda clase de arquitecturas, algunas con exceso de ornamentación, sin relación a la historia local y sus necesidades”.

Otro retrato que hoy debería modificar o suprimir el impulsor de la construcción del Canal de Panamá.

Como las mejores ciudades de EEUU

Después de las reseñas históricas sobre Tucumán, el tema sobre el que más profundiza Roosevelt es la educación, un asunto al que le otorga máxima importancia y por ello incluyen escuelas, bibliotecas y museos en su itinerario de visitas en esta provincia.

Padilla le cuenta que estaban a meses de inaugurar la primera universidad y lo lleva a conocer la Escuela de Agricultura, que maravilla a Roosevelt, lo mismo que las dos escuelas industriales para niñas.

Queda tan impactado con el nivel educativo de los tucumanos que le dedica varios párrafos, que concluyen de la siguiente manera: “En resumen, quedé impresionado del punto de vista educacional, como que es una notable demostración de un gran esfuerzo. En esta ciudad subtropical del norte de la Argentina, la consagración de los maestros y su inteligente aplicación de los métodos modernos, la universalidad de la educación a los niños, el tipo de educación superior que se practica como un ideal realizable, y también la forma del entrenamiento físico y deportes, son exponentes que reflejarían gran crédito a cualquier ciudad progresista en nuestro país”.

Roosevelt ya se había ido de Tucumán, por su complicada agenda era muy difícil que fuera a volver, y no tenía ninguna obligación para con los tucumanos. Sin embargo, un hombre sumamente culto e importante, que conoció cientos de ciudades en los cinco continentes, se tomó el trabajo de escribir una extensa crónica (unas 2.500 palabras) sobre esta provincia, con muchos pasajes bastante elogiosos, principalmente en temas medulares, como la pujanza industrial, la fuerza de trabajo, la ciudad limpia y progresista, y un nivel educativo igual o superior al de las ciudades norteamericanas más importantes.

¿Qué nos pasó?, es la pregunta que brinca naturalmente de la página apenas concluimos esta crónica estadounidense.

En poco más de un siglo arrasamos con nosotros mismos. Pasamos de ser una sociedad pujante y progresista, al nivel de las mejores del mundo, a una que se enorgullece de no hacer ninguna obra para no endeudarse. Es como negarse a caminar por miedo a caerse.

Sobre el final de la crónica, Roosevelt ya hacía una advertencia sobre esta inacción incipiente: “...existe un cierto predominio de energías perdidas y falta de iniciativa”, aunque luego se mostraba confiado en el progreso de esta “Argentina subtropical”.

Teodoro nunca imaginó que terminarían triunfando y gobernando la carencia de aspiraciones, la indiferencia a adelantar, la falta de ambiciones y la energía malgastada en eternas borracheras de los sectores dirigentes.

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