Toda crítica sobre algún espacio de gestión oficial en tiempo electoral tiene una lectura obvia en términos de declaración política. Los fantasmas se levantan como si los cuestionamientos fuesen acciones concertadas por conspiradores altamente entrenados en desestabilizar, más allá de los ámbitos de pensamiento privado o de los estrados de exposición pública.
Sin embargo, por fuera del contexto de un llamado coyuntural a las urnas, los pronunciamientos de sectores con responsabilidad en la representación colectiva deben ser oídos por los responsables institucionales como alertas sobre los rumbos que guían su accionar. En ese sentido, el durísimo discurso que dio la semana pasada el titular de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina (ACCA), Juan Pablo Russo, contra la labor que se realiza en el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales -Incaa- desde que Ralph Hayek está al frente (asumió en abril de 2017), debe servir como la continuidad de voces previas de alerta que atraviesan la industria en todo el país, sobre todo dentro de los sectores de menores recursos económicos para desarrollar sus proyectos fílmicos. En varios panoramas anteriores hemos advertido cosas similares a las que Russo dijo en la ceremonia de entrega de los Cóndor de Plata, lo que implica que desde hace rato se tocan los mismos temas.
La contundencia del secretario general del ACCA fue terminante, y varios de los aspectos planteados pueden referenciarse en Tucumán. “El maltrato que sufre el cine argentino es notorio: se sacan comunicados con récords de estrenos, pero el 80% se reduce a una semana en cartel, en una única sala, un solo horario y ningún tipo de difusión”, sostuvo. En cuanto a las producciones locales, reiteradamente advertimos sobre conductas cercanas al ninguneo acerca de, por ejemplo, “Bazán Frías, elogio del crimen”, discontinuada de las pantallas de los Espacios Incaa pese al éxito de taquilla que protagoniza. Este caso, evidentemente, se repite en muchos otros productos, al decir de Russo: “La cuota de pantalla no sólo no se cumple, sino que desde el Estado se emiten resoluciones favoreciendo la concentración monopólica donde el 90% de las pantallas son ocupadas por los llamados tanques” (en referencia a películas taquilleras de Hollywood).
Los problemas económicos arrasan a las propuestas alternativas y han afectado la continuidad de los cine clubes. Varios ciclos que tenían lugar hace dos años en Tucumán desaparecieron, como lo que pasó tras el cierre de Patio Lorca, y las salas comerciales no manifiestan ninguna clase de interés en correr riesgos con filmes distintos a los que les garantizan cierto corte de boletos. El dirigente nacional lo describió así: “El cine de autor o de autor no encuentra pantallas y las pocas que arriesgan por lo diferente deben cerrar porque les resulta imposible mantenerse en pie”.
“La industria audiovisual atraviesa una crisis que se agudiza cada vez más -denunció Russo-. Durante años, Argentina tuvo una fuerte presencia en festivales internacionales, pero en 2019 cayó de forma estrepitosa. El festival de Cannes recibió películas hechas por fuera del Incaa y en otros como Venecia, Berlín, San Sebastián, Locarno y Toronto tienen una participación mínima o nula respecto a años anteriores. Hace cuatro años, en el país había 130 festivales, convocando a cerca de medio millón de espectadores, pero muchos dejaron de existir y otros se mantienen solo por el amor al cine de sus hacedores”. Claro y preciso; para más datos, en la Mostra de Venecia no hay ningún filme argentino en competencia.
En ese aspecto, hay que destacar que una excepción notable es la continuidad que alcanzó el festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo, que no sólo llegó a su edición 14 hace un mes sino que además duplicó categorías (una nacional y otra latinoamericana). Pero de poco sirve si luego no se consolida la propuesta con la posibilidad de ver la totalidad de las películas seleccionadas en ciclos por fuera de la competencia, más aún teniendo tres Espacios Incaa en la provincia.
Otro punto de tensión está dado en la subvaluación que hace el Incaa de los costos de filmar una película. Russo dijo que el ente nacional calcula la mitad de lo que realmente se gasta; para colmo, los montos que se otorgan demoran muchos meses (en algunos casos, cerca de un año) en ser pagados y a valor original, sin actualización alguna en una industria que sufre la inflación interna del país y la oscilación del dólar en los productos que importa porque no se producen en la Argentina. La diferencia entre lo que se subsidia y lo que cuesta debe ser afrontada con bolsillos privados, cada vez más agotados, lo que hace que se produzca menos, con menos tiempo de filmación, menos calidad y menos mano de obra. En ese universo, el documental sigue siendo tratado como el hijo bastardo de antaño, al que le tiran las sobras y no merece sentarse en la misma mesa que la ficción comercial.
Ese monto que fija el Incaa es del que debe regirse el Ente Cultural de Tucumán para otorgar los aportes locales de la Ley de Fomento Audiovisual, sancionada el año pasado y aún no reglamentada, lo que demora su implementación. Una mora estrictamente local, así que no se puede mirar hacia afuera. Por ende, la desactualización es doble: del Incaa y del Ente, por extensión. Rodar no es una ilusión, es casi un milagro.
“Es necesario que a corto plazo se implemente una política de Estado que revierta la situación. Quienes nos gobiernan deben entender que la cultura no es un gasto, no es una planilla de Excel ni un bien prescindible, sino una inversión a largo plazo, la cultura es un derecho que debe estar al alcance de todes y el Estado debe dar garantías de eso”, concluyó Russo su discurso en la gala de los Cóndor, un ave que es símbolo de libertad dentro de una actividad cultural que vuela bajo. Más allá de los intereses partidarios, de los gustos políticos personales, de la cercanía de una elección y de los objetivos institucionales, las palabras trascienden el tiempo. Ojalá no deban repetirse el año próximo, sea quien sea que esté al frente del Incaa o del Ente.








