El árbol del Santa Rosa y el bosque de los adolescentes en crisis

30 Ago 2019 Por Guillermo Monti

Entonces, ¿a quién le cabe la responsabilidad? ¿A las alumnas del Santa Rosa elevadas a la categoría de vándalas? ¿A las autoridades y docentes que no fueron capaces de prevenir un episodio como este? ¿A los padres que no saben, no quieren o. simplemente, no tienen el menor interés por trazar alguna clase de límite? La culpa es de Fuenteovejuna, por supuesto, así que tras las anunciadas “sanciones” que aguardan a las chicas el tema se licuará en la cocina de las noticias de alto impacto. Lo que resulta -cuanto menos- una irresponsabilidad es comparar la puerta pintarrajeada del Santa Rosa con la gravedad de un crimen. Así que quienes meten en la misma bolsa una chapuza adolescente y el asesinato de Matías Albornoz Piccinetti deberían pensar un poquito más las cosas, ¿no?

La realidad es infinitamente más grave. Será porque en la lógica de las redes sociales no hay lugar para la reflexión y por eso tienden a sobredimensionar lo secundario y a minimizar lo urgente. Las redes no ponen en contexto, no retroceden dos pasos para mirar el cuadro completo. Lo suyo es imponer relatos, propagados por la compulsión a viralizar cualquier verdura que domina al ciudadano promedio. Entonces, de repente “todo Tucumán está hablando de lo que pasó en el Santa Rosa”. ¿Por qué? Porque lo dicen las redes, porque si está en Facebook, en Instagram o en Whatsapp necesariamente debe ser importante. ¿Es tan así? ¿“Todo Tucumán” está hablando de eso?

Es una trampa de la que resulta muy difícil escapar y aquí vale también la autocrítica y el debate en el que está sumida la prensa internacional, sin que se aclaren los tantos en la medida de lo necesario. El concepto de noticia “de alto impacto”, tan relacionada con los zócalos que alimentan la pantalla de los canales de cable, suele reducirse a un tema ultraviralizado. Es tal la presión que ejerce esa “conversación” virtual que los criterios de edición implosionan. No son tiempos sencillos.

En este tema del Santa Rosa se percibe también el tufillo prejuicioso de una parte de la sociedad que disfruta cuando queda en el medio de la discusión un colegio con doble rol: tradicional y confesional. Hubo quienes se refirieron a las chicas en cuestión como “impunes hijas del poder”. En fin. Una forista escribió en LAGACETA.com: “que las monjas se hagan cargo, son ellas quienes las forman creyéndose superiores al resto e inmunes en cuanto a comportamientos inapropiados”. A lo que otra forista respondió: “hace rato ya no hay monjas en el colegio”.

Por eso...

Hay cuestiones de fondo que reducen lo sucedido en el Santa Rosa al rinconcito del anecdotario. Cuestiones de las que no se habla, porque pertenecen al falso universo de lo tabú, pero que son cruciales. Es lo que está sucediendo con nuestros chicos y chicas en Tucumán hoy, en este momento.

En nuestro país el suicidio es la segunda causa de muerte en la franja que va de los 10 a los 19 años, detrás de los accidentes de tránsito, y la región más castigada es el NOA. “Suicidio en la adolescencia - Situación en la Argentina”, se titula el informe de Unicef del que se desprenden estos datos. Es un fenómeno multicausal, en el que se identifican estas razones como las principales que pueden empujar a un chico/a a quitarse la vida:

- Ausencia de personas significativas o instituciones que puedan contener, sostener, proteger y acompañar a los chicos y las chicas en su desarrollo psicosocial.

- Dificultades para cumplir con los estándares sociales aceptados al momento de atravesar la transición de la juventud a la adultez.

- Padecimiento mental no atendido.

- Abuso sexual.

Hay más, por supuesto. Unicef aporta otros dos elementos para el análisis: se suicidan más los varones que las mujeres; y se advierten mayores tasas de suicidio entre los chicos y chicas que tienen menores niveles de educación. En otras palabras: el riesgo está directamente relacionado con el grado de vulnerabilidad socioeconómica. Medido en relación con el avance de la pobreza y de la indigencia, que cada día afectan a más argentinos, el panorama de lo que viene es por demás preocupante.

Desde principios de la década de 1990 hasta la actualidad la mortalidad por suicidio en adolescentes se triplicó en el país, subraya Unicef. Tucumán es la cuarta jurisdicción con más casos, detrás de Catamarca, Salta y Jujuy.

Ahora bien, hablando de la prevención del suicidio adolescente Unicef destaca la importancia que adquieren los “factores protectores”, esa serie de condiciones que conforman una red de contención para chicos y chicas en situación de riesgo. ¿Cuáles son algunos de esos factores?

- Poseer habilidades sociales que les permitan integrarse a los grupos propios de la adolescencia en la escuela y la comunidad de forma positiva.

- Poseer confianza en sí mismos, para lo cual los adolescentes deben ser educados destacando sus éxitos y sacando experiencias positivas de los fracasos, sin humillarlos ni crearles sentimientos de inseguridad.

- Contar con capacidad de autocontrol sobre su propio “destino”, y tener una buena adaptabilidad, responsabilidad, persistencia, perseverancia, razonable calidad de ánimo y de los niveles de actividad.

Con la mano en el corazón: ¿quién -personas o instituciones- está en condiciones de asegurarles está protección a miles de adolescentes tucumanos cruzados por toda clase de problemas?

La vida misma

A veces sirve un buen baldazo de realidad para refrescarnos la memoria y ponernos en sintonía con el Tucumán de todos los días. Los temas acuciantes que afectan a los adolescentes -los suicidios, las necesidades básicas insatisfechas, la conculcación de derechos, la violencia, la falta de acceso a salud y educación, el trabajo infantil, la maternidad entre las niñas- conforman un bosque que se quema al mismo ritmo que la Amazonia.

No vendría mal, de vez en cuando, escuchar a estos protagonistas de sus propias historias, en lugar de mirarlos -de escrutarlos- desde ese nuevo panóptico social que son las redes. ¿Entienden entonces por qué los sub 20 huyen de Facebook y de cualquier otra tribuna virtual que los obligue a convivir con sus mayores? Y otro ejemplo, de absoluta actualidad: si el Estado se da el lujo de inventar una palabra, absolutamente inexistente en la RAE, como “reperfilar”, para intentar explicar lo inexplicable en materia económica, ¿desde de qué lugar podemos discutir los cambios que el uso de las nuevas generaciones proporcionan al lenguaje?

“Si existiera algo que quisiéramos cambiar en los chicos, en primer lugar deberíamos examinarlo y observar si no es algo que podría ser mejor cambiar en nosotros mismos”, decía Carl Jung. Sabias, muy sabias palabras.

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