Conjunción copulativa

Hay dirigentes que pueden borrar las disyuntivas. Acostumbrados a elegir una de las dos caras de la moneda, se les hace difícil distinguir la moneda. La construcción del Centro de Convenciones abrió una instancia de encuentros.

25 Ago 2019 Por Federico Diego van Mameren
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Hay una foto de hace pocos días. Es de una reunión en la que participó el gobernador Juan Manzur. A ella asistieron gremialistas de primera línea de este país y otros mandatarios provinciales. Apenas terminó el encuentro había que hacer la tristemente célebre imagen de familia. En esa siempre aparecen todos, sonrientes y presentes. En aquella imagen de antes de las PASO, Manzur le pone la mano sobre el hombro a Alberto Fernández. Es el único que hace eso. Una mano, un gesto, un símbolo de poder, casi único. Un mensaje: sólo Manzur puede hacer eso.

El jueves por la noche, ella estiró su mano y él la saludó. Eso nada más. Sencillo. Simple. La senadora radical de Cambiemos, Silvia Elías de Pérez, sonrió y saludó. El gobernador de la provincia hizo lo mismo.

Son manos que se mueven, son manos que dan señales en un país donde la ex presidenta de la Nación eligió no entregar al poder a su sucesor. Los tucumanos solemos ser malos ejemplos. Es esta provincia la que suele destacarse por sus males y no por sus aciertos. Precisamente, en estos días la nueva Constitución de la Nación cumplió apenas 25 años. Poquitos, pero muchísimos para un país donde la democracia era el punto débil. Y, tal cual lo destacó LA GACETA el jueves, esa Carta Magna fue el resultado de “la laboriosa búsqueda de consenso entre las distintas fuerzas políticas”. Tal vez en aquel 1994 había menos intolerancia que en los tiempos que corren pero, no obstante, eran necesarias las manos diversas en la misma obra a la que Raúl Alfonsín sintetizó como “el avance de la civilización política argentina”.

En aquel paraninfo estuvieron Luis Iriarte, Julio Díaz Lozano y Rafael Bulacio, quienes en la misma producción de notas advierten que la Constitución no pudo ponerle quicio a la corrupción. Debería haber contemplado la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción, fue la consigna que propuso el constitucionalista Iriarte. Los tres, y Antonio Guerrero, finalmente coincidieron, por otra parte, en que la Convención Constituyente que hace un cuarto de siglo se reunió en Santa Fe, fue una experiencia de concordia.

Manos unidas que se convirtieron en hechos.

El jueves también, casi en el límite mismo de Tucumán y de Yerba Buena, todos se dieron las manos, no sólo Elías de Pérez y Manzur. Estaban los amigos que se abrazaban y algunos amigos que, aún en el disenso, pudieron entender que estaban bajo un mismo techo. Ahí estuvieron el intendente Germán Alfaro y Manzur, que más de una vez se destrataron de la peor manera. Se sentaron a la par los diputados Pablo Yedlin y José Cano, que suelen trenzarse en duelos incómodos. Bajo las modernísimas candilejas cabían las sonrisas del críptico ministro Juan Luis Fernández y del desordenado empresario azucarero Jorge Rocchia Ferro. El entusiasmo era parecido para el dirigente de taxis Rodríguez y para Alfaro, quienes se pelean como dos luchadores callejeros por el espacio urbano.

En aquel viejo quonset convertido en salón de convenciones cabían cómodamente el orgullo de viejos presidentes de la Sociedad Rural que guardaron en sus bolsillos terquedades y soberbias porque la oportunidad así lo indicaba. Había saludos y guiños entre empresarios y gremialistas que suelen tensar sus gestos y despotricar contra sus respectivos poderes.

El nuevo y único centro de convenciones de Tucumán estaba de pie y era capaz de abrazar a todos por igual.

Dirigente, simple y porfiado

“No vas a poder”, fue el despectivo y hasta incrédulo y desalentador presagio del periodista. “Yo lo voy a intentar, esto vale la pena”, recibió como respuesta el hombre de prensa. “Pero no tenés tiempo. Estamos en enero y la lógica indica que no va a estar el Centro de Convenciones para el 31 de agosto”, insistió este periodista. “Vamos a buscarle la vuelta, es difícil”. “Pero, ¿tenés la plata para avanzar sin retrasos?”, porfió, desmoralizante, el columnista. “No, tenemos la mitad, pero lo vamos a conseguir”.

El optimista, el hombre simple, el dirigente seguro, el soñador es Sebastián Murga, titular de la Sociedad Rural, que con su ímpetu empujó para que Tucumán tenga, finalmente, un centro de convenciones, algo que siempre fue un imposible para los anteriores gobiernos.

Curiosamente, Murga logró que tanto el gobierno de la provincia como las municipalidades de la Capital y de Yerba Buena pusieran una parte del dinero que hacía falta. A cambio, podrán utilizar las instalaciones hasta agotar el crédito conseguido por la plata puesta.

Murga, con ideas diferentes, con ideologías que suelen distanciarse con el poder político y en la conducción de una entidad que a veces es mirada críticamente, empujó y consiguió lo que ni el superpoderoso José Alperovich ni el debilitado Julio Miranda, ni el poco sincero Antonio Bussi ni el cantautor Ramón Ortega pudieron.

Se dieron la mano lo público y lo privado. Así lo sintentizó el gobernador en la reunión de inauguración. Murga, en tanto, se limitó a agradecer y estrechar manos porque el esfuerzo común se había convertido en un hecho trascendental.

El legislador Juan Antonio Ruiz Olivares, que es quien maneja el piloto automático de la provincia cuando Manzur y Osvaldo Jaldo no están, definió a la obra como “una muestra de la convivencia política porque se juntaron todos”. Palabras idénticas a las que sentenciaron los ex convencionales constituyentes al recordar la factura de Carta Magna.

Cuando Murga tuvo que hablar el jueves en la inauguración tuvo un discurso escueto y simple. Se preocupó por decir gracias y por resoplar un “lo hicimos”, en plural. Una sorpresa para este Tucumán agrietado, enojado, peleado y empobrecido. Son las dirigencias y las manos estrechadas las que pueden cambiar rumbos, rostros y futuros.

Los responsables son los dirigentes que sólo tienen que encontrar los hechos que contagien para que los tucumanos se puedan sentir orgullosos de serlo. En el Bicentenario ayudó también la historia que le puso nombre y apellido a la unión.

Las dos caras

Los Rendoditos de Ricota o Soda Stereo. Billiken o Anteojito. San Martín o Atlético. Carlos Salvador Bilardo o César Luis Menotti. Balbín o Perón. Braden o Perón. Peronistas o antiperonistas. Tucumán o Salta. Empanadas salteñas o empanadas tucumanas. Jorge Luis Borges o Julio Cortázar. Ramón Díaz o Diego Maradona. Maradona o Pelé. Maradona o Lionel Messi. Ubaldo Matildo Fillol o Hugo Orlando Gatti. La ciudad o el campo. Aerolíneas Argentinas o Austral. Tita o Rodhesia. Melba o Duquesa. Azules o Colorados. Juan Manuel de Rosas o Domingo Faustino Sarmiento. El 25 de Mayo o el 9 de Julio. Las provincias o Buenos Aires. Pañuelos azules o pañuelos verdes.

La lista podría estirar esta nota varias páginas. Es la dicotomía con la que se desarrolló el país. Hasta la dicotomía de dictadura y democracia aceptó la sociedad en algún momento. En política se reactualizó, en Tucumán, la dicotomía Juan o José. A propósito, valga esta disgresión, esta semana Mauricio empezó a llamarse Macri; y Fernández, Alberto, tal cual lo advirtió Mónica Gutiérrez en Infobae. Las PASO siguen cambiando todo y aún cuando faltan varios días, Fernández cae en la tentación de responder como presidente y Macri no puede dejar de actuar como candidato, debilitando su rol presidencial.

La “o” o la “y”

Los argentinos se criaron con la “o”. Esa conjunción disyuntiva siempre cupo en la mochila de la vida. Implica diferencia, separació o alternativa entre dos o más cosas, personas o ideas.

Los argentinos nunca pudieron usar la “y”. En algún cajón dejaron guardada esa conjución copulativa que se encarga de unir lo que sea (ideas, propuestas, personas, enemigos) en forma afirmativa.

El Bicentenario y el centro de convenciones abrieron el cajón y desempolvaron una “y” que así, simplemente, permite estrechar manos, consolidar hechos y construir futuro sin egoísmos ni mezquindades. Eso si, con dirigentes que hacen lo que las circunstancias les exigen, sin especulaciones.

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