El poder de las aves rapaces

25 Ago 2019 Por Lucía Lozano
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LA GACETA / FOTO DE INES QUINTEROS ORIO

Momento 1
El guía da una pequeña descripción sobre el águila: es el nombre dado a las mayores aves depredadoras. Se caracteriza por la gran fuerza que le proporcionan sus músculos, la agudeza de su visión (pueden ver a dos kilómetros de distancia) y la enorme velocidad que puede alcanzar volando. Sus garras son de las más potentes que existen en la naturaleza.

Momento 2
El sol del invierno pega con fuerza. Hay mosquitos y bastante humedad en este rincón de la reserva de Horco Molle. Agustín Perazzo, un joven de mirada profunda y mentón cuadrado, nos pide que hagamos silencio. Camina por un pequeño sendero, entre los árboles. Cubre sus ojos con antiparras. Busca un guante y lo pone en su mano derecha. En la otra, tiene una presa de pollo. Se concentra. Extiende el brazo. Y espera. A unos seis metros, sobre una percha, está un águila coronada. El animal observa cada movimiento a su alrededor. Muestra el esplendor de sus alas extendidas y se lanza, seguro, hacia el muchacho de 19 años. Come. Y decide quedarse en ese lugar unos minutos. El tiempo, entonces, parece detenerse ahí.
La calma se apodera del ave cuando se conecta con Agustín. Se miran. Algo mágico sucede. Es la única explicación para entender esa escena que comparten el chico y este temido y peligroso animal que podría atacar a cualquier persona.
“¿Por qué me gustan las aves? Con ellas (las águilas) me siento sorprendido, maravillado, orgulloso e impresionado”, sintetiza Agustín, que habla lo justo y necesario. Desde hace tres años, una vez por semana, visita la reserva en el marco de un programa que emplea la cetrería como terapia para chicos con Trastorno del Espectro Autista (TEA). La actividad consiste en que los adolescentes interactúen con estos animales heridos y así ayuden en los tratamientos que deben hacer antes de ser liberados.

Momento 3
Ramiro Rintoul Rahman, de 16 años, tiene Síndrome de Asperger. No le resulta nada fácil relacionarse con su entorno. Sin embargo, hace un gran esfuerzo para superarse. El joven de ojazos azules y pelo al tono arrancó hace poco sus visitas a Horco Molle. Lo que más le gusta hacer es cuidar de un halcón que fue herido de una pedrada cerca del el ojo izquierdo y del oído. Despacio, lo saca de la jaula, le abre el pico y le da de comer. Como si fuera un bebé. “Si no lo obligás a alimentarse, se muere”, cuenta antes de detallarnos que su sueño es estudiar ingeniería en informática.
Con mucha paciencia, y siempre bajo la mirada de Diego Ortíz -profesor en biología a cargo del Centro de Rehabilitación de Aves Rapaces (CERAR)-, los chicos aprenden a manejar este tipo de animales, los cuidan y los entrenan para cuando vuelvan a su hábitat. “Para ellos es como un trabajo. Así descubren que pueden hacer algo distinto en sus vidas, y que pueden hacerlo bien”, resalta Manuel Sancho Miñano, de la Fundación Minka.
Minka firmó un convenio con el Instituto Lillo y la Reserva Experimental Horco Molle con el objetivo de facilitar la integración de chicos con distintas discapacidades. Trabajan específicamente en el CERAR. La mayoría de las rapaces que llegan hasta aquí (unas 60 por año) lo hacen con alguna herida. “Son baleadas o les pegan hondazos... por la cultura depredadora de los tucumanos”, se lamenta Ortíz.
Además de cuidar águilas, búhos y halcones, tienen que limpiar la jaula donde duermen estos animales. Después de los ejercicios entre los árboles, Ramiro y Agustín devuelven las aves a esa habitación alambrada, de unos 10 metros cuadrados.

- EL CUIDADO DE UN ANIMAL ENFERMO. Ramiro y Agustín alimentan a un ave herida.-

Momento 4
Por los años que lleva en la reserva, Agustín se volvió un apasionado de la naturaleza. De hecho ahora también realiza tareas en el Instituto Miguel Lillo. Estudió sobre las aves y le gusta mostrar sus conocimientos. Sabe de dónde proceden, qué comen, cómo son sus estructuras, etcétera.
“Son capaces de reconocernos”, precisa antes de volver a acercarse a las águilas. Esta vez le toca el turno a un ave negra que él apodó “Malalo”. Llegó a la reserva justo a fines del año pasado, con un ala quebrada. “Era mala, tenía un instinto agresivo, pero después se fue ablandando conmigo”, cuenta, orgulloso. Se sienta sobre el tronco de un árbol y el animal se trepa a su brazo. Así se quedarán los dos durante una hora. Por momentos, se miran. Se escrutan. Agustín la acaricia. Reina el silencio. Y la paz.
No cualquiera consigue esto. ¿Cómo lo logra?
Así lo explica: “no hay que hacer movimientos bruscos ni gritar, ni hablar mucho, porque se pueden asustar. Hay que confiar, estar relajado y reconocer cuándo ellas están tranquilas o enojadas”.
De la boca de Ortiz llegan más aclaraciones: aunque las rapaces nos inspiren miedo, en realidad nosotros también le despertamos temor a ellas. Se sienten vulnerables ante nuestra presencia, especialmente si hay extraños. Reconocen las voces y tienen su propia personalidad. “Malalo”, como llegó con un año de vida a la reserva, está más acostumbrada al contacto con los humanos y es más dócil. Otra de las águilas, a la que llamaron “Crash”, no quiere que nadie se acerque. Menos que la toquen o la alcen. Tiene un carácter más agresivo y salvaje.
Pesan entre dos y tres kilos. Con sus alas abiertas pueden medir más de un metro y medio. “¿Por qué creo que es fundamental para los chicos, como terapia? Rehabilitar estas aves es un proceso largo y de mucha dedicación. Ellos sienten que pueden ayudar en algo, que su trabajo es valorado. Es una forma de inserción laboral. Además, los adolescentes participan de los actos de liberación. Cuando finalmente ven que ese animal logra alzar vuelo y liberarse, es un momento único. Entienden que con esfuerzo y constancia se pueden alcanzar cosas; por ejemplo, la autonomía, que es quizás el mayor desafío que tienen al llegar a la adultos las personas con TEA”, comenta Sancho Miñano. Y precisa que ya llevan liberados varios “bichos del aire”: una lechuza de campanario, una aguilucha colorada, un lechuzón orejudo y dos cóndores andinos, entre otros.
No curan, pero ayudan. Y mucho. Con las aves rapaces un chico con condición del espectro autista aprende a controlar su cuerpo, a manejar sus emociones y ansiedades. Se siente seguro, con confianza. Su autoestima se eleva al ver cómo el animal acude a él. Vive momentos únicos. Como estos cuatro que compartieron hoy. Momentos que se transforman en una especie de alfombra mágica, a la cual las águilas no dudan en subir.

> El uso terapéutico de animales data de finales del siglo XIX.

Hoy, la zooterapia está reconocida por la ciencia y son numerosos los proyectos en los que intervienen delfines, caballos o perros para el tratamiento o mejora de ciertos trastornos cognitivos y discapacidades. Las rapaces son igual o más eficaces que cualquier otro animal. En EE. UU. las emplean desde hace 30 años para el tratamiento psicológico de sus pilotos de combate. La terapia con águilas es más común en Europa porque hay mayor densidad de cetreros (personas que cazan con aves rapaces entrenadas).

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