La vida de Pelli: dos saltos en un mismo año

En 1977, a la vez que asumía como decano en Yale, le ofrecieron diseñar la ampliación del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

21 Jul 2019 Por Daniel Dessein

1977 es otro de los años clave en la vida de César Pelli. A sus 51 años le ofrecen el decanato de la Facultad de Arquitectura de Yale. Era la escuela de arquitectura más destacada del mundo y, no obstante, albergaba a unos 140 estudiantes, poco más del doble que los del Instituto de Arquitectura tucumano de los años 40.

Yale no era un lugar ajeno para Pelli. Había participado, a fines de los 50, del proyecto de su maestro Saarinen para la construcción de dos residencias universitarias en esa universidad. La experiencia lo marcó particularmente y lo llevó a concluir que los norteamericanos no habían construido ninguna gran ciudad, como lo habían logrado los parisinos o los catalanes, pero habían alcanzado un extraordinario logro de planeamiento urbano que era la ciudad universitaria.

La “aldea académica” de Thomas Jefferson para la Universidad de Virginia era, según Pelli, la mejor obra arquitectónica de los Estados Unidos. El propio Pelli fue autor de varios proyectos para distintas universidades, entre ellos el primer diseño del campus de la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (Unsta) en Tucumán y el de la Universidad Siglo XXI, en Córdoba.

AMPLIACIÓN. La torre de 1984 del Museo de Arte Moderno de Nueva York, el primer gran trabajo de Pelli. plataforma arquitectura

Dos meses después de mudarse a New Haven, para ejercer su nuevo cargo de decano en Yale, le ofrecieron el diseño de la expansión del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Esa oferta lo obligó a improvisar un estudio y a trabajar duramente para presentar el proyecto. Este es otro momento crucial en su vida. Abre su propio estudio, a una edad en que creía, por su falta de conexiones familiares y sociales, que nunca lo haría. A su estudio, luego se sumarían como socios Fred Clarke, quien se encargaría de las cuestiones administrativas y comerciales, y su esposa Diana Balmori, quien abordaría los proyectos paisajísticos de muchos de los diseños.

Pero lo central de este momento de su carrera era la solicitud de la expansión del museo, un proyecto que –si todo salía bien- lo catapultaría a la primera línea de la arquitectura norteamericana. Esa terminó siendo la obra que le permitió pergeñar edificios que marcarían la fisonomía de Manhattan.

Pelli creía que había sido elegido, dentro de una lista preliminar que incluía a algunos de los nombres más reconocidos de la profesión, por el escaso dinero que tenía el museo y por su experiencia en el diseño de proyectos en tiempos muy reducidos y con costos acotados. La expansión terminó costando menos dólares por metro cuadrado que los de cualquier otro museo relevante del mundo.

EL HOMBRE Y EL PAISAJE. Pelli toma una foto de Yerba Buena en el campus de estudio de la Unsta. la gaceta / foto de analia jaramillo ( archivo)

La fama de Pelli creció. Se convertía en uno de los pocos arquitectos que lograba aunar de manera extraordinaria lo que para otros era irreconciliable: la estética con el pragmatismo y la eficacia.

Tiempo después, a principios de los 80, su entonces pequeño estudio fue invitado, a último momento, a participar en el concurso para construir el World Financial Center. El lugar no podía ser mejor. Battery Park City, en el área de Wall Street, sobre el río Hudson y en un espacio vecino a las célebres Gemelas, inauguradas en 1973 y asoladas por el atentado terrorista de 2001. Pelli les ganó a muchas de las más grandes firmas norteamericanas y pudo concretar su primera obra de gran escala.

En 1988 se inauguró el complejo en el que se destacaba un faraónico jardín de invierno público que sería señalado como una de las diez obras más notables de la arquitectura norteamericana desde la década del 80. Lo rodeaban cuatro torres de entre 31 y 51 pisos. Con el World Financial Center, Pelli ya tenía su pasaporte -en más de un sentido- a las alturas.

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