Maestros de arquitectura de Tucumán educan a César Pelli

El mítico experimento universitario animado por Sacriste, Vivanco y Caminos.

21 Jul 2019 Por Irene Benito
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RECONOCIMIENTO. César Pelli abraza a Eduardo Sacriste, el profesor que le transmitió el amor por la arquitectura.

Eran pocos y, por lo mismo, se conocían mucho. Todos sabían los nombres, los apellidos y los alias de todos. También sus virtudes y debilidades, como ocurre en las comunidades que honran la convivencia humana. Compartían el trabajo y la vida cotidiana, y alumnos y maestros discutían soluciones hasta hallar la mejor respuesta: sólo les faltaba el ágora para emular a Sócrates y sus discípulos.

El conocimiento impregnaba el clima de la academia mítica que educó a César Pelli, el arquitecto tucumano con fama mundial. Esa Escuela e Instituto de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), luego Facultad de Arquitectura y Urbanismo (o FAU, a partir de 1952), dejó una impronta perdurable pese a los abundantes contratiempos y vicisitudes de la obra universitaria.

Aquella casa que los profesores Eduardo Sacriste, Jorge Vivanco y Horacio Caminos hicieron suya a mediados de la década de 1940, tan recordada y alabada por Pelli durante su última visita a la provincia, en junio de este año, estuvo a un tris de la excelencia. Los claustros promovían el pensamiento abierto y libre... y el inconformismo. “Solamente la autocrítica conduce a la perfección”, resumía Sacriste en 1991.

Aquel enjuiciamiento permanente del trabajo propio y ajeno influyó de manera decisiva en la formación del profesional español Jesús Bermejo Goday, uno de los primeros alumnos extranjeros del Instituto. En un homenaje organizado por el Colegio de Arquitectos de Tucumán, el egresado evocaba a un Vivanco poseído por “explosiones de genialidad” y de una actitud siempre crítica. “¿Qué habría hecho Vivanco en un caso como este?”, confesaba Bermejo Goday, que se preguntaba a sí mismo para evitar repetirse en los dominios del tablero.

Oficio

Era una escuela pequeña cuyo tamaño no le impidió aspirar a la trascendencia. “Mi arquitecto debería saber proyectar, construir y amoblar correctamente un edificio. Debería también tener conciencia social y urbanística y, además, esto es fundamental, una cultura compatible con su condición de universitario”, opinaba Sacriste, que en Chicago, Estados Unidos, había estudiado en la escuela de Mies van der Rohe. Y remataba: “lo primero que tiene que dar la facultad es oficio”.

Los claustros funcionaban como usinas de cambio. De allí surgieron principios como el que el arquitecto Diego Díaz Puertas rememoró en una nota periodística de 1978: “Vivanco decía que las posibilidades de desarrollo urbano de las ciudades argentinas radican en las posibilidades que brindan las remodelaciones ferroviarias”.

De alguna manera procuraban cambiar el mundo empezando por el pequeño mundo urbano, como surge de una entrevista a Vivanco publicada en La Habana, Cuba, en 1963: “sentíamos que la labor de nuestra generación debía concretarse en construir con las premisas de Le Corbusieur, Walter Gropius, el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (llamado CIAM) y (el manifiesto urbanístico conocido como) la Carta de Atenas... Se trataba no de discurrir sobre la teoría sino de llevarla a la práctica”. El maestro afirmaba, entonces, que la iniciativa de establecer la Escuela de Arquitectura en San Juan (vinculada a los trabajos de reconstrucción de la ciudad luego del terremoto de 1944) y la posterior creación del Instituto de Arquitectura y Urbanismo de Tucumán debían ser vistos como parte de esos propósitos. Vivanco pregonaba su mantra: “la arquitectura moderna en la universidad y proyectada al medio desde la universidad. La universidad haciendo planes para cambiar nuestras ciudades. Así fue que transformamos nuestra lucha de estudiantes dentro de la universidad en lucha de la universidad en el país”.

Euforia

Esa energía reformista puso a Tucumán en el mapa internacional de la arquitectura. “La academia estaba en manos de un grupo de docentes que portaban premisas cautivantes de renovación social y que buscaban apasionadamente un diseño con características humanas”, sintetiza el arquitecto Raúl Torres Zuccardi. La euforia de la posguerra había generado un movimiento de arquitectos decididos a abandonar la expresión engolada y acartonada para abrazar la simpleza, la utilidad y la funcionalidad. A ello había que sumar una perspectiva comprometida con la cultura y las tradiciones latinoamericanas.

Tal giro requería, por un lado, dejar definitivamente atrás el academicismo recargado y, por el otro, una dosis intensa de docencia, de profesores y alumnos vestidos con ropa de fajina atravesados por la obsesión de edificar la versión autóctona de la arquitectura moderna. “Había una pretensión de suprimir la incomodidad y la complejidad, y de crear en vez de copiar. Buenos Aires y Tucumán se adelantaron en esta senda, y generaron un gran magnetismo entre los jóvenes. Esa anticipación dio fama internacional a los centros universitarios adheridos al movimiento que tuvo en Le Corbusieur a su vocero más audaz”, reflexiona Torres Zuccardi.

Los promotores de la renovación empujaron los límites de la profesión más allá de la frontera conocida hasta aquel momento. A esa época pertenecen, por ejemplo, el abandonado proyecto de la Ciudad Universitaria en el cerro y el plan de crecimiento armónico de San Miguel de Tucumán elaborado por el arquitecto italiano Cino Calcaprina -y jamás materializado-. La prédica hizo escuela y en esa coyuntura promisoria confluyeron, además de los maestros mencionados, los arquitectos Eduardo Catalano, Hilario Zalba, Rafael Onetto, Enrique Tedeschi, Jorge de Lassaletta, Ernesto Rogers y José Alberto Le Pera. Además de educar a Pelli, esta generación emblemática impulsó el desarrollo intelectual de las primeras profesionales tucumanas: entre ellas, Blanca “Chula” Saad y Miñi Lezcano, a quienes Bermejo Goday retrató como diosas o sacerdotisas del culto a la arquitectura.

Diagnóstico

“Pensaban en grande”, definió en 1987 uno de sus discípulos, el arquitecto Mario Bercoff. Y a mediados del siglo XX ya pronosticaban el caos que terminaría apoderándose de las ciudades en general y de San Miguel de Tucumán en particular. “Para hacer más accesible la vivienda se redujo el espacio interior al mínimo. Y lo más grave es que también se redujo el espacio exterior. Mermó el espacio dedicado al esparcimiento y mermó el silencio también. Todo eso se va sacrificando en aras de la especulación de la tierra”, diagnosticaba Sacriste en una conferencia en 1968 destacada en una nota de LA GACETA.

En su mejor momento histórico, la FAU hizo hincapié en el espacio público, y en advertir sobre los desbordes de las ciudades y la responsabilidad del ciudadano respecto de lo que en ella sucede. Entonces ya se experimentaba la necesidad de educar para cohabitar y de prevenir sobre el incumplimiento de la normativa de edificación. “La cultura de un pueblo se puede medir por la forma cómo construye, cómo usa el suelo, cómo mantiene la ciudad y los edificios públicos, por la limpieza y la belleza que imprime a los espacios comunes, por el cuidado que presta a las plazas y jardines, por la armonía de la ciudad, etcétera... Lo que importa y debe preocuparnos es que haya una comunidad culta. Entre nosotros se usa la tierra con avaricia y también con mezquindad. Y lo grave es que las autoridades que deberían velar para que se edifique correctamente en función de las alegrías esenciales (la luz, los espacios verdes, el silencio y el aire) son las primeras en mantener y agravar el actual estado de cosas”, reclamaba Sacriste.

A Vivanco le preocupaba la integración del pueblo con la montaña. “Ni el Gobierno, ni la Universidad ni los tucumanos pueden darse el lujo de perder el cerro”, predicaba para contrarrestar las fuerzas que se oponían al proyecto ambicioso de la Ciudad Universitaria y que, con el transcurso de los años, terminaron imponiéndose. El gran sueño cayó fulminado por la pequeña -y mezquina- realidad.

Cóctel

El apogeo de la FAU se apagó en los prolegómenos de la última dictadura militar. El ámbito de libertad fue progresivamente colonizado por la estrechez que acarrearon la represión ideológica y la burocratización. Las autoridades se apartaron del programa educativo transformador que ejecutó Horacio Descole entre 1946 y 1951 y permitió investigar, proyectar y construir con un ritmo inédito para la UNT.

“No se hablaba de enseñar porque el aprendizaje era precisamente la investigación, el proyecto y la construcción. El alumno no debe ser un recipiente en el que se vuelca un cóctel: una media de composición decorativa, tres dedos de plástica, etcétera. La FAU fue una institución de primera que ahora está desmantelada y que quizá no puedan o quieran rescatar”, sentenció Vivanco en 1984, tres años antes de fallecer.

La masificación de la enseñanza asestó el golpe de gracia a ese prodigioso ensayo universitario. Del centenar de estudiantes se saltó a los tres millares. En 2005, la FAU tenía 2.580 alumnos, de los que 395 eran ingresantes. En ese mismo año, el Colegio de Arquitectos de Tucumán calculó que había 3.700 arquitectos en actividad aunque sólo 382 estaban matriculados.

Ese amontonamiento y anonimato atribulaba a Sacriste. En “Charlas docentes” (1992), el célebre profesor emérito de la UNT dedicó las siguientes líneas al asunto: “no tengo dudas de que, para hacer algo en la vida, es indispensable estar dotado de una aptitud natural. Desarrollar una actividad sin poseer condiciones idóneas para esta es forzar la naturaleza humana. Por esto considero que el ingreso irrestricto en las universidades es una inmoralidad”.

Con la pérdida del “tú a tú” desaparecieron también el idilio y la dosis alta de idealismo que nutrieron a la primera casa de altos estudios de Pelli. El experimento, sin embargo, brilla en el pasado y, por esas cosas del presente, sigue interrogando críticamente al porvenir.

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