"Desde ahora, el cielo forma parte del mundo de los hombres"

20 Jul 2019 Por Álvaro José Aurane
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Hace medio siglo, Richard Nixon, como presidente de Estados Unidos, llamó por teléfono desde el Salón Oval de la Casa Blanca a Neil Armstrong y a Edwin “Buzz” Aldrin, horas después de que ellos fueran los primeros seres humanos en caminar sobre la Luna. “Gracias a lo que han conseguido, desde ahora el cielo forma parte del mundo de los hombres”, fue el reconocimiento del mandatario. A continuación, dejó una reflexión: “como nos hablan desde el Mar de la Tranquilidad, ello nos recuerda que tenemos que duplicar los esfuerzos para traer la paz y la tranquilidad a la Tierra”.

La manifestación de Nixon era, cuanto menos, oportuna. El enfrentamiento Este-Oeste, la tensión entre el mundo comunista y el mundo capitalista, se daba en todos los planos. Y, como si no bastase, cada uno de los contendientes enfrentaba serios problemas internos.

“Carrera espacial” es, justamente, una expresión que surge como alter ego de “carrera armamentística”. Y 1969 es un año en el que la maratón nuclear que han encarado Estados Unidos y la Unión Soviética parece correr de manera más sostenida que el propio ritmo que puede tolerar cada superpotencia. Entonces, si bien por arriba de la atmósfera no se daban respiro (EEUU necesitaba llegar a la Luna porque la URSS ha había convertido a Yuri Gagarin en el primer ser humano en viajar al espacio, en 1961; y antes había puesto en órbita el primer satélite artificial, el Sputnik, en 1957), sobre el nivel del mar ambas partes querían una tregua atómica, según enseña Ronald E. Powaski en su clásico libro, “La guerra fría”.

Los norteamericanos querían poner un freno al crecimiento del arsenal soviético, que se había duplicado en 1969 con respecto a 1967, y el Congreso era reacio a autorizar más fondos para defensa. La URSS, a la vez, quería preservar la paridad nuclear que había alcanzado en ese bienio. Y necesitaba tiempo por partida doble: para frenar el despliegue de las ojivas de carga múltiple (MIRV) de los norteamericanos; y para estar en condiciones de extender las propias. Así que Nixon propuso suscribir un acuerdo de no proliferación nuclear (SALT), propuesta que la URSS acogió con entusiasmo. Se terminó firmando en los comienzos de los 70.

Pero a la vez que el encontronazo directo encontraba un punto de distensión, los enfrentamientos indirectos recrudecían, alimentados por dinámicas propias.

Patricia Kreibohm, titular de la cátedra de Historia Contemporánea en la Unsta, reseña el contexto histórico norteaméricano de los 60. Internamente, es una década atravesada por los magnicidios: John Kennedy es asesinado en 1962; y su hermano Robert, en 1968. Ese año también asesinan a Martin Luther King, pastor de la Iglesia bautista y activista del movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos y de las protestas contra la Guerra de Vietnam.

Precisamente, son años durante los cuales la juventud gesta vastos grupos antisistema que ponen en tela de juicio los valores, las ideas y la forma de vida norteamericana: surge el movimiento hippie, el movimiento feminista, el movimiento homosexual, a la vez que se consolida la lucha por el fin de la segregación racial.

Externamente, EEUU enfrenta la Guerra de Vietnam, que tendrá un desastroso final en 1973; y las crisis cubanas, que arrancan con la revolución castrista de 1959 y alcanza la máxima tensión con la “Crisis de los Misiles” en 1962, la vez en que más cerca estuvo el planeta de enfrentar una guerra nuclear. En el propio continente, se abandonó la política de “buenos vecinos” que impulsaba Kennedy y se pasó a la del “gran garrote”, lo que generó intervenciones en América latina que gestaron serios conflictos.

La URSS no la pasa mejor. Powaski repara en que su situación económica emite señales preocupantes. Las granjas colectivizadas no dan abasto para alimentar a toda la población y la tasa de crecimiento industrial está en descenso. En el bloque soviético de la Europa del Este estalló en enero de 1968 (antes que el Mayo Francés) la Primavera de Praga, que fue aplastada en agosto con la invasión soviética a Checoslovaquia.

A la vez, las relaciones con China pasaban por el peor momento. La URSS había concentrado 40 divisiones en la frontera de Siberia y en marzo de 1969 se habían producido enfrentamientos armados en el río Ussuri. La guerra era una posibilidad.

En este contexto, para las superpotencias mundiales, 1969 era un buen año para mirar al cielo. La década siguiente, sobre la tierra, sería todavía peor.

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