Armstrong y yo

Muchos se sorprendieron en la NASA cuando se designó comandante a Neil Armstrong, pero la historia demostró que era la tripulación perfecta para semejante misión.

20 Jul 2019 Por Gustavo Martinelli

El crepúsculo del 6 de marzo de 1998 fue inusualmente frío en la convulsionada Manhattan. El final del invierno -esa suave fuga de árboles y abismos que, a decir de Paul Verlaine “laceran el alma de congojas extrañas”-, no había podido sin embargo torcer el espíritu de los periodistas que esperábamos con ansias conocer al primer Homo sapiens que puso un pie en la Luna: Neil Armstrong. El encuentro formaba parte de las actividades de la Maestría en Periodismo que ese año dictó la Universidad de Columbia en Nueva York para un grupo de 27 profesionales de distintos países. La Argentina tenía asignado un cupo de dos lugares. Yo tuve el privilegio de ocupar uno de ellos.

Para ese atardecer gélido y luego de una jornada de prácticas en las ahora inexistentes Torres Gemelas, los coordinadores de la maestría habían programado una conferencia (con cena incluida) en el famoso Tavern On The Green, un restaurante enclavado en el bucólico entorno del Central Park. El disertante iba a ser -para estupor y asombro nuestro- el mismísimo Armstrong. De manera que la expectativa era abrumadora. Recuerdo que nos habían prohibido tajantemente entrevistarlo o hacerle preguntas durante la exposición. La explicación: Armstrong se había convertido ya en un hombre taciturno, que se negaba a dar reportajes y que tampoco se mostraba mucho en público. Sin embargo, había accedido a participar de este encuentro sólo porque se trataba de un pequeño auditorio de estudiantes de distintos países y también porque se sentía en deuda con la Universidad de Columbia (jamás nos enteramos por qué).

La cena comenzó a las 19 en punto. En la sala sólo estábamos los 27 periodistas de la beca y cinco profesores. El ex astronauta, por entonces de 68 años, apareció radiante junto a las autoridades universitarias. Vestía un traje gris topo con una corbata que tenía bordado el emblema de la NASA. Estaba en buena forma. Era casi el mismo hombre que lucía el abultado traje de astronauta en aquella foto tomada tras su épico viaje al espacio. Nos saludó con cortesía extrema, pero sin estridencias; incluso nos pareció que hubo cierta frialdad en su sonrisa. Tras el saludo inicial, y casi sin mediar palabras, comenzó a hablar. Su inglés nos sonaba extraño. Después supimos que jamás pudo abandonar la tonada propia de su Estado, Ohio, donde la “a” se pronuncia como “o” y la “i” como “e”. De aquí surgió la leyenda sobre la famosa frase que pronunció cuando descendió del módulo lunar: “That’s one small step for man; one giant leap for mankind” (Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad). Esa noche Armstrong aclaró la polémica una vez más y, con humildad, contó que no dijo (o no quiso decir) “para el hombre” (for man) sino “para un hombre” (for a man). Pero como la grabación del audio es confusa, la prensa interpretó lo primero. Esa fue la primera cachetada para los periodistas que siempre fueron, según confesó en varias oportunidades, su peor pesadilla.

Satisfecho con esa primera estocada, continuó su exposición. Con serenidad, pero siempre estableciendo una firme distancia con nosotros, lanzó algunos pensamientos que empezaron a mostrarlo ya como aquel héroe humilde y hermético que siempre fue. Dijo, por ejemplo: “Buzz Aldrin, Michael Collins y yo mismo sólo somos herederos del afán que antes de nosotros inspiró a otros hombres. Pienso en Marco Polo, en Cristóbal Colón, en Elcano, Magallanes, Amundsen, Lindberg. Somos continuadores de un anhelo puramente humano. Eso es también lo que tienen que hacer ustedes”.

Más adelante insistió con la idea de comunión entre los hombres. “Cuando pisé finalmente la Luna, sentí que mi pie era el de todos los hombres y mujeres que aman el saber y la ciencia”, sentenció. A esa altura de la velada, el silencio era casi tan insondable como el espacio mismo. Para asombro nuestro, Armstrong, que había prometido no hablar de su viaje a la Luna, continuó con algunas “pequeñas revelaciones” sobre la travesía. Así, volviendo a la frase que pronunció al bajar del módulo, comentó de pronto que no había tenido mucho tiempo para pensarla y que esperó a aterrizar con seguridad para pronunciarla. “Fue algo especial y memorable, pero no tuve mucho tiempo para reflexionar, porque había mucho trabajo que hacer sobre la superficie lunar. Teníamos órdenes precisas y el tiempo era escaso”, nos dijo.

Hacia el final de la conferencia viró hacia la filosofía y reflexionó sobre el sentido de nuestra existencia. “Vivimos en un mundo enfocado en el ahora y la era de la información nos ha aportado fantásticas tecnologías que nos permiten comunicarnos en el mundo entero. Pero en el proceso nos estamos exponiendo a una información equivocada sobre la naturaleza de la vida. La era de la información exige que la humanidad asuma la responsabilidad de que la información que se procesa no sea engañosa. Y en esto, ustedes juegan un papel importante”, concluyó en una segunda, pero más cariñosa, cachetada a los periodistas.

Esas últimas palabras bastaron para convertir a ese orador tímido y contundente en el héroe de proporciones épicas que siempre fue. Y creo que finalmente debió sentirse aliviado y muy a gusto entre nosotros, porque en un gesto que asombró a los organizadores, Armstrong bajó de la tarima en la que se encontraba y nos estrechó las manos. Para nosotros fue como tocar el Santo Sudario de Turín.

Al recordar hoy ese momento me parece que lo que afirman los científicos no es del todo cierto: el influjo de la Luna no es tan poderoso; puede mover las mareas, pero nunca logró cambiar al primer hombre que caminó sobre ella. Para Armstrong, la misión del Apolo 11 fue una más entre tantas que tuvo. Y se encargó de dejarlo muy en claro durante esa charla: no pudo -ni siquiera intentó- asumir la carga de popularidad que vino después. Entre otras cosas, porque era muy tímido y carecía de ego. Y esa impresión nos dio esa noche gélida de febrero en la coqueta taberna de Central Park: la de un héroe a su pesar que sólo intentó cumplir con su deber.

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