Esos tiempos que deben volver

Los que peinan canas recuerdan con emoción la pasión con que se vivía el baloncesto en las décadas pasadas.

19 Jul 2019 Por Miguel Eduardo Décima

Entre la década del 60 y fines de la 70, el basquetbol tucumano fue una disciplina en la que el jugador tenía mucho sentido de pertenencia con los clubes en los que militaba. Pero eso, con el tiempo, fue quedando en el cajón de los recuerdos. ¡Qué lejos en el tiempo parecen haber quedado aquellos apellidos que identificaban una camiseta y sobre todo a un barrio!

En aquellos años, era habitual observar las formaciones de los equipos y, por los apellidos de los jugadores, anticipar el nombre del club en el que jugaban. En esa época, en Tucumán BB estaban los Díaz, los Apichela; en Asociación Mitre, los Risso, los Díaz Barrera, los Muruaga; en Juan Bautista Alberdi, los Cordero, los Osores, los Ahumada, los Maldonado; en Estudiantes, los Pertot, los Carreras, los Bechara; en Central Córdoba, los Urueña, los Figueroa, los Romano; en All Boys, los Suárez; los Ferullo, los Bordier, los Michavila. Estos apellidos que identificaban a cada uno de los clubes están en la historia grande del baloncesto doméstico.

Era habitual en esos tiempos que los estadios de los distintos barrios fueran los puntos de encuentro de quienes abrazaban con amor este deporte que, sin dudas, era después del fútbol el de mayor atracción en la provincia.

Uno de los factores que contribuyeron para que los planteles se conocieran de memoria durante varias temporadas fue que, en esos tiempos, un jugador no podía desvincularse tan fácilmente de sus clubes como ocurre en la actualidad. Si lo hacía, había una cláusula en el reglamento que especificaba que aquel que deseaba quedar libre, estaba obligado a jugar durante dos temporadas en la tercera división en su nuevo club y recién allí poder hacerlo en la superior. También podía esperar a cumplir 26 años para quedarse con el pase en su poder.

Un clásico añejo

En la década del 60, la mayor atracción a nivel encuentros estaba dada por los enfrentamientos entre All Boys y Estudiantes, que era considerado el clásico de la provincia. Con el correr de los años y el advenimiento de la “legión dorada” de Juan Bautista Alberdi -aparecieron Alberto Ahumada, los hermanos Tomás y Alberto Cordero, José Terranova, Héctor Miranda- y la consolidación del predominio de Tucumán BB al influjo de los hermanos Gabriel e Ignacio Díaz, Osvaldo Apichela, Hugo Milanessi, los hermanos Juan y Agustín Carrizo y “Carlitos” Barrionuevo, el protagonismo de los duelos más atrapante de la provincia se mudó a Villa Alem y a Villa Urquiza. Esto se prolongó por casi una década.

Con el correr de los años, el atrevimiento de los juveniles de All Boys, más el acople inestimable de Roberto “Tío” Suárez, comenzó a desplazar del rol protagónico al club de Suipacha 1.174. En los “Gallegos” aparecieron los hermanos Roberto y Carlos Michavila, Alberto “Tito” Bordier, los hermanos Enrique y Rodolfo Ferullo, hasta Juan Isidro Guzmán, un tucumano que estaba radicado en Córdoba y que jugaba en la Selección argentina; debido a que le tocó hacer el servicio militar en Tucumán, durante un año jugó en el club de San Lorenzo y Bernabé Aráoz.

Pero sin dudas, los enfrentamientos que marcaron una época en nuestro medio fueron aquellas inolvidables finales que protagonizaron Alberdi y Central Córdoba, que se concretaron en la década del 80. Quienes peinan canas recuerdan que esos partidos se jugaron a estadio lleno en el club Defensores de Villa Luján.

Salvo en los festivales boxísticos en los que participaron figuras estelares como Juan Carlos Velárdez, Emilio Ale Alí, Cirilo Pausa o Horacio Saldaño, el coliseo de Don Bosco 2.257 nunca presentó un lleno total como en aquellos enfrentamientos basquetbolísticos. Eran verdaderas finales que se vivían con una pasión desbordante, dentro y fuera del rectángulo de juego. Una fiesta que hoy se añora en nuestra provincia.

¿Qué pasó para que ese sentido de pertenencia empezara a desaparecer a partir de la década del 80? Con el “desembarco” del club Caja Popular en el círculo superior, todo empezó a cambiar en la estructura de los clubes capitalinos. Es que el poderío económico de la entidad de Bolívar al 1.300 hizo que terminara captando a los mejores jugadores del medio para potenciar sus pretensiones, primero en el orden local y luego en su participación en los torneos nacionales. Los primeros jugadores que se sumaron a Caja fueron Mario Luis Cordero, de Juan Bautista Alberdi, y César Rubén Carmelo Béjar, de 13 de Mayo. En ese tiempo, incluso Defensores de Villa Luján rompió el mercado cuando contrató al panameño George Aguilar y el estadounidense Joel Thompson, dos estrellas rutilantes que vinieron a darle una atracción especial a los certámenes que organizaba la Asociación Tucumana de Basquetbol. Con las llegadas de estos dos extranjeros se consiguió un hecho inédito en Tucumán: que gran parte de la afición, más allá de su simpatía en cuanto a camiseta, acudiera a cada una de sus presentaciones por la calidad y magnetismo que ambos irradiaban en cada partido.

La Liga Nacional

La creación de la Liga Nacional de Basquetbol, que fue una genial idea de León Nadjnudel que se concretó en 1984, fue una bisagra en el basquetbol argentino. Un antes y un después en la historia grande del deporte. Es que la competencia se hizo más federal y los clubes del interior empezaron a ganar en protagonismo. El básquet del “Jardín de la República” tuvo tres representantes en la élite del baloncesto argentino: En 1985 fue Independiente el que intervino en la primera edición de la competencia nacional. Luego fue Caja Popular el que terminó en el puesto 14 -con Instituto de Córdoba y Almagro de Esperanza perdieron la categoría-, mientras que en la temporada 2001 le tocó el turno a Belgrano de representar al básquet provincial. A pesar del esfuerzo que realizaron los directivos de la entidad de Las Heras al 700, al terminar en el puesto 16 perdió la plaza en la máxima categoría.

No obstante el esfuerzo que las dirigencias realizaron para consolidarse en ese nivel de competencia, ninguno de los tres clubes logró ese objetivo, por lo

cual su paso por la categoría fue efímero.

“Estos clubes no pudieron mantenerse en la elite porque carecieron de los recursos necesarios para afrontar las erogaciones que significa solventar un plantel calificado. En la medida que no se consigan sponsors que arrimen el dinero necesario, ningún proyecto será viable”, sostuvo Antonio Millán, uno de los técnicos de mayor referencia que tuvo el baloncesto a través de toda su historia, al analizar los pasos de los tucumanos por la Liga Nacional.

La otra cara

Lo que pasó en Tucumán, por caso, no ocurrió con el básquet de Santiago del Estero, que hoy tiene dos representantes en la Liga Nacional: Olímpico y Quimsa, clubes que desde hace varios años tienen un relevante protagonismo en los certámenes nacionales.

Pero lo que es bueno aclarar es que esto se pudo concretar porque las entidades santiagueñas que participan a nivel nacional cuentan con la ayuda inestimable del Estado provincial, algo que en nuestra provincia se dio en mucha menor medida.

En medio de una situación económica que obliga a los directivos a agudizar ingenio, es loable el esfuerzo que realizan los directivos de Talleres de Tafí Viejo para tratar de dar el gran salto a la máxima categoría. Pero es indudable que no alcanza, pues siempre el club se queda a las puertas de la gran obtención.

Para que esta situación cambie y los amantes del buen basquetbol que hay en Tucumán no se tengan que seguir conformando con observar al mejor básquet a través del televisor, de una vez por todas quienes manejan este deporte en la provincia deben apostar a un proyecto a largo plazo. Esto, en un tiempo no muy lejano, podría comenzar a dar los frutos esperados. Es sabido, que de esto se sale sólo con el trabajo mancomunado de quienes están vinculados a este deporte. Las soluciones mágicas no existen. “Los directivos deberían dejar de ser tan fanáticos de sus equipos y colaborar con los que representan a la provincia. Cuando eso pueda revertirse vamos a dar el salto de calidad que nos merecemos”, dijo alguna vez uno de los máximos directivos de nuestro básquet. Una realidad que nadie parece dispuesto a cambiar por el momento.

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