Cada cine demolido es un retazo de memoria que se pierde

19 Jul 2019 Por Guillermo Monti
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“THE WALL”. Los fans de Pink Floyd peregrinaban noche a noche al cine Edison para ver la película.

El piso del cine Edison era de parqué, ideal para divertirse durante las matinés. ¿Cómo era eso? En las escenas trepidantes de las películas de acción -una persecución, una balacera- se desataba un zapateo infernal, ecualizado por la acústica de la sala. Lo mismo valía para algún pasaje romántico, que no pasaba de un beso o de un torso semidesnudo. Tiempos en los que se veía poco y se imaginaba mucho. No importaba: el zapateo decía presente. Los grandes -que eran pocos a la siesta- pedían silencio, pero con una sonrisa de oreja a oreja. La verdad es que se morían por azotar el parqué con las suelas. Y algunos se animaban; total, en la oscuridad, ¿quién iba a descubrirlos?

Si en los teatros habitan fantasmas, por los cines revolotean los ecos de aquellas películas que fueron capaces de llegar al corazón. Diálogos, imágenes, canciones. “The Wall” se estrenó en el cine 25 de Mayo, pero cuando pasó al Edison generó un fenómeno entre los fans de Pink Floyd, que volvían una y otra vez, noche a noche, hasta convertir el clásico de Alan Parker en un loop cinematográfico interminable. Hubo quienes registraron asistencia perfecta, hasta que finalmente “The Wall” bajó de cartel. Porque en aquellos tiempos el sistema funcionaba así; las grandes producciones llegaban a las salas del centro y después se derramaban a los numerosos y entrañables cines de barrio.

La piqueta se apresta a demoler la fachada art decó del Edison, lo más valioso que queda del diseño original. Esas marcas de estilo se replican en otros cines que hace rato bajaron sus persianas: el Majestic, en 24 de Septiembre al 600, y el Broadway (que después se llamó San Miguel), frente a la parroquia del Corazón de María. Hermanadas desde lo arquitectónico, esas tres salas corrieron el mismo y forzado destino: reconvertirse. El Edison fue boliche; el Broadway, playa de estacionamiento; y en el Majestic -cerrado en 2008- despuntan los emprendimientos comerciales.

Cuando se habla de cines, además del valor edilicio hay un patrimonio inmaterial que suele quedar olvidado. Como último eslabón de una industria que se reconoce como auténtica fábrica de sueños, en las salas queda impresa la huella de los pueblos porque son cajas de resonancia de todas las emociones imaginables. De allí la pena que genera comprobar cómo los cines pierden su razón de ser cada vez que los usan con otros fines. Nacieron para alimentar la imaginación de la mano del arte y terminan siguiendo los dictados del mercado. No hay ejemplo más doloroso en Tucumán que el del Gran Splendid -luego Parravicini-: antes del trágico final llegó a ser aguantadero de inmigrantes ilegales.

La excepción a esta regla es el magnífico edificio del Plaza, obra de Alberto Prebisch, el único que se salvó de la decadencia gracias a su reconversión en Teatro Mercedes Sosa. El resto es historia. La demolición del complejo Metro-25 de Mayo dio lugar al hotel Tucumán Center. Al frente, en la misma cuadra, el Rex -pegado al Centro Cultural Virla- también fue víctima de la piqueta.

En 9 de Julio primera cuadra se inauguró el primer cine de la provincia, el Moderno. Con el tiempo se llamó Candilejas. Imposible olvidar el mural pintado por Alicia Peralta en el hall, arrasado sin contemplaciones cuando la propiedad mutó de cine a estacionamiento. Lo irónico -mejor dicho, lo triste- es que durante mucho tiempo en la pared del fondo, entre autos que iban y venían, seguía recortado el espacio en el que funcionaba la pantalla. El Candilejas se mudó a Mendoza al 800, pero no duró tanto porque cerró en 2007 y en la planta baja las butacas fueron reemplazadas por las góndolas de un mercadito.

El Plaza tuvo una etapa como templo evangélico y el mismo camino siguió el cine Reggio de la avenida Sarmiento. Por el Belgrano, en la vereda sur de 24 de Septiembre al 1.000, frente a la Sociedad Italiana, pasaron toda clase de emprendimientos, hasta una tintorería. Donde funcionó el Novel, de Villa 9 de Julio (25 de Mayo y Uruguay), hoy se venden alambres. En algunos casos se mantienen los perfiles edilicios; en otros el rastro se perdió por completo y el cine sólo vive en la memoria de los vecinos. ¿Cuántos se acuerdan del Casablanca, en Crisóstomo Álvarez al 400?

Como marcas identitarias de la capital, los cines cumplieron una función primordial. Se los señala con nostalgia, mientras a los más jóvenes les resulta difícil concebir que se veían películas en el corazón de los barrios tradicionales: desde la plazoleta Mitre (el Mitre) a la plazoleta Dorrego (el Independencia, donde hoy funciona el bailable Qué Época). Desde Villa 9 de Julio (el Ocean, el 9 de Julio, el Fénix) a Villa Alem (el Florida, el cine El Cruce, el Roma). Había salas en Ejército del Norte al 1.000, en Viamonte al 1.500, en la avenida Colón -apenas pasando la esquina de Crisóstomo Álvarez- y en El Bosque (el cine Luján). Y también los parroquiales -con el Tulio y el Fátima a la cabeza-, más los habilitados en los centros vecinales, que se armaban al aire libre. Y hasta el inolvidable autocine Monumental, en la esquina de Floresta. No tan lejos de allí, sobre la Mate de Luna, el cine Libertador también tuvo destino de boliche (la versión vernácula de New York City), mientras hoy adoptó la forma de un salón para fiestas infantiles.

Como principales fuentes de entretenimiento, reinando durante décadas, las salas se multiplicaron por toda la provincia. La de la Sociedad Española de Tafí Viejo, por ejemplo, resucitó gracias al Espacio Incaa. Y sigue siendo un misterio el Astral, frente al mástil de Yerba Buena, tapiado desde hace un montón de años. Es que montar un cine era un muy buen negocio, hasta que los cambios en los consumos culturales movieron la aguja. El videocasete y su heredero, el DVD, más los canales especializados de cable, llevaron las películas a los hogares. Y nada fue lo mismo, más allá de que la experiencia de “ver cine en el cine” siga siendo absolutamente incomparable.

Hace 50 años, cuando el hombre llegó a la Luna, funcionaban en la Capital 20 salas. Así lo registraba la cartelera de LA GACETA. Lo llamativo es que hoy, entre San Miguel de Tucumán y Yerba Buena, son 21 las salas habilitadas. La diferencia es que antes había una por edificio, ahora son muchas concentradas en complejos, con el agregado del desplazamiento de los shoppings a Yerba Buena. De aquellas 20 salas queda una en actividad, aunque con diferente nombre (Capitol pasó a ser Atlas). El 20 de julio de 1969, mientras Neil Armstrong descendía del Apolo XI, podía verse allí la película “Asalto en Las Vegas”. Mientras, en el Edison daban “Desnuda en la arena”, protagonizada por “la escultural Isabel Sarli” (textual de la propaganda original). Reminiscencias de un Tucumán que va quedando demasiado lejos, diluyéndose, ladrillo a ladrillo.

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