Feriados patrios que invitan a la reflexión

09 Jul 2019

No todo en la vida es trabajo. “Hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar”, suelen decir los abuelos. Muchos siglos atrás, el hombre ya buscaba alternar sus tareas con el esparcimiento o sus creencias religiosas. Ese fue quizás el origen del feriado, participo del verbo feriar, que proviene del latín feriari. El “feriatus die” significa día de descanso, de reposo, de fiesta, de regocijos públicos. En la antigua Roma recibían el nombre de días nefastos, es decir festivos, en contraposición a los fastos, que eran las jornadas laborables.

En el siglo XIX, Bernardino Rivadavia, por entonces ministro del gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez, dictó un decreto -el 31 de agosto de 1821- por el cual se restringían los feriados a las festividades religiosas, y al 25 de Mayo y al 9 de Julio.

Con el correr del tiempo, se fueron sumando otras festividades patrias. Muchas de ellas eran abordadas en el calendario escolar.

“La mañana está de gala, nuestra patria está de fiesta. ¡Nueve de Julio...! la brisa, el sol, el aire, la tierra y mi corazón que luce, gallarda, la escarapela”, dice el fragmento de un poema incluido en el libro de lectura “Bichitos de luz, de 2° grado, en la década del 40. Algunas de las fechas patrias son preparadas por los docentes con varios días de anticipación y contemplan desde escenas personificadas por los mismos chicos con vestimenta acorde, a danzas y recitados de poemas. Los padres suelen participar con entusiasmo en estos preparativos.

En la medida que nos vamos haciendo adultos, da la impresión de que poco o nada nos interesa el motivo de un feriado patrio. En general se piensa en cómo aprovecharlo para recrearse, distenderse, en viajar, pero pocas veces meditamos sobre la significación de la fecha.

Se cumplen hoy 203 años de la declaración de nuestra Independencia; sería interesante si en familia se pudiese reflexionar, aunque más no fuera un momento, acerca del motivo del feriado de hoy. El 9 de julio de 1816, un puñado de patriotas, en representación de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en la casa de Francisca Bazán de Laguna, en San Miguel de Tucumán, decidieron “romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”. Esta decisión implicó el paso más importante que dimos para constituirnos como nación, aunque para llegar a la unidad debieron transcurrir varios lustros.

No está mal que se piense un feriado como una jornada de esparcimiento, pero al mismo tiempo sería positivo reflexionar no solo sobre el hecho que se evoca, sino también relacionarlo con la realidad que vivimos cotidianamente. De ese modo, la celebración adquiriría un sentido y además reforzaría el sentimiento de pertenencia hacia este país, cuya dirigencia pareciera incapaz de dialogar civilizadamente, de acordar, de unirse para trabajar por un proyecto común que nos empuje permanentemente a crecer.

Hace 203 años, 29 diputados -varios tenían una visión diferente acerca de cuál debía ser el futuro y algunos, pensaban en otras formas de gobierno- fueron capaces de zanjar sus diferencias y mirar hacia la misma dirección. Los feriados patrios deberían servir para evocar el compromiso de nuestros patriotas y pensar qué hace cada uno de nosotros para mejorar la comunidad de la que somos parte.

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