Jaguares, la figura es el equipo

30 Jun 2019 Por Ezequiel Fernández Moores
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FIESTA. En el estadio de Vélez una multitud siguió las alternativas de un partido en el que la franquicia argentina se lució. prensa uar

Me quedo con un momento de la gran noche. Sucedió a los 62 minutos. Matías Orlando, figura del partido, embiste contra rivales y compañeros en su carrera al try. Ya dentro del ingoal parece inevitable que apoye. Por un lado, porque el fullback australiano Tom Banks lo toma del cuello en peligroso tackle alto. Y, por otro, porque Sebastián Cancelliere abre sus brazos para iniciar el festejo. El try definía de una vez por todas la batalla. Colocaba el tanteador 32-7 con apenas 18 minutos por jugarse. Clasificaba a los Jaguares a la histórica final del Super Rugby. Más de 30.000 personas estallaban felices. Todos menos Orlando. El tucumano se reincorporó y, pelota en mano, retomó una breve carrera. Se olvidó de tackles altos rivales, abrazos propios y festejos anticipados. Eligió apoyar debajo de los palos para facilitar así la conversión de Joaquín Díaz Bonilla. Jaguares dio fiesta el viernes pasado en la cancha de Vélez. Pero siempre fue un equipo serio. Lo es desde hace tiempo.

Recuerdo jornadas de rugby más dramáticas. Desde viejos partidos de Los Pumas en la cancha de Ferro. O con más ruido en las tribunas, como alguna noche en River Plate. Pero no recuerdo haber estado presente jamás en una exhibición tan sólida de un equipo argentino ante una potencia extranjera como la victoria 39-7 ante los australianos de Brumbies, que valió un boleto inédito a la final del Super Rugby. No recuerdo haber asistido a 20 minutos (los iniciales) tan extraordinarios. Sin un solo error. Y aprovechando la más mínima falla rival para someter. Parecían 15 All Blacks con camiseta argentina. Por supuesto que hubo algún bache, mínimo, y porque además es imposible jugar los 80 minutos al mismo ritmo. Pero fue demoledor. Porque en el segundo tiempo llegaron los tries de “Orlando Magic”, como le dijo un cronista. Y, porque, ya superconfiados por el tanteador y por el juego, Jaguares se soltó y ofreció maniobras de alto vuelo. Hubo hasta algún “momento Globbetrotter”, por la velocidad y magia con la que voló la pelota de mano en mano. Pero ni siquiera ese malabarismo quitó seriedad. Porque esa pelota bailarina permaneció siempre en manos de Jaguares. Y, porque, si se perdía, era recuperada al segundo.

Vélez fue una fiesta. En la previa, hubo que soportar el griterío infantil y excesivo de los presentadores. Dando hasta letra y melodía de lo que había que cantar. Casi nadie los siguió. La “orden” partió en pleno partido y no de un arengador. Salió de los propios jugadores. Y sin micrófonos gritones, sino con la pelota.

Si Orlando fue premiado como el mejor del partido, la gente le dedicó ovación personal a Matías Moroni. Había sido figura en cuartos de final ante Chiefs. Y el viernes, cuando el partido amenazaba complicarse, fue él quien tomó una pelota del piso, corrió veloz y dio el pase formidable para que Orlando apoyara su primer try. Ese try fue el final para la franquicia australiana, campeona del Super Rugby en 2001 y 2004 y que llegaba a su décima semifinal tras una racha de siete triunfos seguidos, récord inédito en su historial de Super Rugby. Es cierto, tras su gran victoria del sábado previo en cuartos, inició al día siguiente en autobús un viaje que, avión incluido, con dos escalas, demoró un total de 30 horas para tener que jugar apenas seis días después en Buenos Aires. Un exceso. Sufrió su peor derrota histórica en play-off de Super Rugby. Jamás nadie lo había aplastado así.

La figura es el equipo. Por algo, aún siendo la cuarta franquicia más goleadora y la cuarta con más tries en la fase regular, Jaguares no tuvo jugador propio dentro de los 10 primeros trymen del torneo. Porque los tries los reparte. Y porque la confirmación de la gran química interna la reportó el propio Orlando apenas terminó el partido. Orlando citó como jugador clave para la fortaleza anímica del plantel al santiagueño Juan Manuel Leguizamón, que ni siquiera estuvo en el banco.

Jaguares tiene jugadores de sobra. El que entra juega bien. El viernes, salieron los dos medios (el notable Tomás Cubelli y Díaz Bonilla, ambos excelentes) y sus reemplazantes (Felipe Ezcurra y Domingo Miotti) brillaron a gran nivel. Y el jugador clave para el último try de Emiliano Bofelli fue Julián Montoya, que había entrado por Agustín Creevy.

No es casual. Por un lado está el proceso dirigencial de un trabajo a largo plazo. Una coherencia que se mantuvo aún cuando fue necesario renovar la conducción técnica. El acierto del último cambio, Gonzalo Quesada, habla solo. Ayuda a pensar inclusive que estos Jaguares, de fuerte rotación a lo largo de todo el campeonato, no llegarán “quemados” cuando sean Pumas y jueguen el Mundial a partir de septiembre en Japón. Ya lo sabe Australia (Brumbies tiene a varios Wallabies). Y que se preocupen Francia e Inglaterra, rivales poderosos de Los Pumas en primera fase. A no apurarse. El sábado, final del Super Rugby en Christchurch, toca el bicampeón Crusaders, la franquicia más poderosa de Nueva Zelanda, patria de los All Blacks.

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