10 abordajes sobre las urnas

14 Jun 2019 Por Álvaro José Aurane
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1.- En horario con las estaciones del año y con los calendarios electorales, la clásica antinomia “peronismo versus antiperonismo” se va a cuarteles de invierno en este decisivo 2019. Ahora, entre los principales armados políticos nacionales, ya todos tienen su peronista en la fórmula presidencial. La voz latina “versus” marca una divisoria de aguas. Una fisura que se abre, con el cincel de la política, para dividir en dos orillas un proceso electoral en la búsqueda de que haya más electores en esta margen que en la otra. Esas hendiduras, que la ciencia política designa con la voz inglesa “clivaje”, van y vienen según las circunstancias. O mejor aún, se activan o se desactivan según el momento histórico.

Después de tres décadas y media de democracia, una primera premisa que merodea la conciencia y la experiencia de una porción sustancial de los argentinos es que con los gobiernos peronistas, a las clases medias no les va mal económicamente. A la calidad institucional, ciertamente, suele irle pésimo, y por eso los sectores medios tienen un margen de tolerancia de unos 10 o 12 años y después viran. Pero esos son dos carriles distintos. Por ende, enfrentarlos es una falsa dicotomía. La opción no puede ser “prosperidad vesus institucionalidad”. Ni “heladera versus Constitución”. Entonces el peronismo, cuando la crisis arrecia, deja de ser un signo a combatir por sectores cada vez más amplios.

De hecho, y luego de las traumáticas experiencias económicas de 1988-1989 y de 2000-2001 (ambas durante presidencias radicales), Cambiemos no planteó el “clivaje” clásico “peronismo versus antiperonismo” para llegar al poder en 2015. La divisoria de aguas fue “kirchnerismo versus antikirchnerismo”. Tan tajante que ni para Sergio Massa hubo excepción. Claro está, en ese momento, el PJ y los “K” eran una simbiosis. Ahora que a mucha clase media definitivamente no le va bien en lo económico con Cambiemos, la búsqueda de un compañero de fórmula peronista apunta a ofrecer una prenda en unidad con esos sectores sociales.

2.- La Argentina se define como una sociedad de clase media, básicamente, por el ciclo de crecimiento económico sostenido que, con altibajos, experimentó entre las últimas décadas del siglo XIX y 1976, para decirlo en términos del historiador Luis Alberto Romero en Sociedad democrática y política democrática en la Argentina del siglo XX. Esa larga bonanza hizo de este país una sociedad abierta a incorporar colectivos de extranjeros y a sumar grupos sociales internos de diferentes estratos. Consecuentemente, las crisis económicas generan cimbronazos sociales que van más allá de llegar o no a fin de mes. “La gente vota con el bolsillo” es un reduccionismo ideal para perder elecciones.

3.- Ahora, las divisorias de aguas que se ensayan presentan peronistas en las principales orillas de la mar electoral. Macri tiene un compañero de fórmula peronista. Cristina Fernández de Kirchner tiene un socio que también es peronista y kirchnerista. Y Roberto Lavagna armó yunta con el gobernador salteño Juan Manuel Urtubey. Cada cual planteará su clivaje, pero parado desde una costa en la cual la identidad peronista no es ajena. El Gobierno, claramente, se para desde una opción entre lo que llama “autoritarismo populista” o el “gobierno de la república”. Léase: “kirchnerismo vs. una coalición que incluye el peronismo republicano”. El kirchnerismo, por supuesto, plantea “gobierno del ajuste o gobierno para el pueblo”. O sea, “kirchnerismo vs. antikirchnerismo”. Y Lavagna y Urtubey, desde el nombre del espacio (“Consenso Federal”), plantean “grieta o tercera vía”. Es decir, “la crisis a la que llevan el populismo o el liberalismo vs. el peronismo con experiencia para sacar a la Argentina de la crisis”.

Estos “clivajes”, por cierto, no sólo operan sobre el electorado, sino que también están centrifugando a la propia dirigencia nacional. El “massismo”, ironizó alguien esta semana en Twitter, demostró ser el camino más largo para ir del kirchnerismo al kirchnerismo.

4.- Antes de la jugada Mauricio Macri -Miguel Ángel Pichetto como su compañero de fórmula, Tucumán ya había mandado al descenso a la fisura “peronismo versus antiperonismo”.

El binomio Juan Manzur - Osvaldo Jaldo ganó el domingo en las tres secciones electorales. Con tanta comodidad que Manzur ya volvió a lo que más disfruta, que es el buceo en la política nacional, y se puso a la vanguardia de los gobernadores peronistas que respaldan al binomio Fernández-Fernández, con el abrazo autorizador de Alberto.

Germán Alfaro, al mismo tiempo, logró con comodidad la reelección en la intendencia de San Miguel de Tucumán.

Manzur y Jaldo confirmaron, en las urnas (una encuesta con categoría de censo), que en la divisoria de aguas del “peronismo versus antiperonismo”, la mitad más uno está en la vereda donde los unos y los otros se tratan de “compañeros”. Lo cual habilita dos lecturas. La sentencia causalista sin margen de análisis referida a que esta provincia es empecinadamente peronista, por un lado. O, por el otro, el matiz crítico referido a que Tucumán no es antiperonista. Claro que hay minorías definitivamente antiperonistas, pero la sociedad confirma una elección tras otra que no le es hostil al justicialismo. No sólo ello: distingue distintos “grados” o “niveles” de peronismo, cosa que la retina maniquea no puede hacer: para el ojo gorila, todos los peronistas son iguales. Los tucumanos, el domingo, han dicho que no.

5.- Juan Manzur y Osvaldo Jaldo hicieron una gran elección en el Oeste. Y en el Este celebraron un resultado histórico. Pero en la capital, donde triunfaron con 97.200 sufragios (según los últimos datos del escrutinio provisorio), hubo dos peronistas más votados que ellos. Uno es Mario Leito, quien consiguió 100.800 votos. Y el otro, claro está, es Alfaro: logró 130.300. Todos estos peronistas consiguieron más votos que el binomio Silvia Elías de Pérez – José Manuel Paz, que reunió 91.500 intenciones.

Entonces, el número de capitalinos que vota al peronismo no sólo es mayúsculo, sino que se encuentra distribuido en todos los circuitos de la capital: micro y macrocentro, barriadas y periferia. Y por ende, en todas las clases sociales.

6.- La Capital desnuda como ninguna otra sección electoral que el “clivaje” entre “peronismo vs. antiperonismo” pasa a segundo plano. Lo contrario es el prejuicio, arraigado aún en sectores de la UCR, según el cual hay circuitos de San Miguel de Tucumán que son “radicales”. Una creencia desprovista de memoria histórica y certeza estadística: esas circunscripciones, desde 1991 hasta 2003, fueron tributarias de Fuerza Republicana, tal y como prueban las tres intendencias consecutivas de ese período. Y a no olvidar que en la votación de 2015 resultó ganador Antonio Domingo Bussi, detenido antes de asumir y luego condenado por la desaparición y el asesinato del senador provincial peronista Guillermo Vargas Aignasse durante el genocidio de la década del 70. Pero hay un segundo prejuicio solapado: la creencia de que al peronismo no pueden votarlo los sectores de ingresos medios y altos.

7.- Claro que a Alfaro le da un plus electoral formar parte de Cambiemos, y por eso se queda en ese espacio. Pero, por encima de ello, su gestión les dio a los sectores altos de la sociedad el salvataje de la Casa Sucar -hoy, Museo de la Ciudad- y el teatro Rosita Ávila, en el ex Abasto. Y Leito fue el referente de la Casa de Gobierno que a los sectores medios urbanos asalariados en el Estado les da, año tras año, una “cláusula gatillo” salarial. Eso, al equiparar los salarios con la inflación, cubrió la suba de la luz, del gas, de la nafta, del supermercado… Entre un candidato peronista y el otro sumaron, prácticamente, un cuarto de millón de sufragios. Se puede, legítimamente, no profesar ninguna simpatía por el peronismo, pero no entender las razones del voto peronista equivale a no estar preparado para enfrentarlo.

8.- Quien más claramente se plantó en la otra orilla de la división “peronismo versus antiperonismo” fue Fuerza Republicana. Y terminó tercera en la carrera por el sillón de Lucas Córdoba, justamente porque ese no era el “clivaje” para ganar. En todo caso, su declarada condición de anperonista le sirvió para forjar una identidad. Ello, junto con su pregón de mano dura contra la inseguridad (una divisoria de aguas en la que fue el más creíble) y su estrategia de listas únicas le permitieron crecer casi 10 puntos porcentuales respecto de los comicios de 2015. Ahora, Ricardo Bussi lidera la primera minoría legislativa. Y anunció a las cámaras de LA GACETA que también será candidato a diputado nacional.

La indefinición, por el contrario, le impidió al Frente Vamos Tucumán desarrollar una mejor performance electoral. Terminó segundo, pero sin enormes distancias de las otras fuerzas derrotadas y a una vertiginosa diferencia de 30 puntos del Frente Justicialista por Tucumán. Penduló entre la “revolución de los corazones” y las denuncias de corrupción. Deshojó la margarita respecto del binomio. Definió la fórmula a sólo dos meses de los comicios, cuando el oficialismo lo había hecho el 17 de octubre de 2018. Rechazó los acoples para después abrazarlos. Y hasta cambió el nombre de “Cambiemos”. La claridad es el requisito indispensable para cualquier campaña.

9.- A 40 puntos de distancia de la fórmula Manzur-Jaldo, y a 26 puntos de diferencia de las encuestas de Isonomía que lo daban ganador, el binomio José Alperovich-Beatriz Mirkin terminó cuarto. El alperovichismo terminó siendo velado en las urnas, en primer lugar, porque su salida por fuera del PJ (el partido con el que forjó la sociedad más electoralmente temible de la histórica democrática tucumana) lo mostró como un espacio dispuesto a ejercer “poder de daño” antes que a buscar poder político. Otra vez: el “antiperonismo”, por este año, no “cliva” en Tucumán. Por cierto, los alperovichistas que prometieron revanchismo desde los lugares de la administración pública que aún ocupan deberían, por estas horas, comenzar a perderles cariño a esos cargos…

El alperovichismo, además, subestimó al peronismo tucumano, al creer que podía enfrentarlo exitosamente en soledad. Lo que implica que el alperovichismo sobreestimó, hasta el paroxismo, su verdadera dimensión. Este es el corolario, en realidad, del menosprecio con el que, en el poder, el alperovichismo sopesaba a los dirigentes del PJ. La lectura común es que ni siquiera los legisladores y los intendentes tenían el menor poder electoral. Todos los votos eran de Alperovich, era el análisis soberbio que signó el período 2003-2015. Da la impresión de que no era exactamente así...

Pero ninguno de los errores de diagnóstico del alperovichismo fue tan letal como haber confundido la obsecuencia con la lealtad. Hay que ser peronista para notar la diferencia.

10.- Fue a votar el 85% de los empadronados. Lo que significa que, en este momento de la democracia, los tucumanos creen en la institución del voto. Esa es la buena noticia de estas elecciones. De este año. De esta provincia.

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