La catástrofe que estuvo a punto de cambiar nuestras vidas

31 May 2019 Por Guillermo Monti
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De las numerosas series que se estrenaron este año, “Chernobyl” es por lejos la mejor. En las entrañas de la factoría HBO disfrutan la confirmación de que la cadena sigue produciendo la mejor televisión, para preocupación de Netflix y más allá del enojo que a muchos fans les generó el desenlace de “Game of Thrones”. Esta noche se verá el cuarto de los cinco capítulos que conforman esta primera y única temporada. “Chernobyl” demuestra que no hay fantasmas, zombis ni vampiros capaces de rivalizar con el horror de la estupidez humana. Y, por sobre todo, subraya lo cerca que estuvimos de ser víctimas de una hecatombe de escala planetaria. El sufrimiento, el dolor, la muerte y la devastación esparcidos en torno a la planta nuclear pudieron haber llegado mucho más lejos, pero así como hubo culpables, aparecieron héroes -la mayoría anónimos- que evitaron el colapso total.

¿Qué tiene que ver con Tucumán la explosión de un reactor nuclear, ocurrido hace más de 33 años -el 26 de abril de 1986-? Fiel a los hechos, y esa es una de sus tantas fortalezas, “Chernobyl” nos saca de la zona de confort para propinarnos un cachetazo de realidad. Lo del aleteo de una mariposa que provoca un tsunami al otro lado del mundo no es cuento: si no se desató un invierno nuclear sobre Europa y la cuenca del Mediterráneo fue casi azaroso. Ni hablemos de la antigua Unión Soviética y de la zona del Báltico, que estuvieron a minutos de ser barridas por la radiación. Por el hecho de habitar el Cono Sur da la sensación de que los argentinos estamos a cubierto de las catástrofes globales, como si el almita gaucha que nos ampara fuera una suerte de garantía. Y que Tucumán no perteneciera a un ecosistema que va de polo a polo. Es una mirada chiquita de las cosas.

Hace no tanto tiempo...

Mientras en Chernobyl se desataba el infierno, Argentina disfrutaba la primavera alfonsinista, adornada poco después con una caricia al ego nacional: aquel Mundial ganado a caballo del genio de Diego Maradona. Las cosas se torcieron un año más tarde, producto de la nefasta Semana Santa carapintada y del comienzo del fin del Plan Austral. Los tucumanos habían descubierto en 1985 unos extraños papeles pintados, llamados a reemplazar los tradicionales billetes. Los bonos se quedarían en los bolsillos durante casi dos décadas. El 86 no fue un año de los buenos (¿hace cuánto que Tucumán no se ufana de gozar “un año de los buenos”?): el gobierno de don Fernando Riera entró en crisis y el juicio político sobrevoló su ascética figura. Había mucho de qué preocuparse.

Durante los días posteriores al accidente no se conocieron los detalles; mucho menos la gravedad del episodio. Al cerrojo informativo impuesto por el régimen soviético lo desmoronó la ciencia, porque apenas la radiación se extendió más allá de la Cortina de Hierro sonaron todas las alarmas. Los aparatos no mentían ni exageraban; Alemania y los países escandinavos fueron los primeros en detectar esa oleada mortal proveniente del norte de Ucrania. A la incredulidad siguió el pánico. En Chernobyl se había generado una grieta con línea directa al infierno.

Para aplaudir

El rigor histórico de la serie es admirable. También sus méritos formales, a partir de una narración propia de un thriller intenso y apasionante. La estética de “Chernobyl” es de un gris tan intenso y omnipresente como ese cielo en el que jamás asoma el sol. Es un universo carente de color y de sonrisas, un micromundo en el que la vida se soporta, no se disfruta. Todo es gastado, reciclado, un poco sombrío. Los interiores de la central nuclear resultan idénticos a los despachos oficiales, de una precariedad absoluta. En ese sentido, el accidente sirve como metáfora de otro desmoronamiento: el del régimen soviético. Lo destacable es que la serie hace política legitimada por su propia honestidad intelectual. No hay panfleto ni denuncia en “Chernobyl”, basta y sobra con contar lo que pasó.

El accidente fue producto de una prueba mal realizada, pero más peligrosa que la mala praxis de los ingenieros a cargo de ese fatídico turno resultó la necedad de los burócratas empeñados en disimular lo indisimulable. Culpables, por supuesto. Toman el lugar de los villanos en esta historia, contrapuestos a una amplia galería de héroes: los tres obreros que se jugaron la vida evitando que el incendio se propagara; los bomberos y soldados que lucharon contra el fuego; los mineros que cavaron bajo el reactor para instalar un dispositivo de enfriamiento. Hombres comunes convocados a desempeñar misiones excepcionales.

Algo más sobre “Chernobyl”. No es imprescindible contar con un reparto de estrellas para asegurar un éxito, pero sí hacen falta grandes actores, como Jared Harris (el experto Valery Legasov), Stellan Skarsgård (Boris Shcherbina, el político que cargó con la responsabilidad de contener el desastre) y Emily Watson (la ingeniera Ulana Khomyuk, una mente clara en medio del caos). Legasov y Shcherbina tomaron las decisiones más difíciles y arriesgadas. Eran los únicos -sobre todo Legasov- que se animaban a explicarle en la cara a Mikhail Gorbachov lo que estaba pasando, mientras ministros y militares los escuchaban con cara de piedra. Y al tiempo que Legasov y Shcherbina luchaban contra un inminente holocausto nuclear, la KGB les pisaba los talones. Ambos murieron pocos años después del accidente, envueltos en la tristeza y el dolor.

El horror

Este es uno de los puntos más controvertidos, entre los numerosos cabos sueltos que dejó lo sucedido en Chernobyl. Hay mucho de leyenda urbana en cuanto a las consecuencias del accidente, más propios de la fantasía y el terror que de la ciencia. Como consecuencia directa de la explosión murieron 31 personas y fueron evacuados cerca de 120.000 pobladores. Prípiat, ubicado a 18 kilómetros de la central nuclear, se convirtió en un pueblo fantasma. Los materiales radiactivos liberados durante la explosión superaron 500 veces los generados por las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. De las cinco millones de personas que vivían en el área contaminada, cerca de 400.000 residían en zonas de altísimo riesgo. No hay un registro preciso acerca de cuántos de los afectados -y sus descendientes- padecieron cáncer o cualquier otra enfermedad derivada de la radiación. Se descuenta que son miles.

Chernobyl es hoy un páramo, cerrado a los visitantes en un perímetro de 30 kilómetros a la redonda de la planta nuclear. La estructura está cubierta por un “sarcófago” de cemento, renovado hace pocos años y que debería durar hasta bien entrado el siglo XXII. Pero las lecciones que Chernobyl le enseñó a la comunidad internacional no sirvieron de nada en Fukushima, porque el accidente registrado en esa central atómica el 11 de marzo de 2011 generó idénticas consecuencias. El desastre de Fukushima -provocado por uno de los terremotos que habitualmente sacuden a los japoneses- quedó acotado gracias al viento, que se llevó el 80% de la nube radiactiva al océano Pacífico.

Los unos y nosotros

Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia, China, Israel, India, Pakistán y Corea del Norte son los países que cuentan con armas nucleares. Hasta el momento, los únicos que las usaron sobre objetivos civiles son los estadounidenses. El uso de los reactores atómicos para generar energía es otro cantar: están diseminados por numerosos territorios, en los cinco continentes. Argentina hizo siempre una bandera del uso de la energía nuclear con fines pacíficos y así lo ratificó con sus posturas en todas las conferencias sobre desarme a las que le tocó asistir. El trabajo en las centrales de Atucha I y II y de Embalse está orientado en ese sentido. Y vale apuntar que también fuimos escenario de un accidente, el 23 de septiembre de 1983 en el Centro Atómico Constituyentes (Buenos Aires). Murió un operador.

El día a día es un camino cuesta arriba, cargando una mochila que obliga a mirar al suelo. Entonces es imposible divisar el horizonte. Cuando la vida queda encapsulada en esos términos todo resulta abrumador, determinante. Las necesidades del hoy, del ya, parecen quitar la respiración. Hasta que una serie de TV regala la oportunidad de posicionarse ante el mundo de otro modo. Nada es tan urgente como parece ante la certeza de que hay variables inmanejables y capaces de dejar al descubierto que lo crucial es en realidad pasajero. Si en Chernobyl un grupo de héroes iluminados no hubiera actuado a tiempo, ¿qué sería de nosotros? Entonces, ¿que tiene que ver “Chernobyl” con Tucumán? Todo. Es la más descarnada prueba de nuestra fragilidad.

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