EN EL LIVING DE SU CASA. Lucía Piossek Prebisch, de 93 años, conversó con LA GACETA en su hogar; repasó aspectos de su vida y su pensamiento. LA GACETA / FOTO DE HÉCTOR PERALTA.-

(Por Hernán Miranda) Fox y Lina, los perros de Lucía Piossek Prebisch (San Miguel de Tucumán, 1925), reciben alegremente a LA GACETA cuando ella abre el portón de su jardín. Risueña y serena, Lucía sonríe y saluda. Y un momento después, ya en el living, se muestra tan jovial y plena como Fox y Lina. “¿Una cervecita, papas fritas?”, ofrece.
En las paredes de la sala de su casa, que es tranquila, silenciosa, cuelgan varios cuadros; entre ellos, a este periodista le llama la atención una pintura del escritor francés Albert Camus, de dos Camus enfrentados. “¿Ha visto ese dibujo? -pregunta Lucía-. Es una representación de Camus que me regaló una alumna. Durante mucho tiempo no la tuve encuadrada ni colgada porque a mi marido le gustaba la imagen pero no la interpretación, porque él veía a Camus en una lucha interna consigo mismo… Fíjese qué dibujo tan profundo”.
En ese instante resulta maravilloso cómo, a los 93 años, esta profesora de filosofía aún conserva la lucidez de su juventud. Cuando comienza la charla, que durará más de una hora, ella obliga al entrevistador a descartar el cuestionario que había preparado e improvisar: “de mis estudios -suspira- ya me han preguntado tantas veces… Por eso quisiera hablar de hechos que, como decía (Hans-Georg) Gadamer, me removieron el pozo de los recuerdos”.
-Hace unos días viajó a Mendoza por los 70 años del primer Congreso Nacional de Filosofía...
-Fue una cosa muy linda, porque debo ser la única persona sobreviviente que asistió a ese congreso. Entonces ahora me invitaron con mucho afecto y me dijeron que hablara de lo que quisiera. Y a mí se me ocurrió contar la experiencia que recuerdo. Yo era muy jovencita, hacía poco que me había recibido, y fui a este congreso que concitó a personalidades internacionales. Había surgido como una cosa sencilla, pero después, no sé cómo, (Juan Domingo) Perón tomó la idea. Él, que había dicho hacía poco: “alpargatas sí, libros no”, mandó mucha plata y mucho apoyo. Entonces no solamente fue un congreso de Mendoza, sino que fue el Congreso Nacional de Filosofía, y además fue internacional, porque vinieron (algunas) de las figuras más importantes de Europa: de Inglaterra, Alemania, Francia e Italia, y de Estados Unidos y Latinoamérica.
-¿Quiénes vinieron?
-Bueno, para darle una idea: Nicolai Hartmann y Gadamer. También estaban invitados Gabriel Marciel y Martin Heidegger, pero no pudieron venir. En el año ‘95, cuando tenía 95 años, porque tenía la edad del siglo, Gadamer escribió sobre el Congreso del ‘49, y yo me pregunté: ¿por qué ese recuerdo tan agradecido de Mendoza? Bueno, él dice: “fue la primera vez, después de la Guerra, que los filósofos alemanes pudimos salir al mundo”. Era una cosa que resultaba bastante conmovedora, porque los ocho grandes filósofos alemanes que vinieron estaban vestidos pobremente, con zapatos viejos. Y la primera vez que pudieron salir de Alemania fue con una invitación oficial de nuestro país. Eran los últimos años, diría yo, de la Argentina opulenta. No nos gustaba Perón, pero no nos imaginábamos que después la Argentina tuviera que padecer tantas cosas injustas, ¿no? No nos lo imaginábamos.
-Pasaron tantas cosas injustas. ¿Cuál debería haber sido entonces la postura de los filósofos?
-Mantener el sentido crítico. Preguntar hasta dónde se es justo y dónde se empieza ya a manipular la dignidad humana. Todos los movimientos violentos revolucionarios, como dice Camus en el “El hombre rebelde”, tienen un origen noble: quieren eliminar la injusticia y defender la libertad humana. Pero es muy fácil que olviden sus orígenes y sacrifiquen al hombre presente en orden de un imaginado hombre mejor del futuro. Entonces ese era el problema del filósofo: hasta qué punto ese movimiento generoso que es la révolté se pone en contra del hombre presente.
-En la época en que usted estudió, la filosofía era una actividad masculina. ¿Qué novedad trajeron las mujeres?
-Habría que hacer un balance, porque es una cosa todavía muy reciente. Yo creo haber hecho una pequeña contribución cuando me pregunté: “¿qué pasa con la experiencia del cuerpo para la mujer en la maternidad? ¿Hasta qué punto es suyo el cuerpo? ¿Hasta qué punto no es suyo?”. Fíjese que esta pregunta por el cuerpo de la mujer joven actualmente es motivo de discusiones en el Congreso de la Nación y de declaraciones de la Iglesia. Pero ese no era el tema que quería tocar hoy. Me gustaría hablarle un poquito del Coro Universitario, porque han salido dos notas en LA GACETA sobre Violeta Hemsy, la música tucumana, que me hicieron acordar del Coro. Yo fui una de sus fundadoras, ¿sabe?
Una noche de 1945, cuando todavía era estudiante, Lucía tuvo la idea de crear un coro universitario y se puso en contacto con Álex Conrad, entonces director de la Academia de Bellas Artes, que se ofreció a ponerlo en marcha. “Aquí tengo una foto -muestra Lucía- de las que fuimos las fundadoras del Coro. Yo soy la segunda de la izquierda”. La imagen, en blanco y negro, muestra a una Lucía joven, enérgica, esbelta, alegre: no tan distinta, en realidad, a la de ahora.
-Usted ha escrito sobre el afecto a los ancianos, sobre la ternura que se obstina en que la persona amada siga siendo lo que ha sido. A los 93 años, ¿cómo lo vive?
-Nunca me había hecho esa pregunta, porque yo misma me sorprendo de tener 93 años. Por ahí me digo: “no, no puede ser”. Pero noto eso que me recuerda usted del amor ternura: lo tengo de mis hijos. No me tratan como a una vieja, pero evidentemente quieren que yo siga siendo lo que fui. Aunque ya una es distinta. Pero el cuidado, las cosas que a una la enternecen… A pesar de todos los bochinches que a una le pasan en el orden personal, de las injusticias en el orden social, político, cuando terminé mi autopresentación dije: “creo que puedo dar gracias a la vida”.
Lucía cuenta que hoy no solo recibe ese amor ternura de sus hijos: también tiene el de sus antiguas alumnas. Algunas todavía la visitan, todavía le escriben. “Estos días -relata- me puse a buscar unas fotos que me pidió una ex alumna, Cristina Bosso, y encontré un montón de cartas. Y cada carta es… ¿cómo decirlo? Cada una de las cartas que veía era una parte de mi vida y una parte de la vida de quien la había escrito. Entonces empecé a pensar que ya nadie escribe cartas y realmente me dio pena...”.
-Usted habla de cosas tan humanas: del amor, de las cartas, pero hoy asistimos a una discusión sobre la función de las humanidades en la sociedad. Hay quien las ve como actividades parasitarias. ¿Qué se le puede contestar?
-Si la pregunta es para qué sirven las humanidades, en qué son útiles las humanidades, entonces la respuesta es que no son útiles, sino que son necesarias. Son necesarias para la política, para la vida en común, porque son las humanidades las que piensan en la libertad, en la dignidad humana, en la justicia. Lo útil está finalmente destinado a simplificar la vida, a hacerla más sencilla. El lavarropas, el lavavajillas, la computadora hacen la vida sencilla. Cuando uno aprende a manejarlos, claro (risas). En cambio, las humanidades no simplifican la vida: al contrario, la hacen más compleja. Pero también la muestran mucho más rica y mucho más digna de ser vivida. Después de que uno lee a (William) Shakespeare, de que uno lee a (Jorge Luis) Borges, no sigue siendo el mismo. Ellos no nos simplifican la vida, pero le dan otra perspectiva, sin la cual quizá no vale la pena vivirla.







