Los mercados sin vergüenza

27 Abr 2019 Por Federico Türpe
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AMBIENTE LIMPIO Y AGRADABLE. La remodelación integral del mercado de San Nicolás costó sólo $ 16 millones. FOTO GENTILEZA DIARIO LA NACIÓN

“Se cumple este fin de semana la etapa inaugural de las ferias francas, cuyo funcionamiento en distintos barrios de esta ciudad ha sido jubilosamente recibido por todo el vecindario. Los precios económicos a que se vende la mercadería, han servido para demostrar -al mismo tiempo- la ventaja del sistema y los manejos fraudulentos de los intermediarios, que encarecen artificialmente los precios en el proceso de comercialización. El éxito de la venta directa al público ha liberado igualmente a muchos productores del monopolio de quienes, muellemente ubicados tras un escritorio o en una mesa de café, digitan telefónicamente, por control remoto, los precios a los que hoy saldrá a la venta tal o cual artículo de consumo, haciendo jugar despiadadamente las necesidades populares en beneficio propio”.

Dos cosas nos causaron sorpresa de este primer párrafo del editorial de LA GACETA del 7 de agosto de 1971. La primera, que pareciera haber sido escrito ayer, porque casi 50 años después las prácticas especulativas en la formación de precios en favor de los intermediarios siguen intactas; y la segunda, que ya en el 71 -y que nos excusen por la ignorancia- se hablaba de “control remoto”, incluso como metáfora de consumo masivo. Los controles remoto como hoy los conocemos datan de fines de los 70. Pero este es otro tema.

Y proseguía el editorial: “Lo acertado de la decisión municipal ha merecido el elogio unánime de la población, que se ha volcado masivamente en los puestos de venta, atraída por la lista de precios mínimos que, cotejados con los de cualquier negocio, resultan elocuentes. Y no es del caso argumentar que la Municipalidad puede hacer lo que no puede el comerciante común, por cuanto no se paga impuestos a sí misma y porque impera la libre oferta y la demanda. Porque el límite de la libertad o el peso de los gravámenes nunca han sido tan confiscatorios como para esquilmar la economía popular, que es -en último caso- sobre la que verdaderamente recae el fin del proceso”.

Y más adelante se subrayaba: “Las ferias francas, con su sistema de venta directa bajo control municipal, han venido a demostrar que se puede vender barato sin perder plata. Han venido a constituir así un minimercado al alcance del vecino, que en estos últimos días ha prescindido de la verdulería, donde por una rebanada de zapallo se llega a pagar lo que en el Mercado de Abasto cuesta un zapallo entero, o por una docena de mandarinas lo que vale un cajón…”

Y así continúa este editorial elogiando la función de los mercados municipales y de las recientemente inauguradas ferias francas y denostando en duros términos las prácticas “usurarias” y la “delincuencia comercial” a la que los intermediarios someten a los hogares, sobre todo a los más humildes.

Medio centenar de bocas

El sistema de ferias francas se inició a principios del 71 y a finales de ese año ya funcionaban, sólo en la capital tucumana, más de 40. Luego se extendió a varias otras ciudades de la provincia.

Con la inauguración de un nuevo mercado municipal, el 12 de noviembre del 71, en avenida Avellaneda 663 (hoy Dirección de Tránsito), había en ese entonces al menos siete mercados municipales en la ciudad, además del Mercado de Abasto. Decimos que al menos porque es lo que hemos podido corroborar en el archivo del diario, aunque algunos memoriosos aseguran que había más.

Vale destacar que al acto de apertura de este nuevo mercado asistieron el gobernador Oscar Sarulle y el intendente José Garzón, ambos con sus gabinetes en pleno.

“Entrego en su persona a los habitantes de la ciudad esta realización que es idea y perseguido objetivo suyo. Nosotros, desde la Municipalidad, no hemos sido más que el brazo ejecutor. Recíbala usted sin vago halago, seguro que es otra feliz acción de gobierno”, dijo Garzón en un pasaje de su discurso, refiriéndose al gobernador Sarulle, quien se encontraba a su lado. Un gesto inimaginable en la rastrera y mediocre política actual.

Para comprender el contexto histórico que rodeaba este auge de ferias francas y mercados municipales, hay que recordar que un año atrás, en junio del 70, había renunciado, en forma humillante, echado por la junta militar, el dictador Juan Carlos Onganía, quien después de cuatro años de gobierno dejaba un país quebrado y de rodillas ante la violencia política.

Era el principio del fin de la “Argentina potencia” y el comienzo de la “República perdida”, de la crisis estructural que perdura hasta hoy, claro que agravada año tras año, por una gestión más inepta que otra.

Después del fracaso de Onganía, todos los índices estructurales del país fueron a la baja; el único que nunca dejó de crecer fue el presupuesto de la política y su pasmoso entorno de autos de lujo, choferes, aviones, helicópteros, guardaespaldas, secretarios, viáticos y presupuestos millonarios, tan millonarios como los empleos que dependen del Estado: más de cuatro millones, más otros dos millones -se estima- en negro. En este contexto, los mercados y las ferias ocupaban un lugar central en la economía de los hogares, porque las familias podían hacerse de productos frescos y baratos, a no más de dos o tres cuadras de casa, sin hacer colas ni perder tiempo.

Una ciudad vibrante

En la misma página donde se contaba la inauguración del nuevo mercado de avenida Avellaneda, se informaba que la calle Bernabé Aráoz sería convertida en avenida de doble mano, entre Crisóstomo Alvarez y avenida Roca, y se ilustraba con una foto del comienzo de las obras.

Pese a los conflictos políticos y económicos, era una ciudad vibrante, con más de 20 proyectos en ejecución en forma simultánea. Por ejemplo, mientras se abrían mercados y se ampliaba Bernabé Aráoz, se modernizaba íntegramente avenida Mitre, desde la plazoleta homónima hasta 24 de Septiembre; también se estaba llevando a cabo el ensanchamiento de la avenida Salta, a la vez que comenzaba a agrandarse la avenida Mate de Luna, entre Güemes y Fray Cayetano Rodríguez (unas 18 cuadras), obra que se ejecutó en diez meses. Todo eso el mismo año.

La primera feria franca se inauguró oficialmente -venía funcionando desde hacía un par de meses- el 4 de agosto de 1971, en Lavalle y 9 de Julio, donde hoy opera la sede municipal. No era más que una decena de puestos, dos de carne, dos de frutas y verduras y otros de ramos generales.

Al día siguiente se inauguraron dos más, una en Cuba y Avellaneda y otra en Castro Barros y Perú.

Esa misma semana se abrieron ferias en Bernabé Aráoz y Rondeau (Barrio Sur), Asunción, entre España y avenida Belgrano (barrio El Bosque), Juan Posse y Juramento (estadio de Sportivo Guzmán, en Villa 9 de Julio), Sargento Cabral y Don Bosco (Villa Luján), Bulnes y avenida Belgrano (barrio Güemes), Chacabuco e Inca Garcilaso (barrio Judicial), avenida Independencia y Colón (barrio Victoria), entre otra decena.

A partir de 1972 la ola feriante se extendió hacia otras ciudades tucumanas.

El bueno (y barato) ejemplo porteño

“Hace varias décadas, las ferias y mercados callejeros supieron ser parte de los circuitos de Buenos Aires, hasta que fueron desplazados por supermercados y polos gastronómicos. Pero un rápido recorrido por el mundo deja en claro que los mercados actuales están en auge, atrayendo locales y turistas por igual”, escribió en el diario La Nación el periodista Rodolfo Reich. Es que el gobierno de la ciudad porteña inició en 2017 un plan de recuperación de los mercados barriales. Ya se reinauguraron cuatro: el de Belgrano (Juramento 2501), el de Primera Junta (Rojas 11), el de Bonpland (Bonpland 1.660), y el de San Nicolás (Córdoba 1.750), que abrió sus puertas hace unas semanas. Otros se modernizaron o simplemente remozaron, como el Patio de los Lecheros, en Caballito.

El objetivo es el mismo de siempre: recuperar edificios históricos en ruinas y mugrientos, generar nuevas fuentes de empleo y posibilitar a los vecinos acceder, cerca de casa, a productos frescos y más baratos, sobre todo cuando la economía no está dando respiro.

Desde el gobierno porteño estiman que en los mercados barriales, los precios, como por ejemplo el pollo, son hasta un 20% más bajos que en las grandes cadenas.

La restauración del mercado de San Nicolás, que originalmente tenía 135 puestos y hoy funcionan la mitad -más que el Mercado del Norte- costó sólo 16 millones de pesos. No es lujoso, pero es limpio, huele bien, es muy bonito y ofrece una oferta muy variada. Las obras incluyeron la refacción de techos y estructuras metálicas, la construcción de nuevos sanitarios, pisos, revestimientos e instalaciones de gas, agua y electricidad.

Diversificaron las propuestas, respetaron los contratos con los pocos puesteros que aún quedaban y concursaron el resto.

Además le agregaron otros atractivos, como un patio de comidas, y en el primer piso un espacio de coworking (un lugar donde profesionales independientes o pymes convergen y comparten un espacio laboral físico, aunque también puede ser virtual), y un taller de alimentación saludable, nutrición, y de asesoría en las compras.

¿Por qué Tucumán no puede replicar estos ejemplos que funcionan exitosamente en todo el mundo?

Reabrir la decena de mercados municipales, o levantar nuevos, y refundar las ferias francas barriales (funcionaban de lunes a viernes, de 8 a 12, y luego se despejaban calles y veredas), significaría la creación automática de miles de puestos de trabajo genuinos y un gran ahorro para los vecinos, sobre todo en los barrios más populares.

Dieciséis millones costó remodelar el mercado de San Nicolás en 10 meses. Es lo que gasta nuestra Legislatura en un día y medio, o la mitad de lo que costó el Festival de la Luna en 2017 al que no fue casi nadie, o el 10% de lo que sale una campaña para la gobernación.

Es decir, no falta dinero, por el contrario, sobra. Lo que no sobra es vergüenza.

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