Notas publicadas a lo largo de cuatro décadas

21 Abr 2019
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TÉLAM

Dicen los que saben que en la vida se destacan los distintos. Aquellos que ante la masa espesa, enorme, condenada, consiguen otra cosa, un nuevo resultado, una mirada no vista. Dicen los que saben que hay tiempos, quizá excepcionales, en que entre los distintos sobresale uno. En la segunda mitad del siglo XX, en años en que el periodismo parecía una profesión de cuentos, miles se anotaron en las universidades y salieron al mundo y se integraron a las redacciones y crearon nuevos medios y se propusieron contarlo todo. Muchos de ellos son hoy parte de la historia de la región, precursores de estilos, corrientes. Y entre todos se asomó un distinto. Un joven colombiano nacido en un pueblo con sol en la sangre y sudor en los músculos que comprendió que el periodismo no es sólo el destape de la corrupción, el seguimiento de un asesinato, el devenir de un presidente o una tragedia natural.

Gabriel García Márquez entendió que una historia simple puede ser la adecuada si se la mira como se debe, como si jamás antes hubiese sido vista, y si se la escribe bien. Detestablemente bien. “Gabo” fue el hombre que ganó el Premio Nobel por una de las novelas más hermosas de la literatura latinoamericana y también el trabajador del papel que nunca falló con una entrega. Que tomó prestadas vidas reales para indagarlas, retorcerlas, descuajarlas, entenderlas, a ellas, al mundo. Su libro El escándalo del siglo, prologado por Jon Lee Anderson, es prueba de que él nunca se sintió más escritor que periodista.

Se trata de 50 textos (notas, columnas, crónicas, reportajes, perfiles) que muestran la vida en Caracas cuando falta el agua, el impacto de la muerte de John Lennon, a un hombre que corta barbas, a un niño mordido por un perro rabioso, a Cuba en el inicio del bloqueo económico. Se trata de su crecimiento: es una recopilación de su trabajo desde 1950 hasta 1984 en la que se perciben cambios, atrevimientos, ideales, aventuras, convicciones. Es el tiempo, que pasa y hace. Con los años García Márquez se permite apreciaciones más personales, concesiones, libertades, como si el reconocimiento lo hubiera ayudado a convencerse de que el camino elegido sí era el correcto. Era el de la escritura, el periodismo, la ficción. Todo eso, todo uno. Cuando se sentaba a escribir ante la página en blanco, lo hacía con las mismas dudas, las mismas ambiciones, los mismos miedos, el mismo talento. García Márquez parece no haber nunca priorizado la ficción porque parece no haber nunca olvidado que la realidad es quien mejor escribe.

Dos brazos de un mismo río

“El otoño de París empezó de pronto y tarde este año, con un viento glacial, que desplumó a los árboles de sus últimas hojas doradas. Las terrazas de los cafés se cerraron al mediodía, la viada se volvió turbia y el verano radiante que se había prolongado más de la cuenta pasó a ser una veleidad de la memoria”, dijo una de sus columnas para el diario español El País. Él nunca fue dos y su trabajo tampoco. Aunque haya dicho que el periodismo era el mejor oficio del mundo. Hablaba de escribir, de lo único que hacía. De lo que mejor hacía.

Hasta su muerte en abril de 2014, García Márquez fue ese joven nacido en Aracataca 87 años atrás que quiso conocer Bogotá, su país, Cuba, México, su región, las demás, para buscar allí, en la vida, qué decir, cómo seguir. Hasta hoy está condenado a ser un distinto: por haber visto de otra forma, por no descansar hasta dar con la palabra, por demostrar que cuando se escribe bien, se escribe bien para siempre.

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