

Los desfibriladores implantables salvan la vida de aquellas personas que sufren una parada cardíaca o muerte súbita. En 1980 fue un médico polaco llamado Michel Mirowski el primero en tener la genial idea de diseñar un dispositivo implantable que permitiera evitar la muerte súbita cardíaca. Se le ocurrió tras la dolorosa experiencia de perder un amigo que falleció en forma inesperada. Hoy en día, después 40 años de ese acontecimiento, el beneficio clínico de estos dispositivos es incuestionable y los avances tecnológicos han permitido una implantación cada vez más sencilla.
Tras una muerte súbita, gracias a la acción de este aparato, se vuelve a la vida en unos pocos segundos. Antes de la invención de estos dispositivos existían los desfibriladores externos, aparatos que producen una descarga eléctrica sobre el tórax de una persona que ha sufrido una parada cardíaca. Sin embargo, fuera de un hospital la persona que experimentaba una fibrilación ventricular seguía muriendo súbitamente, porque resultaba imposible revertir la arritmia antes de que se produjera el daño cerebral irreversible.
Gracias a la acción de este aparato que viaja siempre en el cuerpo humano de quien tiene el riesgo de morir súbitamente, es que esa persona vuelve a la vida en unos pocos segundos cuando se produce el evento cardíaco.
El antecedente
En la década de los 80 ya existía una larga experiencia con los marcapasos, aparecidos en los años 70 y que servían para controlar los ritmos cardíacos anormalmente lentos.
Los primeros dispositivos eran muy grandes y se implantaban en el abdomen y mediante unos cables se conectaban con el corazón.
Los desfibriladores reciben una señal eléctrica contínua con información del ritmo cardíaco del paciente y cuando es necesario, por una arritmia, producen una descarga de forma automática.







