El ágora

25 Ene 2019 Por Gustavo Martinelli

El 21 de julio de 563 a. C fue un día glorioso y también oprobioso. Glorioso porque a las siete de la tarde nació en Grecia el gran conquistador y rey de Macedonia, Alejandro Magno. Y oprobioso, porque a esa misma hora un pastor llamado Eróstrato inició el fuego que, en pocas horas, consumió por completo una de las siete maravillas del mundo antiguo: el templo de Artemisa, en Éfeso. El incendiario en cuestión -un hombre simple, un pastor común que había sido puesto bajo la tutela de la misma diosa-, fue apresado de inmediato mientras gritaba su nombre entre las ruinas candentes del templo. Furioso por semejante osadía, el rey persa Artajerjes (por entonces conquistador de Grecia) ordenó que Eróstrato sea ejecutado sin ningún tipo de juicio. Antes de morir, mientras era torturado, el modesto pastor contó cual había sido el motivo que lo llevó a incendiar el templo: quería ser famoso a perpetuidad. Lo que más deseaba en la vida era que su nombre se conociera en todo el mundo, quién sabe si oprimido, tal vez, por el abrumador peso de su insignificancia. Ante esta revelación, Artajerjes decretó entonces -y sus decretos eran casi una ley divina- que el nombre del insensato jamás sea pronunciado en su reino. Una condena que nunca se cumplió del todo, porque los historiadores registraron el hecho y, por supuesto, Eróstrato se volvió famoso.

Hoy su nombre es muy conocido en el ámbito de la psicología, ya que los analistas han llamado “erostratismo” al trastorno obsesivo que lleva a una persona a querer sobresalir a toda costa. Un trastorno que adquirió una dimensión alarmante en las redes sociales. Instagram y Youtube, por ejemplo, se han convertido en un universo en el que todos quieren estar, sin importar el costo. Para las celebridades, tener un gran número de seguidores representa publicidad ya que los medios informativos tradicionales hacen eco de lo que pasa online. Pero, para las personas comunes, esa red social se vuelve una tribuna; como lo era el ágora en la Grecia clásica. Muchos suben fotos y videos hasta de sus acciones más intimas, sólo con el propósito de mostrar que existen. Eso lleva, por supuesto, a cambiar conductas y a vivir de acuerdo al “que dirán” o al “cómo me verán”. No está mal, por supuesto. Pero, cuando esta costumbre se vuelve una obsesión, se está cayendo en el mismo riesgo que llevó a la perdición a Eróstrato. De hecho, la Real Academia Española (RAE) acaba de incorporar a su diccionario el término “postureo”, un neologismo que hace referencia a la exposición del éxito y la perfección en las redes sociales.

En realidad la obsesión de mostrar una “aparente felicidad”, sea en Facebook, Instagram, Twitter o YouTube, se ha convertido casi en una patología de época, según algunos psicólogos. Producirse estéticamente y luego tomarse una foto (selfie) como si esa imagen reflejase la realidad de todos los días, para luego subirla a las redes, o hacer algo parecido con un video, ha devenido en un modo de ser digital que afecta sobre todo a las nuevas generaciones. La expresión “postureo” es de origen español, aunque tiene su equivalente en inglés: “be poser”. En ambos casos designa lo que en psicología se conoce como el “complejo de Eróstrato”.

Así las cosas, los modernos imitadores de Eróstrato, ya no pueden concebir la vida desde el anonimato. Ser visibles es sinónimo de popularidad. Y ser popular es -según se asume- la clave de la felicidad. Una visión realmente preocupante de la vida, porque la suma de televisión, internet y redes sociales ha hecho que la popularidad normal y deseable se transforme en una masividad incontrolable, donde las relaciones se vuelven muy efímeras y sólo se calibran en función de los miles de amigos que suman en los perfiles de las redes sociales, sin importar su calidad y los riesgos.

Que pena que nuestra existencia se mantenga a veces atada al ágora de las redes sociales. Que pena que los chicos valoren más los pulgares levantados de sus perfiles que una buena charla con amigos de carne y hueso. Que pena que la vida se reduzca sólo a mostrar la intimidad a cuanto desconocido se pasea por la red. Que pena que se imite tanto al desdichado Eróstrato. Porque... ¿qué tendrá el anonimato, que todos los que lo tienen quieren abandonarlo y todos los que carecen de él, lo anhelan?

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