Kovadloff: “la Argentina es el único país decadente de América Latina”

El filósofo transmite la necesidad de reconciliar la ética con la política.

13 Ene 2019

Por Hernán Miranda.-

El filósofo, poeta y traductor Santiago Kovadloff (Buenos Aires, 1942) ha incursionado en los últimos años en el análisis político como ensayista y columnista. Obtuvo dos veces el Konex de Platino por sus trabajos literarios y filosóficos. Y por su labor en la prensa escrita recibió el premio Pluma de Honor que otorga la Academia Nacional de Periodismo. En diálogo telefónico con LA GACETA, sostiene y lamenta que la política tucumana está más cerca del pasado que del porvenir. Además, si bien suspira por un país que permanece en el siglo XIX, confía en la intención democrático-republicana de Cambiemos.

-Entramos en el último año del mandato de Macri. ¿Cómo ve la situación del país?

-Es una situación de doble complejidad. Hay una complejidad que ha quedado atrás y otra que se ha perfilado a consecuencia del cambio de Gobierno. La primera es el entramado general del kirchnerismo en el orden económico, legislativo, político y cultural. Esa trama, si bien todavía existe, se ha ido desdibujando y ha perdido protagonismo. La segunda, la nueva complejidad, es la que enfrenta el Gobierno de Mauricio Macri y nace de la tentativa de llevar adelante una transición eficaz desde el populismo a la democracia republicana. Esta transición ofrece en la gestión de este Gobierno dificultades evidentes en los órdenes macroeconómico y administrativo, en lo que se refiere a la posibilidad de un manejo que evidencie capacidad operativa desde el centro del poder. En la Provincia de Buenos Aires, por ejemplo, creo que la gobernadora (María Eugenia Vidal) está llevando adelante una de las gestiones más eficientes de Cambiemos. No obstante, como administración global, creo que el Gobierno aún está lejos de que podamos decir que la transición se ha consumado. De forma que el presidente enfrenta su último año de administración sin haber podido ganar, en términos de persuasión electoral, la convicción popular de que su gestión ha sido lo suficientemente eficaz como para tener asegurada la reelección.

-¿El Gobierno está intentando un juego de amigo/enemigo similar al del kirchnerismo para asegurarse la reelección?

-Yo creo que hay un proyecto de cambio evidente. Lo que no ha terminado de consolidarse es ese proyecto, pero pienso que el Gobierno no está jugando el mismo juego que los Kirchner. Yo diría con convicción que el Gobierno actual está jugando dentro de la ley, mientras que el kirchnerismo ha jugado fuera de la ley. Esto marca una diferencia cualitativa muy importante. En el orden judicial es donde se advierten de forma notoria las diferencias entre las dos gestiones, la populista y la de intención democrático-republicana.

-¿Cómo llegó la Argentina a esta situación en la que intenta salir del populismo para construir una democracia republicana?

-A mi modo de ver, la Argentina es el único país decadente de América Latina. Porque es el que habiendo alcanzado los niveles más altos de desarrollo y equidad social y dado origen a una clase media sin igual en América Latina hasta mediados del siglo pasado, se precipitó desde esas alturas hacia una disfuncionalidad creciente en el orden político, educativo, judicial y geopolítico. Entonces yo diría que Argentina se transforma en este país que no logra concretar los ideales de una nación madura, precisamente porque la política se apartó de la ley; es decir, porque el ejercicio del poder se apartó del cumplimiento constitucional. El poder puso la ley a su servicio y no se puso él, el poder, al servicio de la ley. Esto contribuyó de manera notable a que la Argentina se desactualizara, o sea, perdiera protagonismo hacia adentro y hacia afuera del país. Es un país donde el federalismo sigue incumplido, donde las economías regionales todavía no han alcanzado el desarrollo imprescindible para que podamos hablar de un auténtico federalismo. Y por otra parte, es un país donde la educación ha dejado de ser el elemento vertebrador de la identidad cívica, cosa que se traduce no sólo en altísimos índices de pobreza, de marginación, sino también en la pérdida de la noción de ciudadanía.

-Usted afirma que el poder puso la ley a su servicio. ¿Qué papel jugó la sociedad en esta subordinación de la ley?

-Yo siempre he pensado que la relación entre Gobierno y sociedad es una relación de interdependencia. La permeabilidad de nuestro pueblo a la demagogia es muy profunda, pero de igual manera puede decirse que los demagogos son expresión de una sensibilidad popular que, aunque quizá no llega a ser masiva, sí habla de grandes mayorías que se prestan al juego de la demagogía. En consecuencia, prefiero pensar el papel de la sociedad en términos de interdependencia y no de victimización. Yo creo que no hay pueblos que sean víctimas de sus Gobiernos, ni creo tampoco que haya Gobiernos meritorios que no reflejan características igualmente meritorias de la ciudadanía que los elige.

-¿La falta de federalismo que usted menciona es sólo económica y política o existe también una diferencia cultural entre Buenos Aires y el interior?

-Yo creo que hay una problemática que sigue irresuelta y que justamente la planteó muy bien un tucumano, que fue Juan Bautista Alberdi. En el orden cultural el desarrollo que han tenido Buenos Aires, Mendoza y Córdoba ha sido intenso y polifacético, pero esto no ha ocurrido en el resto de las provincias. Más allá de los aspectos inmensamente valorables de las literaturas provinciales y su creatividad artesanal, pictórica y aun cinematográfica, estamos en un país de desigualdades profundas en lo cultural. Incluso algunas provincias que en muchos aspectos tienen un nivel de desarrollo formidable, como por ejemplo Santa Fe, siguen sin contar con la suficiente integración entre una de sus grandes ciudades, como es Rosario, y el resto de la provincia. Esta fragmentación ha afectado muchísimo al interior y también existe en el caso de Buenos Aires. Aun cuando los niveles de desarrollo cultural de la Capital sean muy elevados en muchos aspectos, la Provincia de Buenos Aires no tiene el desarrollo de la Capital Federal. Y no lo tiene porque la vida educativa en la Provincia no les brinda a esos millones y millones de personas que ahí están la oportunidad de constituirse cabalmente en ciudadanos.

-¿Y en el caso de Tucumán?

-Tucumán ha tenido una trascendencia fundamental en el orden universitario y en la construcción del proyecto de nación después de los tiempos del Virreinato. Creo yo que ha sido esencial el papel que ha jugado Tucumán en la construcción del ideal de nación. Pero esa fortaleza universitaria se fue debilitando a causa de la misma política. Me parece a mí que hoy Tucumán está afectado por un concepto de la administración pública que está mucho más cerca del pasado que del porvenir.

-¿Cuáles cree que son los desafíos que tiene la Argentina del porvenir?

-El saneamiento de las deudas que este Gobierno contrajo con la sociedad haría de la Argentina un país mejor organizado para enfrentar otros desafíos fundamentales, como su integración al mundo, a través de una economía más sólida, o el desarrollo del conocimiento como instrumento de proyección hacia el mundo. Argentina tiene posibilidades de ser reconocida como un país de interés mundial en la medida en que asegure su consistencia jurídica, cosa que le falta de lejos. Esa inconsistencia jurídica afecta indudablemente la confianza que podamos despertar en el exterior en términos de inversiones. Me parece también que debemos comprender que el tema de la ley es un tema decisivo, no sólo para el saneamiento de las perversiones que ha sufrido nuestro país en el orden de los delitos tan conocidos por todos, sino fundamentalmente porque vivir dentro de la ley significa tener un reconocimiento sólido del prójimo. Esto es lo que todavía hace de nuestro país una nación primitiva: el hecho de que el prójimo sigue siendo esencialmente una figura contra la que se crece y no una figura con la que se crece.

-Si el prójimo es una figura contra la que se crece, ¿la Argentina ha roto su contrato social?

-Yo no radicalizaría ese planteo. Diría en todo caso que está sumamente afectado el contrato social por las contradicciones, los conflictos, las desactualizaciones y las perversiones. Pero aun así el pacto social sigue siendo una experiencia y una demanda colectivas. Eso también se advierte en las predilecciones políticas de la sociedad, porque este Gobierno todavía recibe, aun sin haber alcanzado buena parte de las metas que se propuso para esta primera gestión, un cierto favoritismo social que lo ubica electoralmente a una distancia razonable de quienes compiten con él. Y el Gobierno carga además con un nivel de exigencia muy alto por parte de quienes lo apoyan. Esto es un signo de vitalidad del contrato colectivo. Hoy buena parte del electorado de Cambiemos es muy exigente con Cambiemos. Y prueba de esto es también el hecho de que éste sea un Gobierno con un rasgo de originalidad muy notable, que es que tiene dentro de su propia estructura de poder a algunos de sus mayores críticos, como Elisa Carrió. Ella forma parte del poder, pero representa una figura inédita dentro de un Gobierno argentino. Una figura que, aun siendo parte del oficialismo, es al mismo tiempo su crítica más importante. Más allá de sus valores personales, que la convierten en una de las figuras jurídica, ética y políticamente más combativas que haya tenido la democracia argentina.

-¿Carrió no es al mismo tiempo un factor destructivo para el Gobierno?

-Yo diría que si primordialmente lo fuera no habría permanecido en él. Creo que uno de los rasgos que prueban la madurez política del presidente es que se ha sostenido en alianza con ella y ha hecho de las críticas recibidas un elemento de convergencia en el debate, en la polémica y aun en la disidencia. Entonces me parece que, sin dejar de reconocer los excesos y desaciertos expresivos, lo que es verdad es que la alianza se sostiene y que este Gobierno va a terminar su gestión con una clara prueba de que no ha cambiado de rumbo, sino que no ha terminado de acertar en el rumbo que eligió.

-¿Cómo definiría la argentinidad?

-No sé si podría. Yo diría que podemos caracterizarla según las necesidades que pongamos en juego, las expectativas que cada uno traduzca, el anhelo de desarrollo que para nosotros y para los demás concibamos. Hoy, para mí, ser argentino es una tarea y esa tarea consiste en reconciliar la ética con la política.

-¿La Argentina está más cerca de Europa que de Latinoamérica, como quizá alguna vez se pensó?

-Hoy Argentina está muy lejos de Europa, pero Europa está bastante lejos de Europa también. Y eso se debe a los conflictos que enfrentan allí las democracias tradicionales. Conflictos que tienen que ver con la pérdida de liderazgos representativos, de modelos sociales que cuenten con la aceptación mayoritaria. Ya Europa no es ese modelo integrado del que podríamos haber hablado tres o cuatro décadas atrás. Me parece que nosotros somos un país latinoamericano por nuestras dificultades y aspiraciones. Nuestras aspiraciones siguen siendo profundamente válidas: tienen ver con una integración regional y hemisférica, con la posibilidad de que formemos parte de un proyecto hemisférico avanzado. Pero sin duda alguna seguimos estando, a principios del siglo XXI, más cerca del XIX que de nuestra época.

-¿Qué quiere decir con que estamos más cerca del siglo XIX que del XXI?

-Que aún no estamos plenamente integrados en un marco constitucional que nos represente y que tenemos dificultades para vivir en la disidencia más que en la enemistad, para construir una vida parlamentaria y política en la cual la diversidad de pareceres no genere antagonismos irreductibles. Éstas son dificultades que han pesado sobre la construcción de nuestra nación. Dificultades que eran características del continente sudamericano en el siglo XIX. 

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