El desafío de crecer sin padres, rodeada por desconocidos y enfrentar el mundo sola a los 18 años

Gracias a una nueva ley los jóvenes que egresen de hogares cobrarán un subsidio hasta que puedan independizarse y conseguir un lugar propio.

16 Dic 2018 Por Lucía Lozano
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ANITA VERA. A pesar de que debe enfrentar la vida en soledad tras egresar de los institutos de menores, la joven sonríe en la plaza Independencia. LA GACETA / FOTO DE INÉS QUINTEROS ORIO.-

Anita Vera quiere tener una cama propia. Porque sueños no le faltan. Los lleva siempre a cuestas. Esta mañana los trae en su mochila. Llega de jeans y zapatillas, pelo recogido, sonrisa amplia. Se anima a contar su historia. Porque tiene la ilusión de torcer el destino. De superarse y ser feliz.

“¿Sabés que antes de venir para aquí me crucé a mi papá? No me saludó”, dice. Y sigue: “soy una adolescente egresada de hogares de menores. No tuve siempre presente a mis padres. Tuve a gente desconocida que me cuidó y apoyó en cada paso que di. Hoy gracias a eso soy esta joven... un poco rebelde, amable, sensible y, sobre todo, transparente”.

Así se presenta Anita. Cumplirá 19 años en un mes. Es una máquina de hablar. Tiene ideales. Y quiere luchar por ellos. No le avergüenza su pasado. Al contrario. Como nada en la vida le resultó fácil, tuvo que aprender a ser fuerte. Cada Navidad, cada cumpleaños, cada domingo a la tarde debió acostumbrarse a no tener una familia para compartir.

Pasó por cuatro institutos de menores, entre 2010 y 2017. A comienzos de este año vivió el momento más triste, según cuenta. Como alcanzó la mayoría de edad ya no podía seguir viviendo en institutos. “Me dijeron: “cumplís tus 18 y te tenés que ir, buscar trabajo y ser autónoma”. ¡Qué palabras más fuertes!”, exclama.

En los hogares convivió con más de 80 chicos. Todo empezó cuando era muy pequeña y sufrió episodios de violencia. “Al cumplir los 10 años, la pareja que entonces tenía mi mamá se fue a vivir a Mendoza así que todos nos fuimos para allá”, relata la joven, que tiene cuatro hermanos. Pero no todos tenemos el mismo padre, aclara.

En la escuela, una docente mendocina descubrió las marcas de golpes que tenía en el cuerpo Anita y dos de sus hermanos y entonces realizó una denuncia. Los tres fueron trasladados a un hogar para menores. Más tarde volvieron a Tucumán a vivir con una abuela. Y después también regresó su mamá. “Nosotros la queríamos mucho pese a todo”, dice. Pensaron que ya no iban a sufrir más golpes. Sin embargo, al poco tiempo regresaron los maltratos.

“Un día decidimos, junto a mi hermana, presentarnos en tribunales para denunciar lo que nos pasaba. Nos llevaron al hogar Santa Rita. Estuve ahí hasta los 14 años. Luego, por la edad, tuve que pasar al hogar de las hermanas Adoratrices. Me puse muy rebelde y en 2016 me escapé, pero al poco tiempo volví a pedir que me internen”, confiesa.

Su último hogar fue el Goretti. Cuando tuvo que dejarlo, como le pasa a la mayoría de los egresados de institutos de menores, sufrió mucho. “Era hora de salir al mundo, a pelear la vida. Te ofrecen un seguimiento de unos tres meses, pero no alcanzan para aprender a ser un “Mayor responsable”. Yo extraño todo y ni siquiera ahora tengo un lugar fijo para dormir”, relata. La ayudan económicamente amigos y también un aporte de su padre que consiguió legalmente.

Le costó entender que estaría lejos de las preceptoras. De sus amigas que también crecieron sin padres. No sabía de dónde sacaría plata para comer. Tenía que buscar trabajo sin ninguna experiencia. Y no quería dejar los estudios: le falta un año para terminar la secundaria.

“Hoy este proceso sigue doliendo. Duele cuando me quedo sola en algún lugar y me pongo a extrañar a mi psicóloga, a mi asistente, a las hermanas Adoratrices; ellas fueron verdaderas madres. Extraño el cuidado de todos, pero es una etapa que tuve que cerrar”, reflexiona con una madurez que sorprende.

Separados de sus padres

En Tucumán, alrededor de 200 niños, niñas y adolescentes viven en hogares para menores. A los casos les llaman “medidas excepcionales” y generalmente se da cuando falló la protección de esos chicos. En la mayoría de los casos son separados de sus padres por ser víctimas de abuso o violencia y maltrato; en otros, por haber sido abandonados. Hasta ahora, al cumplir los 18 años, cuando se les termina el período de cuidado por parte del Estado, quedan en la calle. Y, tal como cuenta Anita, si la vida dentro de un hogar es dura, mucho más difícil se hace la partida.

Por suerte para ellos, dentro de muy poco esta situación va a cambiar. Sucede que acaba de reglamentarse la Ley de Egreso Asistido. La norma dispone la creación de un programa para acompañar a los jóvenes y adolescentes que dejan los institutos. Además incluye la asignación de un subsidio desde los 18 hasta los 21 años, que puede extenderse hasta los 25 si aún están capacitándose, para incentivar que estudien, trabajen y consigan un lugar donde vivir, explicó Sandra Tirado, secretaria de Niñez, Adolescencia y Familia, del Ministerio de Desarrollo Social. “Esto es algo muy positivo porque realmente para los chicos que crecieron en hogares el ingreso a la vida adulta era un paso muy duro”, sostuvo la funcionaria, que participó de la reglamentación de la ley. En poco tiempo se empezará a aplicar, adelanta. De ser así, Anita tiene motivos para ilusionarse. Quiere dejar el pueblo donde ahora consiguió que le prestaran una cama para dormir, en Benjamín Paz, y ayuda para subsistir. Su anhelo es instalarse en una pensión en la capital y terminar en 2019 la escuela secundaria.

“Es una ley que nos aliviará mucho con apoyo económico y un referente que nos ayude con lo todo lo nuevo para aprender. La mayoría de nosotros no terminamos de superar el abandono que tuvimos desde chicos y al llegar a los 18 volvemos a quedarnos solos”, explica la joven, que también sueña con estudiar para ser asistente social y así poder ayudar a otros niños y jóvenes que pasaron por lo mismo que ella. Una situación muy dura, que Anita prefiere aceptar y analizar así: “mamá y papá no supieron ser padres, pero están perdonados. Después de todo, nadie es perfecto”.

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