Jorge Monroy: la fortaleza del hombre

El campeón del Abierto del Norte responde con triunfos ante duros momentos familiares.

14 Dic 2018 Por Carlos Werner
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CONSEJERO. “El título que logré es en parte por el gran apoyo que tuve de mi hijo Lautaro, que fue mi caddie”, dijo Jorge. LA GACETA / FOTO DE HÉCTOR PERALTA.-

“Estoy bien, pero golpeadito en lo anímico.” Jorge Monroy separa paja de trigo en su frase. Bien, porque viene de ganar por tercera vez un torneo que quiere mucho, el Abierto del Norte de golf. Golpeadito, porque lo hizo mientras su cabeza estaba puesta en el duro trance de salud por el que está pasando su padre, Rodolfo, desde los días del torneo. “Sí que me sorprendí de haber ganado, más teniendo mis pensamientos en lo que sucedía en el hospital. Pero eso mismo me fortaleció; quise ganar para dedicarle el título a mi papá” asegura el profesional, que este año ya había ganado un título: el Abierto de Paraguay.

Hombre fuerte este Jorge Monroy. De orígenes humildes, se reinventa una y otra vez. Dura infancia, sufrida adolescencia. Una anécdota conocida lo pinta: cuando ganó su primer Abierto del Norte, en 2010, trabajaba en la Municipalidad de Yerba Buena, levantando ramas con el “camión verde”. Tuvo que pedir permiso para practicar y jugar. Y hasta vendió sus botines para pagar la inscripción. Hombre fuerte y persistente. Nada lo frena y lo dice: “de las cosas malas que le pasan a uno hay que recuperarse, sí o sí.”

Golpes y recuperación

Jorge vive lo de su papá con angustia. Y saca fuerzas desde su interior, tantas como las que afloraron antes de ganar el certamen paraguayo en agosto, debido al fallecimiento de su mamá, Estela Acosta. “Son cosas de la vida. ¿Si la situación me afecta? Mucho. ¿Si debería estar jugando pese a lo sucedido? Es lo que sé hacer, lo que me gusta y lo que también hacía feliz a mi ‘vieja’ y hace feliz a mi ‘viejo’. También es un desahogo, una manera de seguir adelante. Mis hijos, mis hermanos, toda la familia me dan su apoyo.”

Hubo un momento cumbre para el yerbabuenense en el Abierto del Norte. El correntino Ricardo González tiró para águila en el hoyo 18. Si lo lograba, chau chances. “Vi cuando pegó y me di cuenta que su putt era corto. Entonces me quedó la chance a mí, tenía que conseguir un águila, era el único camino para ganar”, recuerda. Tras charlar con Lautaro, su hijo caddie, enfrentó a su destino. “Me temblaban las piernas. Sentí la presión. Pero miré fijo a la pelota, me olvidé del calor, de las miradas de quienes seguían la definición. Y pegué.” La mansa pelotita siguió su camino al hoyo. Valió un campeonato para Monroy. Valió su emoción, que aún hoy siente con fuerza.

“Después de la premiación, volví a casa de mi abuela María Sara y de mi tía Mercedes, que son quienes me criaron. Estaba toda la familia, pero faltaba mi papá y algunos de mis hermanos, que estaban a su cuidado. Quien haya pasado por algo así sabrá lo que sentí. Quería estar feliz por el título ganado, pero no podía”, explica Jorge, como si hiciera falta.

Pero, siguiendo su axioma, ese de “las cosas malas”, este hombre fuerte siguió adelante. El peregrinar diario al hospital Avellaneda para ver a su padre se turnó con su regreso a las prácticas de golf. “Sólo me tomé dos días, pero había que volver. Por lo sucedido me excusé de ir a jugar un torneo en Buenos Aires. Entonces, me puse a entrenar pensando en los dos Pro-Am que se harán en Tucumán en los próximos días.”

Para el protagonista de esta historia de fortaleza para vencer las vicisitudes, 2019 se abre de par en par en sus sueños de ir por mucho más. “Tengo en mente la Escuela del PGA Latinoamérica, que se hará en febrero o marzo en Buenos Aires. El plan es volver a ese circuito. Tengo que andar bien, tomar vuelo otra vez”, anhela.

La del Abierto fue una semana complicada (“la viví casi sin dormir”). Y las cosas siguen difíciles (“pero ya se solucionarán”). Las frases lo definen de cuerpo y alma. Hombre fuerte, duro, granítico. Así es Jorge Monroy.

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