“El periodismo es apenas un significante de una discusión profunda de la sociedad” - LA GACETA Tucumán

“El periodismo es apenas un significante de una discusión profunda de la sociedad”

El cofundador de Perfil, uno de los más destacados hacedores de medios de habla hispana, plantea interrogantes sustanciales sobre el oficio periodístico y las perspectivas de los medios en Periodismo y verdad, el libro que acaba de publicar. Advierte que cuando se habla de periodismo, se habla indirectamente de intensidad y calidad democrática. Repasa los desafíos, oportunidades y amenazas de la prensa. Y señala sus obligaciones. “La responsabilidad de llamar la atención a la opinión pública de los excesos de los humores del momento es, quizás, una de las funciones más importantes del periodismo”, afirma.

09 Dic 2018
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EQUILIBRIO. El cofundador de Perfil plantea que el disenso es bueno, pero alerta que si no se media de manera razonable y pacífica, deviene violencia.

> ENTREVISTA A JORGE FONTEVECCHIA

Por Daniel Dessein

LA GACETA - BUENOS AIRES 

- Al comienzo de tu libro te referís a la teoría del control social, cuyas ideas siguen muy instaladas en nuestro debate público. El presidente de la Corte Suprema de la Nación, Carlos Rosenkrantz, afirmó recientemente que la mala reputación de la Justicia se debe, en buena medida, a la opinión moldeada por los medios. ¿Qué reflexión te merece esa afirmación?

- En Periodismo y verdad cito dos libros canónicos sobre este tema. Uno es Agenda setting y el otro es La espiral del silencio. El primero explica con claridad que el grado de influencia que tienen los medios es establecer la agenda pero que no son capaces de hacer que la gente piense lo que los medios quieren. Hay una relación entre ver y mostrar; uno no puede ver lo que no se muestra. Entonces claramente la gente ve a través de los marcos de los medios de comunicación, que eligen los hechos que merecen la atención de la opinión pública. Lo que no pueden hacer los medios, como bien lo demuestran Trump o Bolsonaro, es lograr una consonancia de la opinión pública con sus ideas. Los medios, al hablar de Trump y Bolsonaro, los pusieron en la agenda. La habilidad de los dos fue ser lo suficientemente extraños, provocadores y excéntricos para que los medios estuvieran obligados a colocarlos en la agenda. Yendo a la pregunta sobre Rosenkrantz, los medios tienen la posibilidad de poner foco sobre los problemas de la Justicia. Ahora, la opinión pública se genera más allá de la voluntad de los medios. La espiral del silencio, de la socióloga Elisabeth Noelle-Neumann, nos ayuda a entender los casos de personas que votan a candidatos que representan lo opuesto en distintas oportunidades. Por ejemplo, personas que votaron a Lula y votan a Bolsonaro o, en nuestro caso, a Menem, Kirchner y Macri. El libro explica por qué las sociedades van cambiando de opinión sobre distintos temas. El divorcio, el aborto, fumar. En sus experimentos en focus groups, Noelle-Neumann muestra cómo, poniendo a un agitador en un grupo, la mayoría termina transmitiendo opiniones parecidas a las del agitador. La explicación es de orden psicológico. Una vez satisfechas las necesidades primarias, que son del orden físico, la primera necesidad del ser humano es ser aprobado, pertenecer a un grupo, integrarse, ser reconocido, no quedarse solo. Nuestra necesidad gregaria hace que reprimamos nuestras ideas cuando no están en coincidencia con las de la mayoría y que progresivamente las adaptemos a las mayoritarias. Hay un fenómeno de arrastre de la opinión pública, que podríamos llamar “del carro del vencedor”, que se percibe en el crecimiento de la última semana del candidato que lidera las encuestas. Volviendo a lo de Rosenkrantz, agregaría algo más. Justicia y periodismo son el resultado del mismo fenómeno, la contemporaneidad extendida entre Gutenberg y la revolución francesa. A partir de ello fue posible asumir la democracia masiva, representativa. La democracia que conocemos surge como consecuencia de la invención de la imprenta, que posibilitó pasar de 15.000 libros al año a 100 millones, que ciudadanos reciban informaciones para luego tomar decisiones, a través de un sistema de división de poderes y con el periodismo como una especie de auxiliar de la Justicia o “cuarto poder”. Ese sistema hizo que las sociedades progresaran, que se creara el estado de bienestar, y que cada generación viviera mejor que la anterior en los países desarrollados. Y, finalmente, que estos países vencieran a la Unión Soviética con su sistema de economía planificada. A partir de la desaparición de esta amenaza para el capitalismo se viene produciendo, como bien lo explica Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI, una pérdida continua en la calidad de vida en los países desarrollados. Entonces aparecen los nuevos líderes populistas, de izquierda y de derecha, señalando estas limitaciones de la democracia (y siempre criticando a la prensa). Paralelamente, tenemos a China creciendo al 6% con un sistema sin división de poderes ni prensa libre. Cuando estos líderes critican a los medios no cuestionan al periodismo sino al sistema democrático y a la división de poderes. El planteo pasa por una necesidad de retoques, que hagan que el Ejecutivo sea más fuerte, en el que la división de poderes y la mediación del periodismo sean menos importantes. La prensa y la Justicia están en el mismo barco. Trump y Bolsonaro cuestionan el sistema de mediación, el papel de la Justicia, el rol del Parlamento (no hay nada que “parlar”). En definitiva, ¿cuál es la discusión política del siglo XXI? Lo que bien planteaba probablemente el mayor exponente de la ciencia política argentina, Guillermo O´Donnell, cuando hablaba de democracias de baja densidad o delegativas. Hay dos modelos. Uno en el que el ciudadano decide y preserva, a través de las instituciones, la posibilidad de ponerle límites al Ejecutivo. Y otro en el que el ciudadano delega las decisiones en un Ejecutivo fuerte. El capitalismo ya no se discute más. Lo que se discute es democracia constitucionalista con división de poderes versus democracia delegativa. Esto es muy profundo desde el punto de vista filosófico. Quienes prefieren un sistema como el chino, lo que están diciendo es “hay una verdad”, no hay nada que discutir. Por lo tanto, el periodismo y la Justicia deben estar al servicio de esa idea única de verdad. Eso decía Chávez o Cristina Kirchner. Quienes creen en la democracia constitucionalista parten de la idea de que hay más de una verdad, que hay mayorías y minorías y que la democracia es un sistema para resolver conflictos de intereses. Esta discusión filosófica cruza también a mi libro. ¿Hay una sola verdad y hacia allí vamos con un iluminado que traza el camino o, por el contrario, la verdad siempre es esquiva, hay que desenmascararla, hay verdades contraintuitivas y las sociedades progresan con cierto grado de disenso mediado? Yo creo que el progreso es el resultado del enriquecimiento que produce la dialéctica. Lo importante es ver que cuando se discute al periodismo, se discute esto.

El periodismo es apenas un significante de una discusión profunda de la sociedad.

Prensa y poder

- En el primer capítulo del libro marcás que The New York Times aumentó en un 50% el valor de sus acciones desde la llegada de Donald Trump al poder. ¿En qué medida crees que gobiernos populistas -que no cruzan ciertos extremos-, como el de Trump, fortalecen al periodismo más que gobiernos como los de Obama o Macri, respetuosos de la libertad de prensa pero también cercanos a la idea de una comunicación directa con la ciudadanía?

- Podríamos citar a Nietzche: “lo que no me mata, me fortalece”. Cierto grado de tensión, enriquece a la prensa. Cierto grado de disenso siempre es bueno. Pero si el disenso no se media de manera razonable y pacífica, se transforma en violencia. La mediación busca erradicar la violencia. Es la idea de Hobbes de que el estado es el resultado de un pacto común para no matarnos. El punto es cuánto de esa violencia oral pasa a la acción, cuánto de la violencia económica -en países de desarrollo sin el nivel de institucionalidad de EEUU- amenaza la subsistencia de los medios, como hizo el kirchnerismo con la publicidad oficial. Si los desafíos son mayores que las fuerzas, aplastan y matan. Es lo que pasa con un chico. Si en su proceso educativo lo colocás más allá de su sector de comodidad, desarrollará potenciales. Y, por el contrario, si no se le genera curiosidad, se aburrirá y desaprenderá. Volviendo a Trump, podemos decir que fortalece a los medios norteamericanos. Pero si su discurso termina impregnando a toda la sociedad, lo que inicialmente es bueno puede terminar siendo negativo. La historia muestra siempre que es impredecible.

Periodismo anticíclico

- ¿Hasta dónde hay que dar a los lectores lo que esperan y en qué medida, como sostiene Martín Caparrós en tu entrevista, hay que escribir contra el lector? ¿En qué medida es sustentable un periodismo anticíclico como el que plantea Perfil?

- Creo que los medios muy masivos no pueden darse el lujo de contrariar a su audiencia de manera sistemática y en grandes proporciones. Por eso Caparrós en el libro dice que nunca el periodismo de mayor calidad está en los medios más masivos. Distintas formas de periodismo tienen distintos grados de responsabilidad. Desde ya que la responsabilidad de llamar la atención a la opinión pública de los excesos de los humores del momento es, quizás, una de las funciones más importantes del periodismo, la contracíclica. Porque la horda tiene una tendencia a retroalimentarse e irse hacia los extremos. Ahora, yo comprendo que es muy difícil para un canal de televisión o una radio, que viven del minuto a minuto, contradecir a su audiencia, de la que perciben en el acto sus quejas. Pero creo que todos los medios tienen un grado de obligación de contradecir la preferencia de su audiencia. Cuanto más intelectual sea el medio, o más se dirija al denominado “círculo rojo”, mayor es su obligación. Perfil hace de esto parte de su ethos. Claro que comprendo que no es lo mismo hacerlo en papel, donde la gente paga y llegamos -todos los medios gráficos- al 10% más ilustrado de la población, que hacerlo en una radio popular que puede quedarse sin audiencia. La máxima independencia se da respecto de la audiencia. Y la más difícil. El gran problema que generan las redes sociales es que los algoritmos están programados para satisfacer las preferencias de la audiencia, llevado al paroxismo. Al punto de que no solamente no le da información que contradice su sesgo sino que la alimenta solo de información que lo refuerza. Creo que parte de la grieta que vemos en la Argentina, como en otros lugares, tiene que ver con que los ingenieros informáticos tratan a un editorial o una nota de periodismo de investigación de la misma manera que a una canción o una película. Miden todo cuantitativamente. Eso que funciona tan bien con contenidos de ficción, como un servicio que tiene en cuenta las predilecciones, es nocivo cuando se aplica a contenidos veristas. El contenido periodístico es distinto al resto; es el único que tiene la obligación de emplear un lenguaje verista. Esto no quiere decir que tengamos el monopolio de la construcción de sentido. También lo hacen el poeta, el cantante, el religioso, el político. Pero el periodismo es una forma distinta de comunicación.

- Has definido a Perfil como un medio de izquierda en lo cultural, de derecha en lo económico y de centro en lo político. ¿Existe una audiencia significativa con esos cruces ideológicos o se trata de nichos diversos? ¿Hay finalmente una audiencia relevante que se identifique con un espacio que ofrece matices?

- Esa definición -de derecha en lo económico, de centro en lo político, de izquierda en lo cultural- no es una invención nuestra. Es una imitación del New York Times y de Le Monde, que se definían de esta manera. Podríamos decir que es algo parecido a la socialdemocracia. “Tanto mercado como sea posible, tanto estado como sea necesario” era la definición que adoptaba la socialdemocracia alemana. Ese posicionamiento es común en los países desarrollados pero no en la Argentina. Hicimos de esa singularidad nuestra diferenciación. No es la posición más fácil, no es donde está la mayoría del público, que prefiere una posición más asertiva en un sentido o en el otro. Esa posición intermedia cosecha muchas veces el rechazo de ambas veredas. La mayoría de los diarios tienen muchas décadas y creo que Perfil es quizás el único diario nuevo que sobrevive y es posible que se haya consolidado por ser distinto a los existentes, por conformar esta rara avis. Ahora, si no existiera ningún diario y uno tuviera que definir la mejor propuesta, teniendo en cuenta al mercado, no sería claramente la nuestra. Yendo al tema de los lectores -si son distintos o los mismos-, creo que la mayoría son personas que aceptan que la vida es compleja, que no hay una sola verdad, que la diversidad produce enriquecimiento y que comparten estos valores. pero pueden compartirlos desde posiciones muy distintas. Siempre valorando que se los saque de la zona de confort, que se los interpele.

Medios y quiebres

- Cuando Adepa te otorgó su Premio de honor te definimos como uno de los últimos publishers. En el libro advertís que la conducción en los medios pasó de esos editores clásicos -periodistas o creativos- a ser dirigidos por contadores e ingenieros y, finalmente, por abogados con el objetivo de vender las empresas. ¿Hay hoy espacio para un publisher en la conducción de un medio?

- Cuando uno mira el horizonte mundial, advierte que hay cada vez menos periodistas al frente de las organizaciones periodísticas cuando, por el contrario, a mediados del siglo pasado era la norma. En el avance de los años, la complejidad, la ley de herencia, parecen impulsar una estructura profesional. Es muy difícil ver empresas familiares en una cuarta generación. LA GACETA es un caso de éxito y una excepción. Perfil todavía está todavía en la primera generación. ¿Por qué Perfil es una empresa nueva cuando la mayoría de las empresas similares tienen dos, tres o cuatro veces más edad? Creo que la razón es la dictadura militar. Pienso que si Perfil hubiese comenzado diez años antes hubiera sido clausurado y yo estaría muerto. La dictadura creó una especie de bisagra. Si no hubiera existido, quizás La Opinión se hubiera convertido en algo parecido a El País y podría haber sido el diario de mayor venta de la Argentina. Abril era una editorial progresista que sufrió atentados y su dueño se cansó y se fue. Perfil es también el resultado de que hubo, hasta los 70, 40 o 50 años de dictaduras continuas que impedían que una estructura progresista pudiera sobrevivir. Así pudo desarrollarse una empresa de primera generación. Algo poco habitual en nuestro sector pero regla en la industria tecnológica, donde las empresas suelen estar conducidas hoy por sus fundadores. Esto se relaciona con el prestigio que suele tener la palabra emprendedor, más que el término empresario. Este último suele asociarse a alguien que ha recibido, sin esfuerzo y sin agregar nada nuevo a la sociedad, un patrimonio generado en el pasado. Las publicaciones son una industria de la segunda ola, del siglo XIX y de comienzos del siglo XX. Por eso son excepcionales las nuevas publicaciones. Es como que aparezca una nueva marca de autos o un nuevo equipo de fútbol. No hay lugar para uno nuevo. Hubo lugar para Perfil por la dictadura.

© LA GACETA

> PERFIL

Jorge Fontevecchia es fundador, junto con su padre, de Editorial Perfil. Desde allí lanzó decenas de publicaciones y dirigió las más emblemáticas: La Semana, Noticias, Caras y el diario Perfil. En 1979 estuvo detenido en el campo de concentración El Olimpo. Durante el menemismo, con el asesinato del fotógrafo de Perfil José Luis Cabezas, se configuró el más brutal ataque dirigido contra periodistas, desde el regreso de la democracia. Durante el kirchnerismo, Perfil y Fontevecchia constituyeron uno de los principales blancos de un gobierno que desplegó una extraordinaria embestida contra la prensa. Las demandas por discriminación de Perfil contra el Estado, en el ámbito nacional e internacional, posibilitaron el dictado de sentencias que constituyen hitos jurídicos que demarcan límites a actitudes abusivas contra los medios. Fontevecchia cursó una maestría en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, de cuya tesis se nutre Periodismo y verdad, su más reciente libro. Antes publicó Entretiempo, Reportajes, Reportajes 2 y Quiénes fuimos en la era K. Obtuvo, entre otras distinciones, el Premio Moors Cabot de la Universidad de Columbia, la Orden de Río Branco en Brasil, dos Konex a la Dirección periodística y el Premio de Honor de Adepa. Desde 2012 es miembro de la Academia Nacional de Periodismo.

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