Entre la espera y la esperanza

Entre la espera y la esperanza

Entre la espera y la esperanza

Según un juicio unánime, “Esperando a Godot” es la más importante creación del teatro del absurdo. Samuel Beckett la concibió en 1952 como una suerte de parábola de la vida del hombre, que muchas veces fluctúa entre la espera y la esperanza.

Y es que Vladimir y Estragón, los protagonistas de la obra, se pasan la vida esperando la llegada de un personaje llamado Godot al que ni siquiera conocen y del que no tienen ningún tipo de referencia. Es una historia en la que realmente no pasa nada. Pero, al mismo tiempo, pasa todo. Porque, mientras esperan, Vladimir y Estragón hablan sin comprenderse, generan malentendidos, se interrumpen, repiten frases y hasta se pelean groseramente, sin dejar de esperar. Y, al final de la obra, siguen siendo ellos mismos: no aprendieron nada, no encontraron soluciones, no descubrieron ningún secreto de la vida y, por supuesto, no llegaron a entenderse nunca... Sólo esperaron.

Salvando las distancias... ¿no seremos los tucumanos como Vladimir y Estragón? Vivir actualmente en esta provincia contradictoria y plagada de contrastes; existir en esta Argentina que está condenada a tropezar siempre con la misma piedra ¿será por necesidad el resultado de optar entre la desesperanza y el autoengaño? Cuando le preguntaron a Beckett quién o qué era Godot, el dramaturgo respondió escuetamente: “si lo supiera, lo habría dicho en la obra”. Por eso, no hay ninguna razón para no considerar que Godot es lo que cada uno cree que es: Dios, el Estado, el conocimiento o la libertad. Y, en nuestro caso, bien podría ser la dignidad. Sí, porque hoy los tucumanos viven de las promesas y los dirigentes, de sus victorias. De lo contrario... ¿cómo se entiende que en la calle haya cada vez menos solidaridad y más individualismo? ¿Cómo se puede aceptar que en la puerta de los bancos o en las esquinas con semáforos haya familias enteras estirando las manos por unas monedas? ¿Cómo es posible que no se haga nada para detener el descenso a los infiernos de aquellos que nada tienen? ¿Cómo se hace para seguir andando después de ver a esos niños que comen y duermen en los cajeros de los bancos?

Todos ellos, como Vladimir y Estragón, viven todo el tiempo esperando que alguien los visite y los saque del letargo en el que se encuentran. En la obra de Beckett, quien debe salvar a los protagonistas y hacerlos felices es Godot, ese personaje al que siempre esperan. Y como Godot nunca llega, VIadimir y Estragón se ven en la necesidad de optar entre la desesperación, la renuncia o la espera indefinida. Finalmente se deciden por esta última opción. Sin moverse, dicen en la escena final: “¿Qué, nos vamos? Vamos”. Y se quedan inmóviles.

En el caso de los desconsolados tucumanos, el Estado parece ser Godot. Y, para muchos, la espera se traduce en desesperación. Pero, para otros, la mejor opción es la misma estrategia de la obra: la inmovilidad.

Pero... ¿y si, bien mirada la existencia humana, Godot llegara de hecho a la vida de estos desamparados de una manera distinta; no tan plenaria y definitiva? ¿Si, en una vuelta de tuerca del planteo de Beckett, Godot se presentara, por ejemplo, a través del trabajo? Porque... cuando es vocacionalmente cumplido, el trabajo -componer un poema, una sonata o un cuadro, encontrar la demostración de un teorema, realizar con éxito una acción social- conduce en ocasiones a una gozosa plenitud de la existencia, por más que ese gozo parezca fugaz y doloroso. Godot podría llegar también a través de la comunión interpersonal, cuando esta es verdadera y el yo aislado se convierte en un nosotros. Algunos poetas -Goethe, Rilke o Machado- han sabido decir esto con metáforas, mucho mejor de lo que puede explicar esta columna. Incluso Godot podría llegar -por qué no- a través del compromiso social. Un compromiso similar al que tuvieron nuestros próceres y que hoy aún tienen esos seres anónimos que sostienen nuestra humanidad. Un compromiso que nos haga sentir orgullosos de ser hombres que pisan esta tierra. Un compromiso que, en definitiva, nos permita redimirnos de esta indiferencia social; que nos permita dejar de ser Vladimir o Estragón para ser protagonistas de la historia. Porque de nuestro compromiso ante la orfandad del prójimo puede surgir una nueva manera de vivir. Una manera donde el esperar eternamente a Godot sea un escándalo y el olvido del otro, una brutal vergüenza.

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