Fuego eterno contra el teatro

Hay fuegos que parece que no se apagan nunca. La historia del teatro argentino está marcada por las llamas. El primer espacio dedicado a este arte en el país, el mítico Teatro de la Ranchería, fue arrasado por un incendio el 16 de agosto de 1792. Su techo de paja y sus paredes de lona ardieron por un cohete lanzado desde el cercano convento de Capuchinas, hecho que fue festejado por Juan María Gutiérrez, quien escribió que “aquel era fuego del cielo que reducía a cenizas la casa del error y de los placeres mundanos”. Tal era la resistencia de los sectores conservadores a los hechos teatrales de entonces. El 8 de agosto de 1981, un comando de la Marina (quizás entrenándose fallidamente para la guerra de las Malvinas) destruyó el Teatro del Picadero, en un pasaje a metros del cruce de las porteñas avenidas Callao y Corrientes, donde se desarrollaba Teatro Abierto como resistencia a la dictadura militar y a su discurso único escrito con sangre; la respuesta fue emocionante: todas las salas (incluidas las comerciales) ofrecieron sus espacios para que haya funciones en ellas de este proyecto liderado, entre otros, por Carlos Somigliana, Carlos Gorostiza y Osvaldo Dragún, que optaron por el Tabarís. Tucumán no estuvo ajeno a esta táctica: una semana después de lo que ocurrió en Buenos Aires, las mismas manos anónimas que dejaban huellas que nadie quería ver quemaron el Teatro de la Paz emplazado en 9 de Julio al 400, un espacio que no se atenía a las reglas no escritas de la censura manu militari.

Esta forma extrema de silenciar al otro, al que se anima a decir algo distinto de lo que se quiere oír, fue menguándose con el tiempo. Pero la imposición por la violencia del discurso único y de la intolerancia trató de adueñarse nuevamente de la escena teatral este fin de semana en la provincia. Claro que la reacción de la comunidad artística y de buena parte de la sociedad en esta oportunidad hizo que, en vez de enseñorearse con su rostro de terror, solo se transfiguró en una especie de mueca ridícula.

Recientemente reflexionamos desde este espacio sobre el patético intento de un grupo de impedir la proyección de la ópera prima de Agustina Macri, “Soledad”, en un coqueto cine porteño, porque la directora es hija del presidente Mauricio Macri. Los movilizados no habían visto el filme pero habían decidido que nadie lo viera porque (supuestamente) iba en contra de sus pensamientos e intereses pseudo anarquistas. El mismo argumento habrán esbozado dos jóvenes ultramontanos que interrumpieron el sábado la función de “Chicos católicos, apostólicos y romanos” en el Centro Cultural Virla, desde el otro extremo del pensamiento, desde la militancia pre Concilio Vaticano II, lejana de lo que dice Jorge Bergoglio desde antes de ser Francisco.

El relato del incidente efectuado en las redes sociales por Kikín Díaz, uno de los actores, fue titulado “Atentado contra el arte y la libertad de expresión en Tucumán” y no es exagerado. Que dos personas del público hayan esperado a que la función estuviese avanzada para intervenir e intentar impedir la continuidad de la obra expresa una táctica pensada y no algo espontáneo producto de la indignación. No hay emoción en el hecho cometido. Hay perversión y autoritarismo. Es de suponer que los gritones pagaron la entrada completa, sin pedir descuento. Caso contrario, aparte de soberbios, serían miserables.

Veamos la parte positiva del hecho, ironías mediante. Los viejos maestros del teatro enseñaron que todo lo que está sobre un escenario tiene que tener un sentido. La utilería, entonces, es un signo discursivo de valor. Que los insurgentes hayan recurrido a lanzarla contra los actores le dio más significado que el que tenía antes de comenzar la función. Es labor ahora de los directores (Sebastián Fernández y Belén Mercado) y del elenco (junto con Díaz actúan Gabriel Carreras, Guido Guerrero, Emanuel Rodríguez y Beto López) de aprovechar ese elemento a futuro como botín de guerra preciado de la que algunos podrían querer bautizar como la Batalla del Virla.

La única reacción posible era continuar la función, no por el precepto de que el show debe seguir sino como respuesta al intento censor. El arte no se impone por las trompadas, sino en su consumación aunque de pronto haya ganas de tirar un par de golpes. Una pelea a puño limpio hubiese sido el triunfo de los intolerantes; en cambio, lo que pasó fue una demostración de que la era del silencio por el miedo no va a volver.

Se consuma la idea de que del ridículo no se vuelve. El patético intento de parar la función incluso fue entendido entre el público como parte de la obra, lo que acredita el fracaso del golpe comando. Si a eso se agrega su huida corriendo, la imagen de un dúo sacrificado se transforma en un paso marxista. Aclaro: no del Carlos Marx pensador e intelectual comunista, sino del torpe andar del comediante Groucho. Eso sí: más que los valerosos cruzados que buscaban el Santo Grial y querían retomar el control de Jerusalén, los censores tucumanos se parecen a los Monty Phyton o a una rémora local de la Armada Brancaleone.

La reacción generalizada de apoyo a los actores empuja al rincón del olvido la acción cometida. Por el contrario, hay que recordarla porque forma parte de un espiral que comenzó con amenazas e intimidaciones por teléfono y anónimas, y reclamos múltiples para que la Universidad Nacional de Tucumán no ceda sus espacios para que se represente la obra. El jueves, en el mismo Virla, se intentó cortar el suministro eléctrico. Ahora los violentos dieron la cara. ¿Habrá algo más? ¿Se deberá buscar protección especial para expresar un hecho artístico? Si alguien se siente ofendido, tiene dos opciones: si prejuzga, que no vaya a ver la obra; si va y se violenta, que se retire sin molestar.

Hay otra cosa buena. Si la obra se hubiese dado en la era que los censuradores frustrados quisieran vivir, los actores estarían ahora sufriendo la hoguera, por esa costumbre de usar el fuego contra el teatro. Pero por ventura, estos torquemadas del posmodernismo no tienen poder para prender ni una hornalla.

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