Algarrobo en Purmamarca - LA GACETA Tucumán

Algarrobo en Purmamarca

Su tronco arranca con una base de más de un metro de diámetro que rápidamente se abre en ramas retorcidas. Su sombra domestica el calor radiante de la siesta y lo transforma en el más acogedor de los ambientes.

28 Oct 2018

Por H. Ricardo Grau - Profesor de Ecología - UNT, Investigador del Conicet.-

Seguro estuvo aquí por varios siglos, no sabemos el nombre que le dieron los habitantes pre-europeos; tal vez, como pasa con los sustantivos importantes haya adquirido carácter genérico y lo llamaran simplemente, el árbol. Los españoles lo bautizaron con el nombre de algo parecido que había en la península y que, como tantas cosas, debía su apelativo original a los moros, habitantes también de desiertos con tonos ocre y construcciones de barro seco.

Cuarenta años atrás, en viaje de estudios, conocí el algarrobo de Purmamarca. Un guía local reportó que sin dudas bajo su sombra había descansado el mismísimo Manuel Belgrano, de ida o de vuelta de alguna de sus campañas a Bolivia. Hoy un nieto de aquel guía afirma, con idéntica convicción, que fue el cacique Viltipoco quién disfrutó de ese microclima entre los fragores de batallas de resistencia al dominio español en el siglo XVI. Asignarle 500 años al árbol es más arriesgado, puede que se tratara entonces de un arbolito chico e inconspícuo, pero es sabido que los guías turísticos no priorizan el realismo. Por ahí cerca pasaron pudriéndose los huesos de Lavalle en huida de la barbarie federal; los gauchos de Güemes de paso al altiplano donde masacrarían en asalto nocturno a un ejército de realistas dormidos en el “combate” de Puesto del Marqués; o las fuerzas represivas del estado argentino encaminadas a suprimir en la batalla de Quera la sublevación coya liderada por Laureano Saravia a fines del siglo XIX. Quiso la historiografía y el marketing quebradeño, hasta ahora, que los protagonistas de estas guerras igualmente sangrientas no ameritaran un legendario descanso bajo estas ramas añosas.

Mejor. Por estas cuatro décadas lo he visto mantenerse inmune a los cambios de relato. Entre las veredas empedradas y las paredes de adobe que le dan un contexto de urbanidad vieja, él gana en edad y en belleza. Dos ideas que en otros contextos entran en conflicto, pero que son una sola cosa en su corteza resquebrajada, sus hojas chiquitas, sus heridas sangrantes de viscosidades, su aroma a norte árido, su veteado de negros, marrones y verdes opacos salpicados de flecos de luz, su mundo ajeno a los humanos ocupados por siglos en matanzas. Si hacemos silencio, creo que podemos a él acercarnos un poquito.

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