Un poeta vagabundo de vocación

Vinicius de Moraes, nacido hace 105 años, fue uno de los vates más destacados de Brasil y uno de los pilares de la bossa nova.

23 Oct 2018 Por Roberto Espinosa
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Te imaginás que no fue fácil para mí. Y mirá que tuve que batallar con más de unos cuántos… todos me prometían amor eterno, derrapaban en el camino o se extraviaban buscándome, como Eurídice, en los laberintos de la muerte. Pero él era… no sé si distinto, diría más bien especial… Me heredó de Clodoaldo que nunca se animó a hacer público nuestro idilio. ¿Timidez, pudor, vergüenza? “Si mi padre y yo cambiamos diez palabras durante su vida es mucho. Hay personas con quienes las palabras son innecesarias. El y yo nos entendíamos y amábamos en silencio… Era funcionario en la prefectura de Río y de algún modo, era un poeta casero al que no podía dejar de plagiar. Un día le robé un poema y se lo regalé a una enamoradita que tenía. Tuve remordimientos y al final, le dije a ella la verdad”, me contaba.

Como alpargata i’ gorda

La felicidad estaba como alpargata i’ gorda ese domingo 19 de octubre de 1913, en Givea, barrio de Río de Janeiro, cuando el changuito le arrojó al llanto su primera metáfora de vida. Los abuelos lo mimaron en la Isla del Gobernador, en la bahía de Guanabara. Me conoció en El Tesoro de la Juventud y poco a poco, me fue abrochando a su corazón. Conste que yo no tenía intención alguna. A los 19, me desperté en “El camino para la distancia”. A partir de allí no pudo dejarme. Yo tampoco. Era el destino, imaginate, si escribía cosas como esta, cómo no aflojar: “Una mujer al sol es todo mi deseo, viene del mar, desnuda, con los brazos en cruz y la flor de los labios abierta para el beso y en la piel refulgente el polen de la luz”.

1938. Una beca para estudiar literatura inglesa en Oxford. Francia, sinónimo de Rimbaud. 1943, diplomático en Los Ángeles. Estudia con Orson Welles y se empapa de Satchmo, Lady Day, Sassy… el jazz sacude su alma. Crítico de cine, periodista. Un productor de cine le pide una historia. Un Orfeo Negro brota de sus papeles teatrales. Abrazo de corcheas con Antonio Carlos Jobim. Marcel Camus lleva Orfeo de la Concepción a la pantalla grande y codea con una Palma de Oro en Cannes y un Oscar. 1959. La diplomacia se va a pique. ¡Ay, esa bohemia que da vida! ¡Los amigos, esos gajos del alma! Los versos concubinan con la música. “No soy un cantor; soy un hombre que aprendió a cantar. No tengo buena voz, pero con el tiempo y la práctica traté de ir mejorando mi afinación. Fue Joao Gilberto, ese extraordinario intérprete, quien me llevó a cantar. Fue en 1962, en un show que hacíamos con Jobim. Lo mío fue un éxito brutal y sentí que no hacía mal mi papel…”

Esas incitaciones

Entonces apareciste vos. Primero tímidamente, después fuiste su parceiro inseparable. Lo incitabas a la pasión, a la soledad, al amor, al abrazo. Él sabía que me tenía, pero me buscaba en otras, en todas. Y cuando aparecieron las caderas de la Garota, confieso que me puse nerviosa. “En Ipanema puedo quedarme sin mi trono”, te dije. Tu carcajada me cacheteó. Siempre fuiste un fresco, ese par de hielos te aguaban el desvelo… pero también lo hacías treparse a las metáforas del beso y el abrazo. Su necesidad de amar era inagotable, como cantar en la piel un gran amor del hoy, que no volverá más: “Quiero llorar porque te amé demasiado, quiero morir porque me diste la vida, ay, amor mío, ¿será que nunca he de tener paz? Será que todo lo que hay en mí solo quiere decir saudade... Y ya ni sé lo que va a ser de mí, todo me dice que amar será mi fin...”

Baden Powell, Jobim, Joao Gilberto, Dorival Caymmy, Ary Barroso, Edu Lobo, Pixinguinha, son pájaros del corazón que sueñan con él la bossa nova. Toquinho le pone sus alas a la guitarra. Insensatez, Canto de Ossanha, Eu sei que vou te amar, A Felicidad, Garota de Ipanema, Tarde Em Itapoã, Samba Em Prelúdio, Si todos fossem iguais à você, Berimbau, Tomara, Agua de beber… le revolotean en el insomnio del alma.

El blanco más negro de Brasil, un vagabundo por vocación que le torció el brazo a Enrique VIII. Beatriz, Regina, Lila, Lúcia, Nelita, Cristina, Gesse, la argentina Martita y Gilda fueron las nueve esposas. “Esta es Gilda, mi viuda”, la presentaba, presintiendo que sería la última. “¿Al final de cuentas cuántas veces te vas a casar?”, le preguntó Jobim. “Cuantas sea necesario”, le respondió.

El desencuentro

Su excusa me conmovió una vez: “Díganle que estoy tristísimo, pero esta noche no puedo ir a su encuentro. Cuéntenle que hay millones de cuerpos por enterrar. Muchas ciudades por reconstruir, mucha pobreza en el mundo; cuéntenle que hay en alguna parte del mundo una criatura llorando y las mujeres están volviéndose locas y hay legiones de ellas que tortura la nostalgia de sus hombres; cuéntenle que hay un vacío en los ojos de los parias, cuya inanición es extrema; cuéntenle que la vergüenza, la deshonra, el suicidio, rondan el hogar y que se quiere reconquistar la vida”.

Ninguna de ellas ni las muchas otras que hubo, me inquietaron. Más que el éxito, mi vigencia a lo largo del tiempo, se debe a que coquetee con todos, pero ninguno fue ni será mi dueño… soy la amante inmortal. El amarillo la miró con ternura... Una voz cálidamente cascada le susurró: “Ah, si pudiese darte mi primer miedo, y mi primer coraje; mi primer miedo a las tinieblas y mi primer coraje al enfrentarlas, y el primer escalofrío sentido al ser tocado ligeramente por la invisible mano de la muerte... Sobre todo quisiera darte, mi Amada, el instante de mi muerte, y que este fuese también el instante de tu muerte, de modo que ambos, separados por tanto tiempo en vida, viviésemos en nuestra muerte una sola eternidad...”

Ese miércoles 9 de julio de 1980, la poesía y el whisky se abrazaron a una lágrima para despedir a Vinicius de Moraes.

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