El acto de Juan “Domingo”... Manzur

12 Oct 2018

La del miércoles va a ser una ceremonia de entronización del nuevo jefe del peronismo tucumano. Esa es, sustancialmente, la primera y acaso más importante de las claves del 17 de octubre venidero: una convocatoria para manifestarle lealtad a Juan Manzur como conductor indiscutible del oficialismo. Literalmente, como un hegemón que no admite ser discutido.

Con ese código hay que descifrar la guerra de fotografías que se desató esta semana entre el gobernador y su predecesor, José Alperovich. No es una competencia para llenar un álbum de figuritas, sino una disputa en torno de quien ostenta, en verdad, la imagen del poder.

Por eso el senador, que durante tres años ha esquivado cualquier “momento Kodak” con Cristina Fernández de Kirchner, ahora la persigue. Alperovich llegó a negar tres veces a Cristina en una sola entrevista, a seis meses de asumir en la Cámara Alta. En mayo de 2016 le dijo a LA GACETA que no era kirchnerista, que nunca lo había sido, y que ni siquiera había simpatizado con la ex mandataria. Esta semana sonrió dos veces para la lente junto con ella. El ex gobernador no busca el premio a la línea de conducta política más coherente, sino que persigue lucir como “el” referente del peronismo tucumano. Por eso la foto con Miguel Pichetto (ex titular de un bloque peronista monolítico y mayoritario y actual presidente de una bancada de la cual se escindió el kirchnerismo), quien ahora promueve el armado de un peronismo libre de “K” junto con el tigrense Sergio Massa, el salteño Juan Manuel Urtubey y el cordobés Juan Schiaretti. Y por eso la toma con Daniel Scioli, paria del PJ tras su derrota de 2015.

Alperovich no podría reunir a los tres en una foto, pero esa lectura hace foco en los acompañantes de Alperovich. Y en realidad al ex gobernador no le interesa mostrar presuntos socios, porque son incompatibles: quiere exhibir que todos hablan con él. Ergo, que es el hombre fuerte del peronismo tucumano.

Manzur entendió sin necesidad de traductores todos esos disparos de flashes en contra de su autoridad. Y decidió responder esos ataques de francotirador con un pelotón de mandatarios. Reunió a 10 de los 24 gobernantes de las provincias argentinas en la Casa de Tucumán en Buenos Aires para avanzar en las conversaciones sobre el Presupuesto 2019: los gobernadores que estuvieron junto con el anfitrión fueron el santiagueño Gerardo Zamora, el puntano Alberto Rodríguez Saá, el sanjuanino Sergio Uñac, la fueguina Roxana Bertone, el chubutense Mariano Arcioni, el riojano Sergio Casas y el formoseño Gildo Insfrán; a los que hay que sumar dos vicegobernadores: el chaqueño Daniel Capitanich y el santacruceño Pablo González.

El titular del Ejecutivo tucumano se esforzó para que el contraste de fuerzas fuese brutal. Por un lado, para mostrar que su antecesor recorre despachos senatoriales de manera individual mientras que él sigue encontrando eco en la convocatoria colectiva de gobernadores. Por el otro, para exhibir que Alperovich visita a los “ex”, mientras que él reúne al poder vigente.

La guerra de las fotos, entonces, no disputa un territorio, sino un atributo: ¿quién es el jefe? En ese punto, la cuestión ya no sólo es política: es, fundamentalmente, personal. En las primeras escaramuzas fotogénicas, Manzur salió airoso. La próxima confrontación se dará el miércoles. Y será una gran batalla. Porque por la fecha, la coyuntura y lo que está en juego, la evocación tucumana del 17 de octubre no será una pose para la foto: será un hecho político. Con todos los réditos positivos que buscan sus organizadores, y con todas las consecuencias no queridas que ellos han estado tratando de evitar justamente hasta ahora.

Si la previa del acto del 17 de octubre ha tenido semejante magnitud, esto permite, prima facie, distinguir distintos niveles en la organización de la fiesta litúrgica peronista. Por un lado, la cantidad de movilizados que ocuparán el campo del Hipódromo; y, por el otro, la “calidad” (léase, la jerarquía) de los “compañeros” nacionales que subirán al palco. Correlativamente, también hay diferentes niveles de mensaje político: uno interno, dirigido al escenario del poder tucumano; y otro externo, destinado al teatro político nacional.

A una y a otra esfera se le presta igual atención. Como publicó esta semana LA GACETA, el martes fue blanqueado lo que ya era visible en los hechos: Manzur se ocupa del escenario; el vicegobernador Osvaldo Jaldo, de las tribunas. Pero si tuvieran que ser puestos a elegir, para el binomio gobernante son el mensaje interno y la cantidad de movilizados lo primero en el orden de las prioridades.

No es antojadizo: lo manifestó el propio Manzur ante los dirigentes de 40 gremios, el lunes, en el Salón Blanco: “esta será una patriada grande por el peronismo tucumano, no hay muchos antecedentes en la historia de peronismo provincial de una convocatoria a nivel nacional. Eso les pido: tenemos que armar el mayor acto político de la historia peronista en la provincia”.

Si Jaldo trabaja a destajo para que ese anhelo se haga realidad es porque, mientras Manzur va por la asunción de la jefatura del peronismo tucumano, su vicegobernador asume que hay otras cosas en juego, tan importantes como la anterior. Sin más vueltas: el jaldismo quiere dirimir la interna partidaria con el alperovichismo el 17 de octubre. Es decir, que el Día de la Lealtad Justicialista se dispute, en el campo del Hipódromo, una suerte de “primera vuelta”. En esa cancha se verán los tantos, para expresarlo en términos publicables.

Un acto de la envergadura que anhela Manzur, presidido por él y organizado por Jaldo, es una ratificación incontrastable de esa fórmula para el próximo agosto, previa escala en la presidencia y la vicepresidencia del PJ tucumano, como ya se avisó.

La “cantidad” es también un factor decisivo para el mensaje nacional. Está claro que, dada la situación de mosaiquismo que atraviesa hoy el fragmentado movimiento peronista, la presencia de unos referentes nacionales torna incompatible la presencia de otros. El solo hecho de que Manzur convoque federalmente a un 17 de octubre sin exclusiones ya representa una exclusión: los protagonistas de “La foto de los 4” (Pichetto, Massa, Urtubey y Schiaretti) auspician un peronismo sin kirchnerismo. Una propuesta que, sin mencionar a sus impulsores, Jaldo calificó de “sectaria” en el encuentro del martes ante ediles y legisladores.

A la par, entre los líderes sindicales que asistirán al encuentro se destaca Luis Barrionuevo, quien no dudó en asumir con interventor del PJ; y entre los invitados políticos está el actual titular del PJ, el ex gobernador sanjuanino José Luis Gioja, quien reasumió tras la intervención del gastronómico. Ni hablar, abriendo la lente, de la comezón que les provoca la presencia de intendentes “K” del conurbano bonaerense a los mandatarios críticos de Cambiemos, pero alejados del kirchnerismo y en modalidad “moderados”. Contradicciones de un justicialismo al borde de tener más compañeros enfrentados entre sí que contra el Gobierno de Macri.

En ese caleidoscopio, un acto multitudinario será esencial para sostener la esencia del discurso “externo” de Manzur: será una ofrenda de Tucumán a la unidad del peronismo del país. Por eso, remacha la invitación oficial, no habrá precandidaturas ni exclusiones.

Esto no significa que la “calidad” de los invitados del escenario sea una cuestión menor. Ni siquiera secundaria. En todo caso, no gravita tanto como la “cantidad”, pero es idénticamente importante. La proyección nacional es casi una cuestión de Estado para Manzur.

Si bien nada termina hasta que termina -la política argentina es tautológica hasta la médula-, es casi un hecho que el tucumano ha clausurado la búsqueda de una candidatura nacional. Pero esto de ningún modo significa que haya clausurado su decisión de formar parte de la gran liga nacional del peronismo. Manzur, según refieren quienes lo conocen, está empecinado en formar parte de la “mesa chica” del movimiento nacional. Todo un ámbito de poder. De modo que un escenario vestido de figuras nacionales no va a ser lo mismo que uno desnudo de rutilancias federales.

En todo caso, si la “cantidad” es cabal para la estructura del oficialismo, la “calidad” le interesa particularmente a Manzur. Él lo mostró, personalmente, en la “previa” del 17 de octubre que se jugó esta semana, en el mencionado encuentro con sindicalistas en la Casa de Gobierno. El gobernador, sin más, decidió apostar por la “peronización” de su figura. Eso y no otra cosa exhibió el discurso que, cándidamente, les pidió a los asistentes que no grabaran. En síntesis, declaró que en las presidenciales de 2015 no ganó Cambiemos sino que perdió el justicialismo; definió al peronismo como una familia, cuyas diferencias internas jamás pueden ser mayores que los cuestionamientos contra el macrismo; y recordó que mientras el PJ fue derrotado en varios distritos, ganó en Tucumán en 2015 y en 2017, incluso con Macri viniendo a hacer campaña. Ensayó, incluso, una máxima doctrinaria, pero antes de que eso ocurriera, casi se llamaba Juan “Domingo” Manzur.

Organizar una celebración nacional del 17 de octubre en Tucumán, justamente, es pasar de la “peronización” de las palabras a la de los actos. En todos los sentidos de la expresión.

Por segunda vez en el año, Manzur juega a fondo en el tablero de los clivajes, es decir, de las grandes divisorias de aguas de la sociedad. Lo hizo cuando se declaró, tempranamente, en contra del proyecto de aborto no punible, que escindió en dos a la Argentina. Ahora acampa en el clivaje que divide a los argentinos desde hace 70 años: peronismo o antiperonismo. Una identificación plena que esquivó en la primera mitad de su gobierno, cuando era uno de los opositores más dialoguistas con la Casa Rosada, respaldo en el Congreso incluido.

A primera vista parece una decisión segura, teniendo en cuenta la hemorragia de imagen positiva que sufren el macrismo y sus figuras como consecuencia de la estanflación. Pero el macrismo, por ahora, atraviesa una crisis económica descomunal, pero no enfrenta una crisis política. Por el contrario, la UCR se mantiene dentro de la coalición. Lo hace críticamente, porque no debe ser simpático apoyar un ajuste que ya es insoportable para los sectores de más bajos ingresos. Pero no rompió el frente, cosa que las altas esferas macristas elogian. Es más: aunque los nervios están crispados con Elisa Carrió, la diputada que dinamitó los propios espacios políticos que creó, ella dice que no romperá “Cambiemos”.

Crisis política, en todo caso, atraviesa el peronismo. Claro está, el movimiento está moviéndose para salir del colapso divisionista en el que entró tras perder la presidencia, pero sigue sin encontrar un liderazgo, personal o sectorial.

¿Por qué, entonces, elige Manzur esta coyuntura inestable para plantar semejante pica? Al parecer, la respuesta está en la máxima doctrinaria que enunció, “secretamente”, el lunes: “No hay que confundirse, los peronistas votamos peronistas”. Y esa clave conecta todos los niveles de la celebración del 17 de octubre: la “calidad” de los invitados federales, la “cantidad” de los movilizados locales; el mensaje nacional y el discurso provincial: él es “el” referente del peronismo tucumano. Para negociar la unidad allá; pero sobre todo para ser votado aquí. Para eso tiene que asumir como jefe del peronismo local. Para eso, sustancialmente, es la fiesta.

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