Algunos, en modo hambre

16 Sep 2018

La crisis económica no sólo genera títulos todos los días, o discusiones estériles entre dirigentes achacándose culpas por lo mal que está el país sino que provoca, principalmente, nuevos dramas sociales. Hace unos cuantos días el diario tituló que los consumidores entraron en modo crisis; válido para los que consumen, claro; porque hay una gran franja social desatendida -que cada vez se agiganta más- que ya está en “modo hambre”. Es una ola en expansión, la de los más vulnerables.

Si hace tan sólo tres semanas decíamos que la deuda social se acumulaba, qué decir ahora, y valgan pequeños ejemplos para justificar la apreciación y el descontento generalizado especialmente en los barrios marginales y zonas más desprotegidas: hace 21 días el dólar estaba a $ 31 (el viernes cerró a $ 41), el kilo de pan francés costaba $ 35 (hoy $ 60) y el aceite de litro y medio valía $ 62 (ayer $ 84). Cuanto más caros los alimentos, más flacos los salarios. Y más ciudadanos empobrecidos. Sin embargo, cual si no tuvieran responsabilidades en la búsqueda de salidas, de un lado y del otro de la grieta se agotan en disputas verbales por imponer medias verdades en base a acusaciones mutuas.

Por ejemplo, decir que todos los que reciben un subsidio del Estado son unos vagos corruptos que quieren vivir de la teta del Estado sin poner la espalda. Si hay cuatro millones de beneficiarios de la AUH ¿eso quiere decir que hay cuatro millones de pobres en el país que prefieren vivir con $ 6.000, en peores condiciones que los indigentes (se necesita un mínimo de $ 8.000 para no caer bajo la línea de la indigencia)? Si fuera así, pobre país. Pero, igual son pobres en una pobreza centrípeta, necesitan el auxilio del Estado, especialmente en tiempos de crisis. No para escaparle, para pelearle.

Pobres, vagos o desestabilizadores

Si la pobreza ya alcanza a 13 millones de argentinos -se estima que llegarán a ser 15 millones a fin de año de persistir los índices económicos negativos- hay que deducir que hay nueve millones de personas a las que el Estado no abraza ni contiene con sus recursos. ¿También vagos? Pueden haber unos cuantos politizados que querrán sacar provecho de la situación de crisis para movilizarse y provocar un caos con algún interés político -“desestabilizador”, dirán algunos-, pero en las concentraciones que se observan -si bien cada vez más multitudinarias-, no están todos los millones de pobres, que cada día están en peor situación. Esos la sufren.

Hasta en medio de tamaña crisis, a la que el Gobierno nacional no le encuentra la vuelta ni acudiendo al FMI o maquillando el gabinete, se podría afirmar que la prudencia y el soporte del sistema radica precisamente en la conducta en los más pobres, que con gran paciencia y esperanza a cuestas aguardan que los que conducen aseguren el bienestar de todos; sin estallidos. Macri obtuvo en el balotaje de 2015 casi la misma cifra de pobres que habría hoy en el país: 13 millones.

Si hay casi nueve millones de argentinos para los que el Estado está ausente y no puede llegar, y todo se encarece y empeora por la inflación, no hay dudas que el modo hambre no sólo es un título más. Allí hay un grito contenido, que algunos identifican como un reservorio de impaciencia que en algún momento explotará de la peor forma. Por ahora sólo son frases grandilocuentes o anhelos de la peor especie. La crisis habilita a todo.

Desde las organizaciones sociales, que vienen diciendo que cada son más los ciudadanos, grandes y chicos, que se acercan a los comedores y merenderos, se sostiene que ni las changas alcanzan para mitigar a crisis en los hogares más vulnerables. Cáritas, el brazo social de la Iglesia Católica que asiste en Tucumán a 12 comedores, cuatro merenderos y dos hogares de ancianos; también percibe la crisis. “Antes venían niños y adolescentes (a comer), ahora va gente de la tercera edad, hasta tenemos papás que van con chicos a comer; antes eso no se daba”, confió Jorge Reiden, vicepresidente de Cáritas. Entiende que es evidente que la crisis económica está afectando, porque no concibe que vaya gente conocida que si tuvieran mayores ingresos no iría al comedor. “Es visto casi con vergüenza que te den de comer, pero evidentemente hay una mayor complicación económica”, añade, e infiere que se debe a que no se consigue trabajo.

Desde la CCC, hasta el propio Vicente Ruiz se sorprende con lo que observó la semana pasada en Aguilares. En el marco de una jornada nacional de protesta, prepararon tres grandes ollas -populares- de guiso de arroz con pollo “y se acercaron a comer personas de los barrios aledaños que nunca habían venido antes, alcanzamos a repartir 400 platos”, señaló. La gente viene por “morfi” -dijo- porque los recursos de los subsidios nacionales no son suficientes. Indicó que la “Combativa” le reclamó ayuda a la ministra Stanley y que esta le hizo llegar 500 planes al sur de Tucumán cuando había 1.600 inscriptos. Para el dirigente se avecinan tiempos difíciles, de hambre, debido al ajuste que impulsa la Nación y que afectará principalmente a los que menos tienen.

Pero no lo dice sólo él, como para minimizarlo por su postura política crítica, sino que también lo admiten con sus conductas los propios referentes de Cambiemos. La gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, anunció el incremento del 15% de las partidas del servicio alimentario escolar y del plan Más Vida, para enfrentar la recesión y la devaluación del peso por la inflación. En el ámbito local, el intendente de Bella Vista, Sebastián Salazar, también de Cambiemos, lanzó un programa alimentario municipal previendo mayores dificultades.

Es innegable que combatir el hambre es la prioridad de la hora, tal vez no dicho expresamente, pero confirmado desde las acciones. No valen más las excusas o responsabilizar a los que pasaron; esos ya hicieron daño, los que están por lo menos no deben profundizarlos.

Es lo único que se les pide, tal como lo hizo la senadora Beatriz Mirkin (PJ) con su proyecto que promueve la seguridad alimentaria para la población vulnerable. Acompañada en la iniciativa por Alperovich, la parlamentaria demanda un incremento del 50% en todas las partidas presupuestaras destinadas a las políticas alimentarias y nutricionales, gestionadas a través de los ministerios de Salud -hoy desparecido- y de Desarrollo Social.

Ya es la segunda vez que Mirkin lo presenta; lo hizo en 2016 y el texto perdió estado parlamentario; ahora tiene hasta más justificaciones para ser aprobado, pero el hecho de provenir de una opositora y por ser el tema del que se trata, aprobarlo implicaría reconocer explícitamente algo que no se quiere admitir: que se avecina una crisis alimentaria que hay que prevenir.

Esto es peligroso, porque puede ser el caldo de cultivo de aquellos que quieren obstaculizar la gestión nacional a como dé lugar, por las razones más mezquinas posibles. La parlamentaria tucumana no se olvidó de la Iglesia a la hora de justificar su iniciativa; recordó que pidió que el ajuste no se haga sobre los pobres. Lamentablemente nos acostumbramos a ver que nadie quiere asumir responsabilidades y que hay especialistas en echar culpas. Siempre se apunta a la gestión anterior, y hasta se dice que los males vienen desde hace 70 años.

Para los millones de pobres, hoy más pobres que hace un año atrás, debe resultar desagradable que la inquietud de los que deben garantizar el bienestar general se la pasen echándose culpas. La insensibilidad dirigencial, frente a la pobreza creciente, demuestra una línea de continuidad histórica, gobierne quien gobierne.

¿Y por casa?

En este panorama también hay que observar cómo se prepara el Gobierno provincial, si es que lo hace, frente a lo que puede sobrevenir socialmente. Jaldo, tras visitar un comedor comunitario, dijo que en cuatro meses se duplicaron las raciones alimentarias en Tucumán y apuntó que el Ejecutivo está poniendo recursos propios porque los de la Nación no alcanzan, o no llegan. En algún momento, si es que es cierto que los dineros no aterrizan y que la demanda por comida es mayor, los efectos de la crisis se harán sentir en las arcas estatales.

En ese marco se puede entender que Manzur no quiera resignar recursos frente a la Nación, porque -más allá de todo dinero es importante en un año electoral como el que viene- el drama le puede estallar frente a la Casa de Gobierno. En materia de política alimentaria, durante este año, la Provincia invierte en cinco programas sociales la suma de $ 609 millones, de los cuales $ 163 millones provienen de la Nación. Y deberá poner más, según confiesan en el oficialismo.

¿De dónde saldrán esos recursos, si es que la Nación le recorta fondos y ajusta las cuentas? En su paso del miércoles por el programa “Panorama Tucumano”, Manzur, entre otras cosas, deslizó que la Legislatura lo autorizó a tomar deuda a corto plazo por $ 2.000 millones. He ahí una ventanita para auxiliarse, pero si ocurre comenzarán a encenderse las luces de alarma para la economía tucumana, producto de las necesidades básicas que habrá que satisfacer tomando deuda.

Y satisfacer, además, la demanda de salud, porque allí también se está haciendo sentir la crisis: en lo que va del año se incrementó en un 10% la atención de pacientes con obra social. Además, se dijo que la Nación sigue mandando la misma cantidad de botiquines (cada uno con 60 medicamentos), por lo que el Ministerio de Salud debió invertir en una cantidad similar para atender una demanda creciente. Otro dato, según las autoridades de la cartera de salud: invierten $ 12 millones en la compra de leche en polvo para repartir en los Caps, porque el poder central, año a año, viene reduciendo el envío (186.000 kilos en 2016 y 150.000 en 2017), mientras que la Provincia lo incrementa (88.000 kilos en 2016 y 100.000 kilos el año pasado). Alimentación y salud van de la mano, si lo primero se afecta, repercute en salud. A prepararse para que no suceda lo peor.

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