¿Qué es de la vida de los cibers?

Son pocos los que siguen en pie y para lograrlo debieron reconvertirse. La mayoría se convirtió en un reducto de videogamers. Otros se desempeñan ofreciendo diversos servicios digitales. Y unos pocos ofrecen películas y hasta Netflix.

28 Ago 2018
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LA GACETA / FOTOS DE INÉS QUINTEROS ORIO.-

Salir corriendo del colegio para ir a instalarse en esos box minúsculos, y enfrascarse en chats interminables y otras formas de sociabilidad digital. Primero era el mIRC, donde estaba el famoso canal de chat “Tucumanos”. Después siguió, con menos éxito, el ICQ. Más adelante, la explosión del negocio de los cibers y de internet se terminó de dar con el Messenger, el chat de Hotmail. Es inevitable sonreír al escuchar esos nombres.

También estaban los fanáticos del Counter Strike, el emblemático jueguito en red que, al menos en un principio, era poco accesible para un hogar promedio, con conexiones de internet vía línea telefónica. En esa época, los cibers brotaban como el azahar en las calles de Tucumán y en cada cuadra se podía encontrar más de uno.

La edad de oro de los cibers en Tucumán nos lleva a 15 años atrás. Año 2003. Había que ser paciente y esperar una máquina. Muchísima agua pasó bajo ese puente en todo este tiempo y si antes había que sacar número para sentarse en una PC, hoy hay que caminar bastante para encontrar un ciber. Una mirada rápida en Google Maps indica que hay unos 20 en la zona céntrica, concentrados principalmente en Barrio Sur.

¿Qué es de la vida de los cibers? Con esa premisa, LA GACETA salió a recorrer algunos de los que siguen en pie. Clientes y propietarios coinciden en que la clave de la permanencia fue saber leer los tiempos y adaptar los servicios... o morir en el intento. Algunos de ellos se dedicaron casi 100% a los juegos, pero todos conservan las máquinas destinadas a trabajar o navegar por internet.

Cambios

“Cuando comenzamos, hace unos 15 años, teníamos un 20% de máquinas dedicadas a juegos y, el resto, a lo social. Ahora el 60% es para juegos, el 30% para trabajo y el 10% social”, compara Fernando Tacconi, propietario de un ciber sobre calle Chacabuco al 100. Progresivamente, los “gamers” coparon el lugar hasta que tuvieron su salón propio, apartado del resto, con máquinas de última generación para soportar los nuevos juegos.

David Alperovich es propietario de otro ciber, emblemático de Barrio Norte, ubicado en 25 de Mayo al 600. Es de los pocos que quedó con la modalidad 24 horas. Es que la noche es el horario en el que los gamers pueden despuntar el vicio sin problemas y acordarse de la vida cuando ven el amanecer. Ese ciber siempre se perfiló como un reducto para los fanáticos de los videojuegos, pero en los últimos cuatro años se consolidó en esa vía.

“Siempre en los cibers hubo público gamer, pero en los últimos cuatro años, con la explosión de los deportes electrónicos (esports, en inglés), la tendencia se consolidó. Ahí comenzamos a apostar mucho más fuerte a ese sector y ahora la mayoría de nuestros clientes es, precisamente, jugadores”, explicó “El Colo”.

Se conoce como esports a la movida de las competiciones mundiales de videojuegos. Hay campeonatos como el “League of Legends World Championship” (torneo mundial del videojuego League of Legends) que tienen una convocatoria exorbitante, con comentaristas, patrocinadores, fisioterapeutas, y hasta controles de dopping.

La pregunta es por qué alguien preferiría ir a un ciber antes que sentarse a jugar en su propia casa, si en definitiva los juegos son en red y se compite con una persona ubicada en cualquier lugar del mundo. Alperovich explica que, por un lado, están las cuestiones técnicas y, por el otro, las sociales.

“No cualquier persona se puede comprar una máquina gamer para su casa. Son computadoras muy avanzadas, que hay que renovar constantemente. Una estación completa, con computadora, monitor para juegos (con una tasa de refresco de 144hz, contra los 80 de un monitor común), más teclado y mouse especial y la butaca para jugador no baja de los $ 70.000”, destaca. Sí, la butaca, porque en sesiones de 10 horas de juego, se necesita una silla especial que no despedace la columna. “A eso hay que sumar la conexión de internet: si en la casa no es buena, y se suele renegar un montón, no se puede jugar. A nosotros ya nos llegó la fibra óptica y la mejora es notable”, agregó.

Le sigue la cuestión social: compartir con otros gamers de todas las edades, pedir alguna comida chatarra para comer entre todos, y desvelarse en comunidad parece no tener precio para los jugadores profesionales. “Además, nadie te molesta. Hay chicos que tienen buenas máquinas en sus casas, pero lo mismo eligen el ciber. Es compartir”, arremete Nicolás Gutiérrez. Tiene 36 años y desde hace 10 que es fanático de los videojuegos. Asegura que no son pocos los “chicos” de su edad que todavía se desvelan en el ciber.

Multirrubro digital

En calle Laprida al 200, pintado de verde manzana, hay otro ciber que supo estar en la cresta de la ola. “Sacaban número para sentarse en una máquina”, se pavonea Daniel Sculco, propietario de ese negocio con nombre de dibujos animados futuristas. “Nosotros trabajamos mucho con los chicos que vienen a jugar no sólo a la computadora, sino también a la PlayStation. Pero fuimos transformándonos y hacemos de todo un poco: grabar CDs, imprimir, diseño gráfico, presentaciones, hojas de cálculo... mucha gente grande que no sabe hacer esas cosas y que nos busca a nosotros así le solucionemos”, dice Sculco, y admite que se tuvo que transformar en hombre orquesta para salvar el negocio, que se convirtió en una especie de multirrubro digital.

Alejandra Fargnoli, socia de Tacooni en el ciber de Barrio Sur, insiste en que la supervivencia de los ciber será posible siempre y cuando tengan la capacidad de adaptarse, de proponer nuevos servicios. “Ahora sumamos Netflix a algunas máquinas, a ver qué pasa. Y el resultado es que viene gente y se instala a ver películas o series acá. Es llamativo, pero pasa. Lo usan como una especie de cine privado, porque en su casa tienen mala conexión o por lo que fuere. Antes teníamos las películas en un servidor propio, y se usó mucho, pero ya no”, explicó.

Según la mujer hay quienes, incluso, usan el ciber como estación de trabajo todos los días. “Es que tienen todas las comodidades: impresoras, scaner, buen internet, máquinas rápidas, café, snacks... y nadie que los moleste en la casa”, finaliza con una sonrisa.

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