Homenaje en los viejos septiembres

Desde 1913 hasta 1925, el Gobierno incluía, entre los festejos de la batalla de Tucumán, el agasajo a la hija sobreviviente de uno de los oficiales patriotas.

26 Ago 2018

Alguna vez, en esta columna, nos hemos ocupado con cierto detalle de la vida del coronel Gerónimo Helguera. Porteño nacido en 1794, su brillante carrera militar se inició de adolescente en las invasiones inglesas. Formó en la expedición al Paraguay, a órdenes de Manuel Belgrano, con quien trabaría firme amistad desde entonces. Cayó prisionero en la derrota de Paraguarí. Fue canjeado después de Las Piedras y se incorporó al Ejército del Norte. Peleó en la batalla de Tucumán, en la de Salta y en las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma.

Luego, a órdenes de José Rondeau, estuvo en la última campaña al Alto Perú, y se batió en Puesto del Marqués, Venta y Media y Sipe Sipe. Acompañó a Belgrano en su último viaje a Buenos Aires. Allí, las guerras civiles lo enredaron. Luchó contra los caudillos y volvió a su residencia de Tucumán en 1825.

Familia numerosa

Al año siguiente, la provincia lo eligió diputado al Congreso Constituyente. La conspiración contra el gobernador Alejandro Heredia, que dirigió después, le valió la sentencia de muerte. Pero la pena se conmutó por la de destierro. Debió exiliarse en Copiapó y nunca pudo volver a Tucumán. Falleció en aquella ciudad chilena, el 19 de diciembre de 1838.

DOÑA CRISANTA, VIUDA DEL CORONEL. Hacia 1880, al centro, Crisanta Garmendia de Helguera. La flanquean, sentadas, Dolores Carmona de Navarro y Crisanta Alurralde de Whalberg. De pie, desde la izquierda, Amalia Muñoz de Molina, Carmen Carmona de Stavelius, Elena Rodriguez de Llauradó, Elena Alurralde de Cainzo y Julia Rodríguez de Aybar. El niño es Federico Helguera-Molina

De su matrimonio con la tucumana Crisanta Garmendia Alurralde (1817), tuvo un hijo varón, Federico Helguera, que fue dos veces gobernador de Tucumán, y siete mujeres: Susana Helguera de Muñoz, María Helguera de Carmona, Crisanta Helguera de Alurralde, Juana Helguera de Ceballos, Elena Helguera de Rodríguez, Carolina Helguera de Frías y una soltera, Catalina Helguera. De todas ellas, la única que sobrevivía en la segunda década del siglo XX, era doña Elena Helguera de Rodríguez. Es la protagonista de las líneas que siguen.

Septiembre de 1913

En el Tucumán de los años del Centenario, todavía las grandes fiestas patrióticas parecían algo vivo y entrañable. La población realmente las sentía como propias y las celebraba con enorme entusiasmo. La plaza Independencia se colmaba en estas evocaciones, con una multitud de todos los sectores sociales. Y entre esas formas de celebración patriótica, hubo una especialmente significativa, que se mantuvo durante largos años.

La señora Elena Helguera de Rodríguez vivía, en 1913, en su vieja casa de la calle Balcarce 284. Su marido, Melitón Rodríguez Bazán, la había dejado viuda décadas atrás, y sus hijos le dieron muchos nietos. El gobernador de Tucumán, doctor Ernesto Padilla, hombre sinceramente preocupado por exaltar las fechas patrias, se enteró, en 1913, que el 26 de septiembre doña Elena cumplía 84 años. Se lo ocurrió entonces homenajearla, como hija de un participante en la gloriosa batalla del 24.

Un gran agasajo

Inauguró, entonces, la costumbre de hacerle una visita oficial en esa fecha, junto con sus ministros y con delegaciones escolares. La visita se complementaba con un refrigerio a cargo de la Provincia, además de un concierto, frente a su residencia, ejecutado por la Banda de Música y con el tráfico de la calle cortado todo el día. Puede suponerse la emoción y la complacencia con que la anciana dama recibía semejante reconocimiento. Era su día de fiesta. Su casa se convertía en centro de reunión social, le sacaban fotografías y la asediaban los periodistas pidiéndole recuerdos del tiempo viejo.

En una entrevista de 1913, doña Elena narró que había nacido en Buenos Aires en 1829 y que sus padres, el coronel y doña Crisanta, la trajeron “muy chiquita” a Tucumán. Vino, contaba, “en una carreta muy grande que había hecho hacer mi padre, donde había comedor y dormitorio: era preciso parar en el campo cada noche y se sufría infinitas zozobras a causa de los indios”

DESCENDIENTES DE HELGUERA. En la primera fila de matronas, al centro, Crisanta Alurralde de Whalberg, de traje negro bordado y gran sombrero. A su lado y hacia la derecha, Elena Helguera de Rodríguez, Elvira Molina de Helguera y Maria Ceballos de Posse

Recuerdos

En sus evocaciones, de pronto aparecían los tiempos de la Liga del Norte y el triunfo de los rosistas en Famaillá, en 1841, cuando ella tenía doce años. “Existía en ese tiempo un indio, Alico, buzo de los caminos y muy adicto a mi casa. Mi tía Cruz (Garmendia de Salvigni) era muy exaltada y amiga de hacer política, y Alico era su informante. Una noche se llenó la casa de gente, nos hicieron sentar en la sala y al último entró un negro al que tía Cruz confundió con Alico”. Fue un fatal error de la señora unitaria ya que, narraba la anciana, “las visitas resultaron ser mazorqueros que obligaron a Cruz, durante toda la noche, a cebarle mate al negro que, con toda desvergüenza, se había acostado en la cama de mamita. Después, al otro día, los mazorqueros azotaron a mi tía”.

Y más recuerdos

Doña Elena recordaba también lo caro que le costó a su padre, el coronel, haber conducido la fracasada conspiración contra Heredia de 1834. Fue en esa ocasión que se salvó del fusilamiento, gracias a la intercesión de Juan Bautista Alberdi, quien se encontraba en Tucumán por entonces y que pidió por la vida de Helguera durante un acto oficial, en la Casa de la Independencia.

Disfrutaba contando su participación en la obra de la Iglesia Matriz. “Soy de las fundadoras de la Catedral”, decía orgullosa, “porque las niñas de ese tiempo llevábamos piedras para los cimientos de la iglesia”. Recordaba asimismo las veladas del primitivo teatro ubicado en la hoy calle San Martín, frente al templo de San Francisco y cuando no existía la Casa de Gobierno. “Aún ahora, después de tantos años, recuerdo un chileno, Germán Mc Kay, que cantaba la canción El Crudo Tucumano”.

Hasta 1925

La tradición de la visita a la señora Rodríguez en el día de su cumpleaños, se mantuvo, desde 1913 en adelante y mientras estuvo viva. Tanto el gobernador Padilla como quienes lo sucedieron -Juan Bautista Bascary, Octaviano Vera, Miguel Campero- y hasta los interventores federales, cumplían con ese homenaje.

En 1915, ella había escrito a Padilla agradeciendo de corazón ese acto. “Trae a mi memoria el recuerdo de mi juventud, de aquella época en que se hacía honor a los libertadores de la patria, cuando formaban los gobernantes mezclados con el pueblo, para ensalzar las virtudes de nuestros héroes”, reflexionaba.

Doña Elena vivió casi un siglo. Falleció el 3 de enero de 1926, ocho meses antes de celebrar su cumpleaños número 97. “Entre las cosas nuevas que he visto, la más asombrosa ha sido el aeroplano: lo he visto pasar sobre el patio de mi casa”, comentó una vez.

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