El nuevo cine se cita en Tucumán

31 Jul 2018

El Festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo es una cita que se ha transformado en clásica para el público que busca la posibilidad de sorprenderse con producciones que generalmente no pasaron por las salas comerciales. Este año, la convocatoria del Ente Cultural se adelanta en el calendario, comenzará este viernes (habitualmente es cerca de fin de año), y repite la innovación de ser una competencia que no distingue entre ficciones y documentales y que está reservada a las óperas prima o segundas películas de nóveles directores de América Latina.

En este último rubro se inscribe “El motoarrebatador”, que no cumplirá con la cláusula no escrita de no haber sido exhibida en el circuito tradicional. Pero esto no es una mácula para el trabajo de Agustín Toscano, sino la confirmación de que un filme argentino alejado de las grandes productoras puede tener tanto éxito como ser elogiado unánimemente por la crítica especializada de todo el país. Además, es la excepción que confirma la regla: ninguna de las otras nueve películas seleccionadas para el certamen que otorga $200.000 de premio se vio en la provincia, ni siquiera en un ciclo de cine club.

El trabajo netamente tucumano convocó a 8.188 espectadores en todo el país desde su estreno (ya no se la exhibe). La concurrencia la instaló en el puesto 18 de las 105 películas que integran el listado oficial de filmes argentinos proyectados en lo que va de este año. El listado que difunde el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) está encabezado por “Re loca”, con casi 600.000 personas que pagaron su entrada para ver a Natalia Oreiro desaforada.

En esa grilla, el proyecto de Toscano está 11 puestos por delante y casi duplica en público a “Los corroboradores”, el falso documental ficcionado de Luis Bermúdez, que es la otra apuesta del cine nacional en el Gerardo Vallejo. La historia de una sociedad ultrasecreta que tenía como misión recrear París en la Capital Federal obtuvo los premios al mejor guión y al mejor montaje en el Festival de Cine de Mar del Plata del año pasado, así como “El motoarrebatador” fue seleccionado para la Quincena de los Realizadores del último Festival de Cannes, lo cual confirman la calidad de ambos trabajos.

Pero si algo sobresale de la selección para el festival tucumano es la presencia de tres películas de Chile, confirmación ficta del crecimiento y de la fuerza que está teniendo su cinematografía. Hay que recordar que en los últimos dos años, dos filmes de ese origen ganaron sendos Oscar: “Una mujer fantástica” se alzó en marzo pasado con la estatuilla a mejor filme de habla no inglesa y en 2016, “Historia de un oso” ganó como mejor cortometraje animado.

Del país trasandino (en un diseño geográfico mirado desde el nuestro) llegarán al certamen “Robar a Rodin”, documental de Cristóbal Valenzuela Berríos; “La mentirita blanca”, comedia de Tomás Alzamora Muñoz, y la tragedia “Sapo”, de Juan Pablo Ternicier. La grilla anunciada se completa con “Wiñaypaya” (Perú), de Óscar Catacora; “Bingo” (Brasil), de Daniel Rezende; “El chata” (Puerto Rico), de Gustavo Ramos Perales; “Amalia, la secretaria” (Colombia), de Andrés Burgos; y “Regreso al origen” (México), de María José Glender.

Como suele ocurrir, alrededor del festival hay una fuerte actividad paralela. El público (mayormente compuesto por estudiantes y aficionados al cine) desborda hacia otras propuestas, y por ello se programaron muestras de cines del Mercosur y Argentino (con cuatro filmes cada uno); de la Asociación Tucumán Audiovisual (con cortos realizados en la provincia) y un homenaje a Graciela Borges, que actuará en la noche de cierre y entrega de premios, el domingo 12. A diferencia de los talleres de otros años, se anunciaron ahora charlas y mesas debate; sin lugar a dudas, una de las discusiones que se reavivará será la polémica por el aporte de $1,5 millón del Estado tucumano a “Rumbo al mar”, el filme de Santiago y Federico Bal, que levantó polvadera; el miércoles 8 se verá un avance de lo filmado en la provincia.

El precio de las entradas es simbólico. Que cuesten $30 (la mitad para alumnos y jubilados) para la competencia sólo puede justificarse en la normativa interna del Incaa que exige que haya un corte de boletos para habilitar una sala, como el Espacio que lleva su nombre y que funciona tres días por semana en la sala Orestes Caviglia, sede principal del Gerardo Vallejo.

Todavía no se difundió el presupuesto que se gastará en este encuentro. Es seguro que superará los $2 millones erogados en total para montar el (aún inútil) segundo Espacio Incaa en el edificio de San Martín 251, en la sala Hynes O’Connor de la planta baja. El reacondicionamiento del lugar en mobiliario le insumió a la Provincia unos $500.000, mientras que la Nación aportó $1,5 millón en equipamiento. El 5 de diciembre fue la inauguración formal. Desde entonces, nada de lo anunciado se cumplió. No funciona. Lo que iba a estar destinado a la proyección de películas de realizadores tucumanos (cortos y largometrajes, de ficción y documentales, consagrados y nóveles), sigue con las luces apagadas.

Las autoridades locales adjudican la mora en poner en funcionamiento el sitio a las reglas cambiantes de las distintas oficinas del Incaa, que cuando completan un papel, le piden otro distinto. A esta altura, poco importa saber quién es el culpable. Lo relevante será que, al comienzo o al final del Festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo, se anuncie efectivamente cuándo estará en funcionamiento pleno esta sala, más allá de alojar esporádicamente las proyecciones paralelas en los próximos días.

Claro que el jurado (integrado por la distribuidora mexicana Estrella Araiza, la productora uruguaya Priscila Andrade y el tucumano Mauricio Asial, especializado en fotografía) estará ausente de estos vericuetos. Su misión es evaluar y premiar, nada más y nada menos, a la generación emergente de directores del subcontinente, los que darán qué hablar a futuro, los que construirán el nuevo cine. O por lo menos eso se espera.

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